Esta fotografía estuvo a punto de costarme la vida. Sí, sí, va en serio. Es un milagro que no sean pedacitos de mí, de mi mano o mi pie o mi nariz griega, lo que hay en esa fuente que el señor maneja con tanta soltura. Y todo porque un día, mientras iba dando yo un paseo, se me ocurrió colarme en la cocina de un restaurante de lujo para sacar el retrato de un cocinero. ¿Pudo pasar?, le dije a la camarera. Claro, me dijo ella. Y cuando ya estaba dentro, click, sin escapatoria posible, click, escuché una voz que me gritaba desde el cogote: ¿qué cojones haces aquí? Ay, pensé, ya estoy muerto, ya me van a trocear, ya tienen un plato nuevo para añadir a la carta. Clac, clac, clac (castañeo de dientes). Me giré despacio y me encontré con que allí detrás estaban el jefe del restaurante, la jefa y sus respectivas miradas homicidas, afiladas como cuchillos de carnicero. Ay, lo siento, les dije, yo no quería, clac, clac, sólo soy un tonto español que hace fotos, por favor dejen que me marche, juro que no se lo contaré a nadie, me gustaría seguir viviendo, no quiero que me corten en trocitos. Creo que incluso me eché a llorar, no sé. El caso es que aquellos dos tipos y sus miradas de asesinos se ablandaron y me dejaron salir. Pero que sea la última vez, me dijeron. Uf, uf, qué alivio. Y aquí estoy, todavía entero.
Artículo relacionado: Ich bin ein Berliner. Cocinero (I).
30 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Cocinero (II)
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27 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Mecánico de bicicletas.
Se llama la regla de los tercios, y te la enseñan cuando empiezas a hacer fotos. Si trazas cuatro líneas imaginarias, dos y dos, y con ellas divides el cuadro en nueve tercios, tres, tres y tres, las intersecciones de esas líneas señalan los puntos de interés de la imagen. O sea, que si pones al sujeto en un lado, la foto queda mejor. Yo, que soy tan dogmático como falto de imaginación, apliqué la regla de los tercios durante años y tiré miles de fotos con el punto de interés ladeado. Pero con el tiempo me di cuenta de que muchos de mis fotógrafos favoritos no hacían ni caso,y me planteé romper con esa norma. Ahora practico el culto de la simetría a ultranza, coloco al individuo en el centro y busco el equilibrio de toda la vida, mitad y mitad. A veces sospecho que si sigo por este camino acabaré renunciando también al formato rectangular y lo sustituiré por el cuadrado, donde la balanza está menos forzada. Pero de momento todavía ando explorando las posibilidades del centro exagerado. Y, en casos como el de esta foto, creo que poder mostrar todas las herramientas del mecánico hace que merezca la pena.
Por cierto, siempre se me olvida recordar que todas las fotos de esta serie se pueden ver también aquí, en mi fotolog.
Artículos relacionados:
- Viajero (en PHE).
- García-Alix. Elogio del centro.
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24 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Chico en un banco.
Estos últimos días ando obsesionado con una fotógrafa llamada Diane Arbus. Diane Arbus (pronunciado "Dian", no "Dayan") ha pasado a la historia de la fotografía por sus retratos de frikis y gente triste. Uno de los múltiples jefes que tuvo cuenta que se la encontró en la calle un domingo soleado y le preguntó: "¿Qué haces en un día tan maravilloso?". "Tratando de encontrar a alguien infeliz", le contestó ella. Hay muchas cosas que me dan envidia de Diane Arbus, pero lo que más me impresiona es su entrega a la búsqueda de retratos, a pesar de que padecía una timidez enfermiza. Sus cuadernos de notas están llenos de nombres de gente que conocía por la calle. Veía a alguien interesante y se las apañaba para convencerlo de que posara para ella. En Central Park, uno de sus lugares favoritos, Diane iba de banco en banco y se tragaba la vergüenza con patatas para hacer click y volver a casa con un retrato, como quien vuelve con un trofeo. Mis fotos son mucho peores que las suyas, pero mi dilema es el mismo: soy un tímido al que le pirran las fotos de gente anónima. Y por eso, aunque me muero por meter la cabeza en un agujero, mi mayor reto es inventarme una sonrisa y convencer a extraños de que sean ellos mismos delante de la cámara. Como este tipo de Treptower Park, mi parque favorito de Berlín.
