15 marzo, 2010

Zoo Station. Desde mi ventana.

Uno de mis debates favoritos es el de "lo que se ve por las ventanas de las casas". Tomemos un edificio bonito y uno feo que están uno enfrente del otro. ¿Dónde mola más vivir? ¿En el edificio guay, aunque por las ventanas se vea el adefesio de enfrente? ¿O en el edificio feo, desde donde se ve la bonita fachada de los vecinos? Yo prefiero la segunda opción, tener una buena vista desde un edificio feo. Nuestro edificio en Berlín estaba hecho un desastre y el vecindario dejaba bastante que desear. Pero cuando te asomabas a la ventana veías árboles y cielo, y a veces hasta el tren de la línea circular, a puntito de llegar a Ostkreuz, que pasaba dejando reflejos por detrás de las hojas. Qué recuerdos. Yo me sentaba en esta misma ventana todas las tardes con la libreta de vocabulario y el firme propósito de memorizar palabras nuevas. Colocaba los pies descalzos sobre el alféizar y aprendía cosas como que gemütlich significa estar súper a gusto o que los Hausaufgaben son los deberes. Pero casi siempre se me iba la cabeza mirando la calle, ese pedazo de cielo berlinés que se volvía tormentoso en un santiamén, que olía a verano, a bicicletas y a barbacoa, a vacaciones y a desempleo. ¿Y los de enfrente, qué veían los de las buhardillas y los balcones de enfrente? Sólo a mi, un español vago, feo y perezoso que repetía palabras durante cinco minutos justo antes de quedarse dormido... delante de su ventana.

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12 marzo, 2010

Zoo Station. Prora.

En su novela Noches de cocaína, J. G. Ballard imagina una ciudad de vacaciones basada en el principio del delito. En el mal. Un paraíso "donde todo el mundo intenta acostarse con la serpiente", donde el riesgo y la culpabilidad son tan intensos que es imposible morir de aburrimiento. Según Ballard, la posibilidad de que te maten en cualquier momento hace que seas mejor persona, que tengas ideas más brillantes y vayas más al teatro. "El crimen tiene una historia respetable: el Londres de Shakespeare, la Florencia de los Medici". La novela se lee con una pizca de escepticismo y una pizca de curiosidad; es inevitable preguntarse si un lugar así, donde la felicidad y el mal se den la mano bajo el sol, podría existir en este mundo. Yo no lo he conocido, pero lo más cercano que se me ocurre es Prora, el proyecto vacacional de los nazis. Situado en la mítica isla de Rügen, esta ciudad fue trazada como seis edificios de seis plantas y medio kilómetro cada uno, todos alineados como muralla frente al mar, con 20.000 personas viviendo y yendo al teatro dentro. Pero al contrario que en Noches de cocaína, el único éxito de esta utopia ha sido que sus ruinas sigan en pie después de una Guerra Mundial y un gobierno comunista. No demasiada felicidad, me temo, y creo que menos libros todavía. Lo que no sé es si la cosa salió tan mal por la falta de sentimiento de culpa o porque la idea, sin más, es un disparate.

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11 marzo, 2010

Zoo Station. Cometa.

Cuando hice esta foto no pretendía incluirla en una serie sobre paisajes, sino en una serie sobre retratos. Quería que formase parte de Ich bin ein Berliner, la galería de rostros berlineses que me traje de Alemania. Una especie de chiste, una vuelta de tuerca al planteamiento formal de la serie, a esa obsesión por buscar caras representativas y colocarlas en el centro del cuadro. ¿Puede una cometa con dos ojos y una sonrisa funcionar también como retrato de Berlín? Al final decidí que no, que era más apropiado ceñirme a señores y señoras y dejar que a las cometas se las llevase el viento. La foto se quedó arrumbada en una carpeta de descartes y no la recuperé hasta más tarde, cuando descubrí que podría resucitarla para Zoo Station. Lo curioso es que, a pesar de haber cambiado el contexto, la idea sigue siendo la misma: testimoniar la ciudad. Sitios y personas, personas y sitios, qué mas da. Dentro de un año, si este blog continúa vivo, los recién llegados descubrirán mis dos series berlinesas y las verán como sendos lados de una misma moneda. Todo será Berlín. Lo que me inquieta es saber si serán capaces de percibir una coherencia formal, algún rasgo compartido entre los paisajes y los retratos. Yo quiero creer que ambos comparten frialdad, simetría, silencio y distanciamiento, pero hay veces en que no estoy nada seguro. Y eso me quita el sueño.

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10 marzo, 2010

Zoo Station. Rügen.