Para ver fotos de Diane Arbus en Central Park hay que pinchar en "leer más".
Artículo relacionado: Diane Arbus, en la Revista Trazos.
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23 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Conductor de tranvía.
Los recién llegados a Berlín se hacen siempre la misma pregunta: ¿en qué lado estoy? ¿Estoy en el Este o en el Oeste? La respuesta está chupada. Si hay un tranvía cerca estás en el Este, porque en el Oeste no existen. Los tranvías de Berlín son trenes de cristales oscuros, muy oscuros, y la leyenda dice que nunca hay revisores para controlar los billetes. Cuando llegan a la parada suena una campana que a mí siempre me recuerda a una canción de los Hidden Cameras, pero Alis dice que son sólo imaginaciones mías. Una vez, a mi amigo JA se le quedó enganchada la rueda de la bicicleta en el raíl del tranvía cuando el tren estaba a punto de llegar. JA levantó la mirada para calcular cuánto tiempo le quedaba de reacción, y lo que vio fue a la conductora del tranvía, amonestándole con el dedo como si fuese un niño pequeño, mientras se le acercaba a un kilómetro por hora. Me habría gustado colgar una foto de esa señora, pero tengo que conformarme con la su compañero.
Para escuchar la canción de Hidden Cameras hay que pinchar en "leer más". Como no hay vídeo original he colgado uno que he encontrado por ahí. Las notas del principio son las mismas que suenan en el tranvía, por mucho que Alis diga que no.
Artículo relacionado: Buenos Aires. Autobús.
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22 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Sombrerero.
Cuando Alis se fue a vivir a Alemania, su profesor le dijo: "en Berlín, si no llevas un sombrero la gente pensará que estás loca". La anécdota, que ya es lo suficientemente significativa, gana enjundia si piensas que ocurrió antes de que H&M pusiera de moda los gorros para modernos. ¿Por qué será que los españoles, aunque somos una raza con propensión a la alopecia, conservamos un reparo pudoroso a la hora de adornarnos la testa? Tenemos tan poca imaginación para el cubrimiento que hasta nos hemos desecho del tricornio, uno de los más originales hallazgos de este país. Pero los alemanes... ellos no. Ellos han hecho del sombrero un arte, una disciplina y un signo de distinción. Por eso existe una profesión tan respetada como la de sombrerero, señor que fabrica sombreros. El de la foto me gusta porque, además de llevar su propia creación, tiene una pintilla de rabino que va muy a tono con la historia de la ciudad.
Artículos relacionados:
- USA. Cañón del Colorado. (24)
- Tendencias (de verano). En Sindrogámico.
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21 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Cartero.
La bici de un cartero puede llegar a ser muy molona. Yo he visto gente guapa en Berlín, lo juro, que iba por la vida montada en una bici de cartero. La compras en un mercadillo, la pintas y eres el tío más original de toda la ciudad. La diferencia, ya se sabe, es un valor añadido. Una bici de cartero se reconoce porque no lleva barra en el centro, porque tiene una enorme cesta delante y, sobre todo, porque lleva ruedines. Para ser un buen cartero hay que ser capaz de bajar los ruedines cuando todavía estás en marcha, para que cuando la bici se detenga ya estés tú contando cartas. Parece fácil, pero exige destreza y elegancia para no acabar estampado contra una farola. Yo nunca he montado en la bici de un cartero, pero una vez entré en una oficina de correos con bici cargada de paquetes, así que supongo que he estado bastante cerca. Ah, otra cosa: en Berlín el cartero nunca llama dos veces porque tiene llaves de todos los edificios. Como los antiguos serenos, pero con ruedines. Este, el de la foto, me mola porque se parece a Jack Bauer.