El vacío. La nada. Lanzar una palabra al aire, un grito, y que no te conteste más que el eco. Sentirte solo, pequeño, insignificante. Sin importancia. Hace ciento cincuenta años los pintores alemanes más modernos se iban a acantilados como éste, en la isla de Rügen, para experimentar todas esas emociones. El vértigo del infinito, Lo Sublime. El retortijón de barriga que daba enfrentarse a lo desconocido y sentirse como un idiota les producía adicción, tenían que pintarlo, escribir libros sobre ello, llevarlo a gala. Alis y yo, como admiramos a todos aquellos locos, decidimos que iríamos en busca de su espíritu. Nos montamos en el coche con una manta y dos sacos de dormir y plantamos la tienda debajo de los pinos, a treinta metros del Mar Báltico. Físicamente, la isla de Rügen es un cacho de tierra apenas separado del continente. Pero desde el punto de vista del fetichismo cultural está en otra dimensión, es la Tierra Prometida, el lugar donde Caspar David Friedrich hablaba con Dios. Alis y yo anduvimos saltando por los riscos y recorriendo playas desiertas por la noche, recién devueltos al siglo XIX. Para ilustrar todas esas impresiones he escogido esta foto, pero también uno de los cuadros de Friedrich: Monje frente al mar. Para verlo sólo hay que pinchar en "leer más".


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09 marzo, 2010

Zoo Station. Paisajes abstractos.

En algún sitio he leído que no existe la fotografía abstracta. Que la cámara siempre es solidaria con la realidad fotografiada, que siempre sobrevive un poco de acercanza con respecto al motivo original. Todo, hasta lo más raro, tiene una explicación física. Por muy abstracta que sea una foto sabemos que lo que se ve en ella es algo, algo que el fotógrafo miró por el visor, que estaba ahí. What you see is what you get. Para ilustrar esto que digo me he atrevido a colgar dos o tres fotos que he hecho por Alemania. A mí la fotografía de paisaje no me interesa, así que cuando estoy con mi cámara en el campo juego a camuflar las cosas. La idea es que a primera vista no se sepa muy bien lo que son, pero luego sí. Coqueteo con la abstracción pero incluyo algún elemento fácil de identificar, un asidero reconocible que permita al espectador hacerse una composición de lugar y saber qué está mirando. Después, más allá de lo que realmente se ve, cada cual es libre de soltar su imaginación y jugar a los parecidos, como hacemos cuando nos acostamos en el césped y reinventamos la forma de las nubes. Una oveja, un avión, un monstruo. Para ver más fotos de este tipo sólo hay que pinchar en "leer más".


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08 marzo, 2010

Zoo Station. Bosque.

No tengo ni idea de dónde hice esta foto. Sé que íbamos en el coche por una de esas autopistas alemanas tan rápidas, que se nos ocurrió desviarnos para mirar el paisaje y que acabamos perdiéndonos por carreteras secundarias. Pero vaya, no me quejo, qué felicidad. Los árboles han sido mis mejores amigos alemanes. El hecho de que no sepa ubicar éstos es, en cierto modo, una forma de justicia poética. Así este bosque sin nombre acaba siendo todos los bosques: es el que había junto al lago donde dormí la siesta, es el que cruzamos para llegar hasta la orilla del Elba, aquel donde pusimos nuestra tienda de campaña o el que había en el parque de al lado de casa, Treptower Park. Bosques húmedos, callados, impenetrables, que recorríamos cuando salíamos de excursión o sólo cuando íbamos a dar una vuelta. Bosques que mirábamos en Google Earth y que nos asombraban por su aspecto compacto, como esponjas secas. Si Zoo Station pretende ser una serie sentimental escrita a golpe de nostalgias, era fundamental que apareciese un bosque, el que fuera. He escogido éste porque, además de no tener nombre, me gusta ese toque indefinido de los abedules, que casi no se sepa lo que son. Me recuerda a los paisajes de Frederick Sommer, un fotógrafo que estudié en la facultad porque retrataba la naturaleza como si fuese un cuadro abstracto, y cuya obra me impactó muchísimo.

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07 marzo, 2010

Zoo Station. Mercado de pescado. Hamburgo.

Cada cual es feliz con lo que es feliz, para eso están los gustos. Yo soy feliz cuando me levanto muy temprano, cuando escucho rock & roll o cuando me bebo una cerveza. Ahí está mi felicidad pero también mi tragedia, hay que joderse, porque a ver quién es el guapo que combina esos tres placeres, a ver quién se bebe una mahou para desayunar. En Madrid, al menos, es imposible. Pero en Hamburgo no. Allí hay un mercado de pescado para locos que abre a las cinco de la mañana y cierra a las diez, y que durante el tiempo que está abierto celebra conciertos de rock con todos los grifos de cerveza a tope. La cuadratura del círculo de mis gustos personales. Cuando Alis y yo estuvimos allí eran las ocho y nos sirvieron bocadillos de arenque con cervecita rica, rica, mientras un montón de cincuentones coreaban canciones como 99 Luftballons y yo lloraba de emoción. Había encontrado el paraíso. La fotografía que me sirve para recordar tanta felicidad es una especie de homenaje a los interiores de Candida Höffer, una fotógrafa de la escuela de Dusseldorf que me intriga. Si alguien quiere compararla con lo que ella hace, puede pinchar en "leer más" porque allí he subido algunas imágenes suyas.


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06 marzo, 2010

Zoo Station. Augusto el Fuerte. Dresde.

El señor del caballo que hay detrás de la farola se llamaba Augusto. No fue el primero, sino el segundo, y después de él hubo también un tercero. Augusto II de Sajonia, por tanto. Cuando estaba vivo, el señor del caballo que hay detrás de la farola era conocido por su fuerza bruta y sus enormes manos. Le llamaban "el hércules sajón" y de él se decía que se parecía más a un oso que a un rey. Por eso, y porque tenía fama de reproducirse con generosidad, le apodaron "el fuerte". Augusto II el fuerte, der stark. Pero además de rudo y fortachón, el señor del caballo que hay detrás de la farola también gastó un refinado gusto por la cultura y las artes, construyó soberbias iglesias y fastuosos salones de baile, sostuvo con delicadeza frágiles figuras de porcelana. Le gustaba el rococó más que un lápiz a un tonto, y ahora disfruta de una eternidad pastelosa convertido en estatua de oro. Las guías turísticas, ajenas a sus proezas sexuales y a su proverbial musculatura, han vulgarizado su memoria bautizándolo como "el jinete dorado". Y ahí está, detrás de la farola, resplandeciendo como un mister universo pringado de aceite o un turista en Mallorca que se ha echado demasiada crema. A la hora de hacerle le foto, yo apliqué las enseñanzas de Lee Friedlander y le hice el favor de no salir, de quedarse tapado. Así, al menos, su logros en vida no quedan enturbiados por la cursilería del monumento que lo recuerda.

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05 marzo, 2010

Zoo Station. Ostkreuz.

Que nadie dude que ésta es una serie sentimental. La he escrito (con debilidad) para enseñar algunos de mis lugares favoritos de Berlín. Sitios como la estación de Ostkreuz, literalmente cruce del este, que ya no existe tal cual se ve en la foto porque este verano alguien mandó a tomar viento las viejas vigas y los andenes parcheados. Ahora es una estación nueva, aséptica. Pero cuando todavía era cochambrosa yo cruzaba el puente que pasa por las vías con la bici a cuestas, pasaba por delante de los puestos de salchichas, de los charcos y los carteles de discotecas, de los policías con chaleco antibalas, de los turistas despistados, los obreros con cerveza y los moderniquis, ay los moderniquis, cuántos hay en Berlín. La estación de Ostkreuz es un punto cardinal de la ciudad, por aquí pasan las líneas circulares y una línea central que atraviesa los descampados del centro de Berlín. No hay dónde protegerse del viento, eso es terrible, pero huele a los restaurantes de la zona, a curri y kebab, y eso es maravilloso. Además de esta foto tengo un montaje donde se ve otro de los hitos de la estación: la torre de aguas. "Todo el mundo conoce esa torre como la picha de Hitler", me contó mi amigo Andi, pero no sé si me estaba tomando el pelo. Para verlo (el montaje) sólo hay que pinchar en "leer más".


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04 marzo, 2010

Zoo Station. Zoo.

Empieza una nueva serie de fotografía aquí, en mitte. Y otra vez Berlín. O mejor, Alemania. Las fotos que colgaré en las próximas semanas serán paisajes alemanes, casi todos de la capital pero también de bosques, pueblos o arenas. La serie se titula Zoo Station por un montón de motivos: porque es una canción de U2 que siempre me ha gustado, porque la estación Zoo fue la que me recibió cuando llegué por primera vez y, sobre todo, porque la idea la tuve en el famoso zoológico. Me impresionaron las habitaciones donde viven los monos porque se parecen más a una celda que a una jaula, si es que hay alguna diferencia. Quitas al animal y ya no está claro quién vive allí, un chimpancé o un preso. El zoo está en la parte occidental de la ciudad, en el epicentro del consumismo exacerbado que los berlineses del oeste llevaron a gala durante la época del muro, pero aun así estas celdas me hicieron pensar en la Stasi, en La vida de los otros y en infelicidades parecidas. Intenté fotografiarlas con objetividad, frío y neutral, y luego me propuse aplicar este mismo planteamiento a todos los demás paisajes que me llamasen la atención en Alemania. Igual que con los retratos de Ich bin ein Berliner: simetría, silencio y distancia, pero sin gente. Si alguien quiere ver más fotos del zoo, puede pinchar en leer más.




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03 marzo, 2010

Con un seis y un cuatro (y XX). Tu rostro mañana.