Artículo relacionado: Hincha (en PHE).
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20 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Bañista.
Strasse, Weg, Allee, Damm, Chaussee... Todo son palabras alemanas para poner nombre a la calle, a ese espacio que te encuentras cuando no estás en tu casa, ni en la de tu amigo, ni en el bar ni en el supermercado. Cinco palabras distintas para una misma idea, calle: es evidente que esta gente se toma el asunto en serio. La calle, para un berlinés, es un espacio fundamental de desarrollo y socialización. Mucho más que para nosotros, por mucho que nos jactemos de ser un pueblo callejero. En Berlín son tan chulos que reservan enormes descampados para montar un Biergarten que sólo está abierto desde junio hasta septiembre. Cuando empieza el frío, en lugar de cerrar las terrazas colocan mantas en las sillas, para que la gente se quede fuera y pueda abrigarse. Y en verano, con el calor, todo el mundo al parque. Allí hacen barbacoas, toman el sol medio en pelotas y se bañan en las fuentes públicas, como este señor. Sin que nadie levante la ceja de asombro o diga Dios, este agua está verde, qué asco. Menuda lección.
Artículos relacionados:
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18 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Traje tradicional.
El otro día leí un artículo bastante curioso donde se explicaba que todo lo que llevamos puesto, desde la chaqueta hasta la corbata, se lo hemos copiado a los militares. Por muy jipis que seamos, algo de lo que vestimos se lo inventó un señor antes de salir por ahí a pegar tiros. El cárdigan, por ejemplo, toma su nombre de un aristócrata que peleó contra los rusos en la guerra de Crimea; y la corbata de unos mercenarios croatas, fíjate tú qué cosas. Dado que esta serie es sobre arquetipos y uniformes, a mí me habría encantado colar en esta serie a algún militar alemán. Pero en Berlín los soldados son raros, raros, y los pocos polis que te cruzas llevan tantas metralletas que ni se te ocurre preguntar qué tal. Habrá que conformarse entonces con este hamburgués cargado de medallas, fotografiado en una especie de desfile tradicional donde abundaban los sombreros tiroleses, las plumas y el ante verde. La foto es de las pocas que no está hecha en Berlín.
Artículos relacionados:
- Hincha (en PHE).
- USA. Soldados. (25)
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17 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Galeristas.
El arbol genealógico del arte es más sorprendente de lo que parece. Por ejemplo: puede que seas un artista urbano y que, inesperadamente, tu obra se exponga en galerías institucionales, al amparo de la subvención y de la palmadita estimulante del concejal de turno. O que pintes en el muro de Berlín protegido por los mismos poderosos que contrataron a Bon Jovi para que cantase en el 20 aniversario de la Reunificación. En contra de lo que presuponen los románticos, si tiras de la hebra del arte puede que no vayas saltando de genio en genio (como en la oca), sino que te encuentres muy pronto con el prosaísmo del ricachón, el político o el pedante. Y no seré yo quien lo censure, sino más bien quien lo señale con una foto. Siempre se dice que Berlín es el centro mundial del arte, que bla bla bla y que tracatrá, pero cuando vas a una feria como Art Forum, epicentro de ese centro, los que cuecen las habas no son artistas atormentados ni grafiteros con barba postiza, sino individuos tan elegantes como estos. El día que le enseñé la foto a mi amigo Walter, me dijo: "jejeje, lo único que puedo decir es que yo también tengo botines".
Artículo relacionado: Pintor del muro (en PHE)
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15 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Músico callejero.
No hagas caso del título, estos no son los pies de un músico callejero. Son los pies de Pelé. Hace un millón de años, cuando a Annie Leibovitz le pidieron que retratase al futbolista brasileño, sólo sacó sus pies desnudos. Y todo este millón de años me lo he pasado queriendo copiar la idea... hasta que llego a Berlín y descubro que es un sitio lleno de gente guapa que va por la calle descalza. Es la mía, pienso. Persigo a un descalzo por dos kilómetros de aceras salpicadas de caca, le detengo y le digo: ahora tú serás Pelé. Y después le dejo que se vaya (sin zapatos) a tocar la guitarra en algún parque.
He buscado la foto de Annie Leibovitz, pero no la he encontrado.
Artículos relacionados:
- La parte o el todo. I, II y III.
- Aire amarillo (y II). Los Coppola por Leibovitz.
- Payasos (II). Meryl Streep por Anne Leibovitz.
- La (cruda) intimidad de Annie Leibovitz. (En Sindrogámico)
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14 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Bebé.
Mi amiga Blanca dice: "Berlín es la ciudad de los niños buenos". Las estadísticas dicen: "Berlín tiene el barrio con el mayor índice de natalidad de toda Europa, se llama Prenzlauer Berg". Lonely Planet (edición de 2004) dice: "Lo mejor de Berlín para niños es hablar con Bao Bao, el oso panda y otras estimables criaturas del zoo". Pink Floyd, en Another Brick by The Wall, uno de los himnos no oficiales de la caída del muro, dicen: "¡hey, profesores, dejad a los niños en paz!". La prima de Alis que vive en Berlín y que tiene cuatro hijos pequeños, dice: "dos veces al año, los padres tenemos que ir a limpiar a fondo el cole". Sofía, una niña de 11 años que aprendía alemán conmigo en Berlín, decía: "me gusta ir al parque y ver dibujos animados en la habitación de mi hotel NH". Un señor entró a una tienda de bicicletas y dijo: "quiero un asiento para llevar a mi hijo sentado en el manillar". Yo digo: "¿puedo hacerle una foto a tu bebé?". Y la madre, que no tiene ni 25 años y es una moderna, dice: "claro, ¿por qué no?".
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13 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Chico con perro.
Esta semana he re-visitado el libro que Richard Avedon hizo con retratos del oeste americano. In the American West, se titula. Ese libro ha sido toda una obsesión para mi durante años. Avedon iba con su equipo a un rodeo, a una misa o a una fiesta de serpientes, buscaba un rincón en sombra, pegaba un fondo blanco y se paraba a mirar a la gente pasar. Tú, tú y tú. Escogía a vagabundos, a cowboys, a efebos y a millonarios, a mineros con la cara manchada de carbón, a matarifes y a muchachitas embarazadas. En total, 752 personas fotografiadas después de cinco años de búsqueda. Algunas veces me he pasado tanto tiempo mirando a esta gente que me sé las arrugas y el desencanto de casi todos. Y me pasa que voy por la calle, veo a tal o cual persona, y pienso que se parece a tal o cual modelo de Avedon. Por eso le hice la foto a este chico, porque se parecía a un crío de 9 años que posó en Montana para el fotógrafo. El niño de Avedon tiene un rifle en las manos, podría matarte. El chico de mi foto no tiene rifle, pero tiene un perro que podría arrancarte un brazo. En cierto modo, ambos me dan un poco de miedo. Para compararlos hay que pinchar en "leer más".
Artículo relacionado: Herrero (en PHE).
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12 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Cantante de karoke.