Empecé a escribir esta serie cuando empecé a leer la última novela de Javier Marías, Tu rostro mañana, así que es justo que la termine ahora, cuando ya he acabado con el libro. Tu rostro mañana es una novela que empieza con la frase "no debería contar uno nunca nada" y que acaba 1328 páginas más tarde. Una novela protagonizada por espías filósofos que reflexionan sobre retratos, sobre la impresión que uno causa en los demás. ¿Podría un observador sagaz entender cómo somos, conocernos más aun de lo que nos conocemos nosotros mismos, sin intercambiar una sola palabra con nosotros? Las 1328 páginas de la novela dan de sobra para que Javier Marías sugiera muchos niveles de lectura a partir de este planteamiento, pero yo me quedo con dos. El primero es el que he intentado desarrollar en esta serie: el retrato como expresión visual de una persona. Cómo se construye, qué implica, lo que se enseña y lo que se oculta, ya sean tipos, ciudades o países, (o yo mismo), con secretos o polémicas, en foto, cómic o cine, blanco y negro o color, da igual. El retrato como la única forma de ser, de existir, de ser interpretado por los demás. Pero hay otro nivel de lectura que también me obsesiona, el que tiene que ver con las letras y el afán por explicar, por verbalizar. "No debería contar uno nunca nada", insiste Javier Marías. ¿Merece la pena hablar, interpretar, escribir un blog? Al leer Tu rostro mañana se tiene la impresión de que no, que todo es inútil, que luego no queda nada de este esfuerzo: "sólo soy como nieve sobre los hombros, resbaladiza y mansa, y la nieve siempre para".

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02 marzo, 2010

Con un seis y un cuatro (XIX). Ibérica de Ricky Dávila.

Hubo un tiempo en que las caras decían más de nosotros. Más que ahora, quiero decir. Cogías un duro, le dabas la vuelta y ahí tenías un rostro que era el tuyo, el de tu padre, el de tu vecino. La imagen de España. Primero salió Franco, me acuerdo, y luego salió el rey (al principio joven y solo, después con la reina y creo que al final hasta con el príncipe). Eran ellos pero también éramos nosotros, teníamos cara. Ahora parece que los rostros están devaluados, las monedas ya no enseñan ojos y hace un millón de años que yo no piso un fotomatón. Ni siquiera se mandan cartas, y cuando se mandan los sellos vienen anónimos. En Facebook la gente cuelga fotos de escorzo, o de escote, o en verano, y uno no distingue ni las narices. Sin cara (ni dura ni blanda) no somos nadie. Por eso se agradece tanto que Ricky Dávila siga buscando rostros por España, porque nos devuelve nuestro retrato, el de todos, el de España. En el Círculo de Bellas Artes han colgado las fotos de un libro suyo de 2007 que se titulaba Ibérica y que consistía precisamente en eso, en recopilar las caras de los que paramos aquí, en la piel de toro. Legionarios barbudos, monaguillos como el de la foto, inmigrantes, macarras o curritos de ocho a ocho, tíos y tías, guapos y feos pero todos familiares. Eso es lo bueno, que te suenan, que hasta podrías ser tú. Gracias, Ricky, me ha hecho muy feliz reconocerme en tu libro.

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26 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XVIII). Ciegos.

El pedante que llevo dentro hace que sienta debilidad por los retratos de gente ciega. Si hacer fotografías ya es un acto de vouyerismo, hacérselas a un ciego es el colmo. Supone mirar sin ser visto, impunemente, y encima de cerca. Para mí, hacer fotos como ésta de Paul Strand es una manera de reflexionar sobre la propia fotografía, una especie de paja mental con la cámara al hombro. Creo que cuando alguien retrata a un invidente, en el fondo se está preguntando por qué carajo le ha dado al botón, qué le mueve a robar el aspecto del mundo, por qué anda coleccionando imágenes cuando hay otros que ni siquiera saben lo que es una imagen. A partir de aquí es inevitable ponerse denso y pedante, espero que se me disculpe. La mirada frente a la negación de la mirada, "ver o no ver", ésa es la cuestión. O mejor dicho: "verse o no verse". ¿Por qué iba un ciego a encargarse un retrato? ¿Tiene sentido el espejo en casa de Borges? Supongo que no soy el único que se hace estas preguntas, porque los retratos de gente ciega o tuerta son bastante frecuentes. El de Paul Strand es el más famoso, pero cualquiera que pinche en "leer más" podrá ver otros que también están entre mis favoritos. Lo de llegar a alguna conclusión ya lo dejo para que cada uno se lleve el dilema a la cama.

De izquierda a derecha:

  1. Borges, por Diane Arbus.
  2. Abel, por Pierre Gonnord.
  3. La Celestina, por Picasso.
  4. El enano Gregorio, por Zuloaga.


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25 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XVII). Thingsthatlooklikefaces.

La primera vez que miras esta foto sólo ves dos cacerolas en una cocina vieja. Pero luego miras un poco mejor y aquello se convierte en Bélmez, aparecen dos caras la mar de monas, casi parece que se han pintado las pestañas, y es inevitable que digas hala, qué fuerte. Ocurre con casi todas las fotos de thingsthatlooklikefaces, una página sobre "objetos que te devuelven la mirada". Yo la descubrí hace años y nunca había regresado hasta que la he buscado para este post, pero siempre me acuerdo de ella en los momentos más inesperados, cuando se me aparecen rostros en el suelo del baño o en la ropa arrugada. Sí, yo veo caras donde no las hay, las cosas me sonríen o me gruñen, o me bendicen, que Dios nos mira desde todas partes. Mi cara favorita está en la carretera que va de Carrión de los Condes a Saldaña, en Palencia. Algún día pararé el coche, haré una foto y me daré el gustazo de mandarla a thingsthatlooklikefaces. Será mi manera de agradecerles que me hayan infectado el ojo con la manía de ver caras por todos sitios, sin que hagan falta ni un seis ni un cuatro, ni siquiera una nariz. Detrás de una costumbre tan tonta hay una lección de fotografía que me parece fundamental: la importancia de educar la mirada, de saber mirar, de detectar lo que está pero no se ve. Hoy es una cara, pero mañana puede ser otra cosa, es cuestión de estar atento y hacer la foto cuando toca. Para ver otra foto hay que pinchar en "leer más".

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24 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XVI). George Grosz y Max Hermann Neisse.

Durante años he sentido curiosidad por este retrato. En parte, porque a todo el mundo le llama la atención una chepa. Pero también porque me cuesta imaginar la historia que hay detrás. ¿Qué pasó? ¿Por qué un tipo tan deforme dejó que le pintasen con tanta crudeza, sin asomo de benevolencia? Un cuadro no es lo mismo que una fotografía, se tarda más en pintarlo y el modelo puede echarse atrás. Cuando Diane Arbus fotografiaba a sus frikis, por ejemplo, sólo era cuestión de un segundo, click, la foto se hacía en un plisplás y no había opción al arrepentimiento. Pero este cuadro tardó semanas en estar listo, probablemente meses. Es evidente que el modelo quería ser visto así, quería que nosotros contemplásemos su joroba y su falta de proporciones. ¿Por qué? Porque estaba de moda. En la pintura alemana de los años veinte hubo un movimiento conocido como Neue Sachlichkeit, Nueva Objetividad, que buscaba precisamente eso, la representación de los cuerpos en toda su materialidad, sin tapujos y con pelos, casi siempre con una fidelidad cercana a lo grotesco, a la caricatura. Los pintores y los filósofos estaban hartos, el ser humano y la sociedad alemana sólo les inspiraban escepticismo y burla. En este contexto, la unión de George Grosz (el retratista) y Max Hermann Neisse (el retratado) era inevitable, un all stars del mal rollo. El uno se había especializado en cuadros que ridiculizaban a los alemanes, y el otro era un escritor-poeta-filósofo tan deforme que no necesitaba ser caricaturizado, el chiste venía de fábrica. Pero... ¿hasta qué punto exageró George Grosz cuando le pintó? ¿Hasta qué punto fue realmente "objetivo"? Quien quiera averiguarlo sólo tiene que pinchar en "leer más", porque he colgado una foto donde se ve cómo era Max Hermann al natural.

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23 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XV). Robbiet Augspurger.

En Estados Unidos tienen unas tiendas de segunda mano buenísimas que se llama Salvation Army, Ejército de Salvación. Contrariamente a lo que suele pasar con este tipo de sitios, en el Ejército de Salvación siempre se da una fructífera relación moda-precio, uno entra con cinco euros y sale con ropa chachi para toda la semana. Hace falta un poco de imaginación y sobra vergüenza, claro, pero si rebuscas entre las chaquetas de chándal que la gente ha donado, acabarás escuchando aquella dulce melodía que dice así: "anda, cómo molas, dónde te has comprado eso que llevas". Cuando yo viví en la América profunda me compré unos tirantes en el ejército de Salvación tan baratos que a día de hoy todavía siguen siendo la prenda por la que menos dinero he pagado en mi vida. Pero nada comparado con lo que hace Robbie Augspurger, fotógrafo al que he conocido gracias a mi querida, admirada y muy añorada amiga Echalotte. El tal Augspurger es la versión guay de los típicos mineros del Gold Rush, porque cada vez que se mete al Ejército de Salvación encuentra oro. Estampados imposibles, corbatas de tu padre o gafas de franquista, todo eso y mucho más resulta que mola, que queda bien. En su serie Glamour & Headshots, Augspurger recupera con ironía las maneras del retrato de anuario de instituto, o de foto corporativa, o de pose de cantante. Es un moderniqui y desprende un leve tufillo a revista de tendencias, pero aun así me ha parecido que su historia no queda mal aquí, en esta serie sobre retratos que vengo publicando en mitte. Aunque sólo sea porque me encantaría tener unas gafas tan molonas como las que llevan estos tipos.