¿Cuántas personas hay en esta foto? ¿Cien? ¿Doscientas? ¿Cuatrocientas? Sí, supongo que algo así. Lo que no tengo tan claro es por qué están ahí. El lugar es un karaoke al aire libre de Berlín, justo al lado del muro. Cada domingo llega un tipo con un ordenador, una sombrilla, un micro y un par de altavoces, y se coloca delante de un incómodo anfiteatro. La leyenda dice que es irlandés, que un día se hartó de su curro de mensajero y que decidió poner a los berlineses a cantar. Era febrero de 2009. Poco a poco empezó a correr el rumor de que allí se estaba cociendo algo, y con el buen tiempo llegaron las multitudes, los vendedores de cerveza, los turistas. Ahora se dice que el karaoke de Mauerpark ("el parque del muro") es el mejor del mundo. Pero... ¿por qué? Yo he estado unas cuantas veces y puedo decir que hay momentos en que se produce una magia especial, algo que no tiene nada que ver con cantar bien, ser guapo o que la canción que suena haya sido número uno en los cuarenta. Esa magia se contagia entre las cuatrocientas, doscientas o cien personas que han venido, y todo el mundo tiene la sensación de estar en el lugar apropiado, en el momento apropiado.
Para ver lo que ocurrió cuando murió Michael Jackson hay que pinchar en "leer más".
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11 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Cocinero (I).
El otro día me compré un libro de un fotógrafo murciano que se llamaba Fernando Navarro. Cuando el siglo XX no había hecho más que empezar, Fernando Navarro montó un pequeño estudio en Totana y se dedicó a sacar fotos de todo el que pasase por allí. De su galería de retratos llama la atención que sólo necesitase cuatro cacharros para hacerlos inequívocos, apenas una alfombra, un telón y un elemento de atrezo. No hace falta leer el título para saber quién de entre todos los que posaron para él es el monje, quién el mago, el ganador del concurso de feos, el militar, el músico, el monaguillo o el agricultor. Fernando Navarro no pasará a la historia por ser especialmente original, ni bueno, ni excéntrico, pero hubo dos cosas que me sedujeron de él: esa extraordinaria economía de recursos y el toque antiguo de sus imágenes. A mí me gustaría hacer fotos como las suyas en pleno siglo XXI. Y para demostrarlo, aquí dejo una de un cocinero. Si alguien quiere ver las fotos de Fernando Navarro, que pinche en leer más.
Artículos relacionados:
- Hincha (en PHE).
- Ich bin ein Berliner. Cocinero (II).
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10 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Anciano.
Lo primero que me enseñaron en la facultad es a distinguir un hecho noticiable de uno que no lo es. Al parecer, la clave está en la lógica. "Si un perro muerde a un hombre no es noticia", decía mi profesor, "pero si el hombre muerde al perro, entonces sí". A partir de este razonamiento, me gusta pensar que lo que hace interesante esta foto es que nada encaja, que nada responde a lo que uno se esperaría. ¿Qué hace un señor tan mayor con un traje así de molón? ¿Por qué, si se ha puesto tan guapo, va en bicicleta por el mundo? ¿Desde cuando los abuelos pedalean en lugar de arrastrarse en andador? Pero existe una segunda posibilidad, al margen de lo que me enseñaron en la facultad. ¿Y si al final la foto sólo es buena porque la mirada del señor es potente, y nadie se fija en todo lo demás? A veces, lo juro, pierdo el sueño tratando de solucionar dilemas como éste.
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09 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Turista del muro.
Nueve de noviembre. Hace 20 años cayó el muro de Berlín. Como soy un amante de las casualidades, he escogido esta fecha para empezar a publicar aquí una serie sobre la ciudad. Se titulará "Ich bin ein Berliner", la frase de Kennedy que más repiten los alemanes. "Soy un alemán", en español. Arranco con una foto del muro, como todos los periódicos del mundo han hecho hoy, pero mi objetivo no es hablar de esta cicatriz de piedra. Me interesa más el señor de delante, el que saca su cámara y se pone a hacer una foto a algo que queda fuera de campo. El que da la espalda al monumento histórico más fotografiado de la ciudad. Este señor forma parte de una serie de individuos que he ido retratando por las calles de Berlín durante el verano. Mi idea, como ya enseñaré, era encontrar el equilibrio entre lo menos típico y lo más típico, entre lo que uno no se espera de Berlín y lo que uno ya ha visto mil veces.
Como siempre, las fotos se pueden ver mucho mejor aquí, en mi fotolog.