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22 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XIV). Bert Teunissen en Fotoencuentros.

Hace millones de años me enseñaron que uno puede construir su autorretrato por adición o por sustracción. Un retrato aditivo es el que se construye a partir de la acumulación de elementos, aquí mi grupo favorito, aquí el periódico que leo, aquí la serie que me quita el sueño, aquí el libro que terminé ayer, éste soy yo. Un retrato sustractivo, por el contrario, es el que busca la esencia a partir de la depuración, eliminar lo superficial y dejar sólo lo que de verdad forma parte de mí, como salir en pelotas en la foto. Si tuviera que clasificar las fotos que Bert Teunissen ha expuesto en el Fotoencuentros de Murcia según este criterio, me inclinaría a decir que son retratos aditivos porque los detalles que rodean a los personajes son tan descriptivos como sus caras. No es lo mismo ver a una abuela tal cual, que verla en su cocina con la estampita del santo en el que cree clavada en la pared. Pero después de mirar varias fotos, qué curioso, también me da por pensar justo lo contrario, que los modelos de Bert Teunissen posan con austeridad quijotesca, desprovistos de todo, rodeados sólo de moscas y de silencio. ¿Entonces? No sé, seguiré mirando la página de Teunissen, a ver si me aclaro...

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19 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XIII). El retrato de Carla Bruni.

Tener conocidos artistas que te hagan un retrato y te lo regalen debe de ser una putada, sobre todo si son mediocres. Se supone que la cercanía del autor es directamente proporcional al valor estético de la obra, y que por tanto todo lo que pinte tu colega tiene que ir directo al centro de tu pared, sin discusión. 'Qué bonito', dices, 'qué honor, qué obra de arte', y aunque el retrato no te guste un carajo te sientes obligado a colgarlo. El único consuelo que te queda es que a tu casa no va mucha gente, y la intimidad atempera la vergüenza. Pero... ¿y si resulta que el artista es el padre de Sarkozy, octogenario cuatro veces casado y asiduo de los veranos ibicencos? ¿Quién te libra de que el mundo entero asista a tu humillación? Pienso todo esto cuando veo el retrato que Pal Sarkozy ha pintado de su nuera Carla Bruni. En él vemos cómo la cantante-modelo emerge de un piano decorado con la imagen de su marido, lanzando rayos desde su guitarra y poniendo la inevitable boquita de piñón que se pone cuando se canta en francés. No contento con regalárselo el día de su boda (qué marrón), el Sarkozy viejete decidió que la obra era lo suficientemente digna como para exponerla en una galería. Y ahí que la ha colgado, en Budapest, para regocijo del planeta mirón. Miro y remiro el cuadro y me topo con una curiosa paradoja: igual que un retrato así supone un pasito adelante en el emponzoñamiento de la Bruni, una imagen y una historia como éstas suponen un pasito adelante en el engrandecimiento de mitte, esta burlona bitácora. ¡Gracias, Pal!

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16 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XII). García-Alix en ARCO.

Desde que me enganché a los blogs he escrito ya dos posts sobre García-Alix. Y éste es el tercero. ¿Por qué? Básicamente porque en los últimos años ha recibido el suficiente apoyo institucional y mediático como para que sea inevitable opinar sobre su obra. Primero fue una exposición pagada por la Comunidad de Madrid, luego la antológica del Reina Sofía y ahora el protagonismo absoluto en el stand de EL PAÍS en ARCO, que es otra forma de consagración. Alis y yo discutimos a menudo sobre la oportunidad y justicia de tanto reconocimiento. ¿Sigue Alberto García-Alix siendo uno de los mejores fotógrafos españoles o simplemente vive de las cicatrices que le dejó haber sido testigo de los ochenta? Si sus imagenes han perdido impacto... ¿es porque su mirada se ha edulcorado, o es sólo porque ya no retrata a yonkis chutándose ni a actores porno dando volteretas? Un poco de las dos cosas. A mí las fotos movidas y la complicidad azarosa de la oscuridad siempre me parecen menos valientes que una cámara apuntándote directamente al entrecejo. Pero, aun así, creo que hace falta mucho coraje para renegar de ese sensacionalismo urbano con el que te has hecho un nombre y apostar por la sencillez anodina de una cara, aunque esta cara sea exótica y hermosa. En el fondo es una apuesta por la sutileza frente a lo obvio, y eso es signo de madurez.
Para ver las fotos que EL PAÍS va a exponer en su stand hay que pinchar en "leer más".


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15 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XI). Tipos y retratos en Leganés.

El próximo 25 de marzo vamos a colgar mis retratos en Leganés, en una sala que el ayuntamiento nos ha ofrecido. Es un honor, claro, pero también es una oportunidad para replantearme lo que hago y, sobre todo, lo que quiero seguir haciendo. Hace casi cuatro meses que no cojo la cámara, la serie de Berlín me dejó exhausto, necesito una idea, un objetivo, una nueva vuelta de tuerca a este mundo de las caras, a ver por dónde puedo tirar para no encallar. Y lo más importante: para no negar todo lo que he hecho hasta ahora y seguir una evolución coherente. Miro las fotos de estos últimos tres o cuatro años y trato de comprender qué es eso que no he dejado de buscar con mi cámara. ¿Gente rara? ¿Caras con personalidad? ¿Arquetipos? Un poco de cada, supongo. Pero para estar seguros, Alis y yo hemos planteado la exposición de Leganés como una especie de diálogo entre fotos, una comtraposición de retratos hechos en distintos sitios y momentos, un mexicano al que fotografié en 2009 frente a un marroquí al que hice una foto en 2006, un neoyorkino frente a un madrileño, un berlinés y una argentina. A ver qué hay en común, en qué se parecen las imágenes y en qué se parecen las personas. Todavía falta más un mes, estamos empezando. Pero de momento ya tenemos el tráiler de la exposición, gracias a nuestro amigo Mikto Kuai.

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14 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (X). Johann Le Guillerm y el Cirque Ici.

Siempre llama la atención que alguien no quiera hacerse fotos. Salirse del cuadro es salirse del mundo y del tiempo, no figurar, no haber estado allí, no formar parte del presente ni del recuerdo. Si encima el renegado es un personaje público que vive de su imagen, este pudor se vuelve más incomprensible. Sabemos que el enigma contribuye a la leyenda, pero pensamos que el tipo está loco o que acabará descubriéndose, como hizo Darth Vader, porque en estos tiempos que corren es inconcebible que alguien nos escamotee su cara. Pero sucede, y por eso no podía dejar de escribir al respecto en esta serie sobre retratos. En la breve lista de famosos sin rostro hay historias fascinantes como la de El Santo, un luchador mexicano que murió de pena cuando le engañaron para que se quitase la máscara, o la de Salinger, ese escritor que se pasará la eternidad gruñendo por culpa de la única foto que le hicieron. Podría escribir sobre ellos pero he preferido a Johann Le Guillerm, un artista de circo que pasó por Madrid la semana pasada. Al contrario que otros enmascarados, Le Guillerm sólo se tapa cuando el que mira es un periodista, lo suyo es pudor mediático. En su carpa disparatada y herrumbrosa, donde chasquea el látigo para domar barreños que tienen vida propia o cepillos que se han convertido en caballos, uno puede mirarle la cara con total libertad. Y eso, sumado a la frágil magia que despliega para tu embobamiento, hace que te sientas el tipo más privilegiado del mundo. Como cuando la gente va a ver a José Tomás, pero con mucha más imaginación.

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13 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (IX). Manhattan, por Woody Allen.

Tres minutos y treinta y seis segundos. Todo ese tiempo dedicó Woody Allen a retratar su ciudad en el arranque de Manhattan (1979). La ciudad sin excusa, a bocajarro. Ni rastro de actores ni de personajes ni de historia, sólo ella, qué chulería, rascacielos a palo seco y porque sí, con nieve o fuegos artificiales, con basura en las calles, con obreros que miran a las tías buenas y tias buenas que casi miran a cámara. Ni siquiera un rótulo: el título de la película en un luminoso de Broadway, no podía ser de otra forma. ¡Manhattan, Manhattan, Manhattan! Y de fondo la voz del propio Woody Allen ensayando descripciones: "Capítulo uno. Adoraba Nueva York, la idelizaba de forma completamente desproporcionada". Recuerdo que la primera persona que me dio una clase de cine proyectó estos tres minutos y treinta y seis segundos en el aula de cultura de CajaMurcia y dijo: "chicos, esto es cine". Y con ello marcó el rumbo de mi evolución sentimental, estética y hasta vital. Han pasado quince años y todavía sigo queriendo imitar esos tres minutos y pico, todavía sueño con rendir homenajes como ése a las ciudades donde vivo o aprendo idiomas, donde envejezco y me hago heridas. Si tuviera que escoger una de las diez secuencias que más me han impresionado en toda la vida, escogería ésta.

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12 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (VIII). Jaime de Marichalar en el Museo de Cera.