Artículo relacionado: Pintor del muro (en PHE)
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05 noviembre, 2009
España en bandeja
Nunca me había parado a pensar cuánto se le hace la pelota al turista en España. Nunca, antes de ser maltratada como turista en otros sitios. Hay países en los que al viajero desorientado no le queda otro remedio que comprar ¡en una librería! y a precio hinchadísimo un cutre-mapa turístico de la ciudad correspondiente. Ese mismo mapa que en cualquier ciudad, ciudadita, pueblo o aldea de España te ofrecería un/a amabilísimo/a empleado/a de una de las miles de oficinas de información que pueblan nuestra geografía. Lo haría, además, con la mejor de sus sonrisas y, por supuesto, de forma absolutamente gratuita.
Lo del mapa no es más que un ejemplo. Muchas otras diferencias de trato te llevan a la conclusión de que en España el turista es especialmente querido.
¡Faltaría más! ¡Si viene aquí a dejarse los dineros!
Esta idea, aun siendo cierta, tiene su vuelta de hoja: cuando se repara en la cantidad de negocios turísticos -esos hoteles, apartamentos y urbanizaciones que hormigonan nuestra costa- cuya gestión es extranjera, entonces empiezan a surgir dudas sobre la supuesta rentabilidad millonaria de un sector en el que el Estado, además, debe invertir cada año para dotar a las zonas turísticas de las infraestructuras necesarias –autovías, paseos marítimos, servicios de limpieza adicionales...- para que aquello no se congestione demasiado y no acabe convirtiéndose en una batalla campal o un merdel.
Escepticismos aparte, la cuestión es que desde los medios oficiales de este país se nos ha inculcado desde siempre la cultura del turismo y la idea de que el turista, sea del tipo cultural urbano o del tipo playero borracho, es siempre bueno; así como la obligación moral de recibirlo con los brazos abiertos. Es tal el nivel de ofrecimiento, simpatía y agasajo que el español muestra hacia sus visitantes extranjeros que llega al extremo de entregarle, literalmente, su país en bandeja. O de hacerlo todo para que al pasear por sus ciudades se sienta a sus anchas, como un rey pisando sobre alfombra roja.
No es que me parezca mal que se trate bien al turista. Simplemente, me ha llamado la atención cuando me he dado cuenta de que en otros países no ocurre lo mismo. Ah, y también cuando me he encontrado con estos dos carteles, uno de 1964 y el otro de hoy mismo, que venden exactamente ese mismo concepto. Qué poquito han cambiado las cosas.
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10 septiembre, 2009
Curiosidades de una tesis. Was ist anders in Spanien?
El famoso eslogan que no se inventó, pero sí explotó, el Ministerio de Información y Turismo de Fraga, tuvo un éxito sin precedentes. Vaya si lo tuvo. No sólo porque nuestras playas se llenaran y con ello se diera un empujón a la construcción y con ello a la economía en general y con ello a la buena imagen del régimen; no sólo. El famoso eslogan caló tanto en la sociedad que incluso ha pasado a formar parte del acervo popular como un refrán más: Spain is different!
No obstante, frente al turista de sol y playa con el que Fraga soñaba, durante los años 70 fue aumentando la cantidad de viajeros independientes atraídos por nuestro país. Estos turistas no venían con un paquete all-inclusive de un touroperator, sino en vehículo propio; y no buscaban lo mismo que los demás veraneantes, sino que cuestionaban más. Los autores de esta guía de España para alemanes, por ejemplo, se preguntan: “Was ist anders in Spanien?” (¿Qué es lo que es diferente en España?)