Los defensores del menor y algún que otro amigo escarmentado nos han avisado mil veces: "no cuelgues fotos tuyas en Facebook, que luego no sabes lo que la gente mala puede hacer con ellas". Pero nadie te advierte de que no te hagas una estatua en el Museo de Cera. ¿Por qué será? ¿Por qué no habrá campañas de concienciación ni entrevistas a sociólogos en los informativos? La gente que se deja hacer un retrato (sea del tipo que sea, pero más todavía si es en cera) casi nunca percibe los riesgos de la duplicidad, la humillación de que tú envejezcas y tu estatua no lo haga, de que pierdas el control sobre tu doble y ya no puedas vigilar dónde está, al lado de quién, en qué sala o en qué sótano. Supongo que será porque toda forma de inmortalidad es tentadora, aunque sea una inmortalidad apolillada como la del Museo de Cera, pringosa, de dudosa fidelidad hacia lo que uno es o hacia la pinta que uno tuvo. La humanidad se ciega ante la posibilidad de figurar en un museo, no importa que sea de tercera categoría o que ni siquiera tenga visitas guiadas. El último episodio de esta tragedia ha salido en todos los periódicos: Jaime de Marichalar, oficialmente divorciado de la Infanta y despojado de nobleza, ha dejado de ser de cera porque ha dejado de ser Real. Manda huevos, ¿cómo le explicas eso a tu hijo? Feo, humillado y proscrito en un sitio donde, que yo sepa, todavía tienen hasta a Franco. Cito a EL PAÍS: "La figura de Jaime de Marichalar será retirada (...) horas después de que la Casa del Rey anunciara el divorcio de la hija mayor de los Reyes y sustituyera la foto oficial por otra sin el ex marido". ¿Dónde estarás ahora, Jaimito?

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11 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (VII). Welcome to Espaiñ según Jordi Bernadó.

La otra tarde eché un ratejo buenísmo en la librería del Reina, oh, qué lugar tan maravilloso, hojeando el último libro de fotos de Jordi Bernadó. Welcome to Espaiñ es exactamente lo que el título sugiere: un retrato de España, ésta patria nuestra, a partir de sitios más o menos turísticos y reclamos más o menos logrados. España como escenario cutre, descampado, pintarrajeado, religioso y con una desasosegante tendencia a los excesos taxidérmicos; España engalanada de carreteras y cojones de toro, de girasoles y polígonos industriales. Ése es el campo que hemos crecido mirando por la ventanilla del coche, ésa la venta donde parábamos a tomar el bocata, ése el puticlub que se llevó nuestra inocencia, ése el letrero mal escrito que siempre, todas las veces que bajamos a Murcia, nos hace reír. Los escenarios ibéricos que Jordi Bernadó fotografía casi siempre están vacíos. Si hay alguien, o bien es una estatua de cera o bien es un guiri borracho. Ni rastro de nosotros mismos, españoles, habitantes e inventores de esta disparatada tramoya a pie de asfalto o a pie de playa, da igual. No estamos pero sí somos, somos el sitio donde vivimos, aunque no seamos capaces de verlo y paguemos billetes falsos de avión para irnos a otros destinos.
Si alguien quiere ver más fotos de Welcome to Espaiñ sólo tiene que pinchar en "leer más". Las he sacado todas de la página de Jordi Bernadó.



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10 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (VI). Lucian Freud con el ojo morado.

Si alguno de los improbables lectores de este blog todavía piensa que el arte es arrebato, vísceras y dolor, hoy encontrará motivos para seguir creyéndolo. Esta tarde se subasta en Londres el Autorretrato con ojo morado de Lucian Freud y mi sexto sentido me dice que está a punto de forjarse una leyenda parecida a la de la oreja (amputada) de Van Gogh. La historia, contada por el actual propietario del cuadro, tiene todos los ingredientes. Todo ocurrió el día en que este señor quedó con Freud para que le pintase un retrato. La cita era en el estudio y el pintor tomó un taxi para llegar, pero mira tú por dónde en el camino se interpuso la proverbial impetuosidad de los artistas y nuestro amigo se enzarzó en una pelea con el conductor. ¿Motivo de la disputa? No importa, la leyenda se encargará de inventarlo. El caso es que el genio incontrolado del pintor debió de apabullar al pobre taxista, y como éste era un ser más prosaico no se le ocurrió otra cosa que corresponder con una hostia. Pum, directa al ojo, ay mi Lucian. Siguiendo con la versión del señor que estaba esperando para ser retratado, Freud apareció por el estudio hecho un basilisco, agarró los pinceles y le dijo que se fuera a tomar viento, que esa tarde al único que iba a pintar era a sí mismo, herido. Y con un seis, un cuatro y un poco de morado le salió este autorretrato. Luego, para compensar por el feo, le regaló el cuadro al señor plantado, que si bien lo guardó en secreto durante treinta años, ahora se ha encargado de dar pistoletazo a la leyenda antes de venderlo, a ver si con eso saca más pasta. Supongo que se forrará, pero eso es otro asunto; lo importante es que hoy ha nacido un mito y más de uno babeará al enterarse. Estoy seguro.

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