Este otro tipo de turista, germen del actual mochilero, venía buscando paisaje, cultura, tradición; en resumidas cuentas, lo auténticamente español. Pensando en él, estos alemanes se plantean algo totalmente diferente de las guías al uso, con sus itinerarios y sus capítulos ordenados por áreas geográficas. La guía turística del nuevo viajero debía consistir en una orientación a fondo dentro de la cultura del país –y, por qué no, ordenar los diversos temas sobre los que el viajero debe saber de forma alfabética, para su cómoda consulta mientras se va en el coche: con la A, alcázar; con la B, Basken (vascos); con la C, Cortes (acababan de celebrarse las primeras de la España democrática); con la D, naturalmente, Don Quijote … con la F, fiesta; con la S, siesta; y con la Z, Zigeuner (gitanos).
No es esta simplificación de la cultura de un país por medio de estereotipos tan vistos lo que más clama al cielo, ni tampoco la reducción de un pueblo entero a asépticas entradas alfabéticas perfectamente clasificadas. No, lo que en última instancia más indigna es que después de toda esa palabrería sobre conocer a fondo un país y una cultura, parece que la finalidad del viaje no es otra cosa que el propio deseo de aventura, la realización de la idea de vacaciones ideales que estos mochileros motorizados llevaban en mente –y que traían consigo desde Alemania.
De ahí la importancia del componente “coche”, pues esta guía se plantea especialmente pensada para conductores, con consejos sobre conducción y tráfico, recomendaciones sobre las mejores vías, sugerencias de paradas, etc. De hecho, hablan de un nuevo tipo de viaje: el “Volkswagenreise”; literalmente “viaje Volkswageniano”. Las fotos con que ilustran tal experiencia turística son bastante elocuentes al respecto: me da igual si atravieso los Pirineos, si conduzco entre olivos o por campos de Castilla; lo observo todo atentamente… desde la ventanilla de mi coche – mi casa – mi país.
Pues oigan; para ese viaje, no hacían falta alforjas –y este sí es un refrán de verdad.
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Etiquetas: Curiosidades de una tesis, literatura
20 mayo, 2009
Parecidos

Nunca había caído en lo que se parecen.
Ese pliegue alrededor de la boca, esas patitas de gallo... ¡Y encima, los dos son estrellas de Hollywood! Sólo falta (o sobra) la gorrita de bohemio, y el parecido es total.
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Etiquetas: Arte
20 abril, 2009
Curiosidades de una tesis. El caso de Mordechai Luk.
Me ha impresionado esta historia por lo cerca que nos pilla en el tiempo (corría el año 1964), y porque, teniendo tintes de aventura de espías del más puro estilo Jamesbondiano, da una imagen mucho menos romántica, más prosaica y también más peligrosa, del susodicho oficio.
Se trata del caso de Mordechai Luk, judío israelí de origen norteafricano, que durante una de las maniobras en que participaba como soldado forzoso del estado de Israel, decidió fugarse y pedir asilo en Egipto. Allí, sospechoso de ser en realidad un espía israelí, fue encarcelado, interrogado y torturado, hasta que a cambio de su libertad aceptó trabajar para los servicios secretos egipcios. Así, el señor Luk, judío pero traidor a Israel, africano pero judío a los ojos de los egipcios, se convirtió en un espía para su majestad el rey de Egipto, consistiendo su misión en recabar datos sobre las eventuales operaciones israelíes en suelo europeo.
Hombre “elegante, vividor y mujeriego pese a tener mujer y cuatro hijos, y siempre portando gafas oscuras”, según le describen los periódicos de la época, en Italia debió de dedicarse a la dolce vita más que a trabajar, hasta el extremo de que su exiguo salario de 150 dólares mensuales no le alcanzaba para sus gastos –realidad muy desmitificadora, ciertamente, de esa figura romántica del espía sofisticado y cuasi millonario. Descontento porque sus jefes no le subían el sueldo, (y supongo que también descontentos sus jefes porque no daba un palo al agua), Luk llegó a amenazar al Secret Service con delatarles a los israelíes e informarles de sus actividades en Europa.
Decididamente, Luk se había convertido en un grano en el culo. Los mandos de la inteligencia egipcia, que por aquel entonces parece que no se andaban con chiquitas, decidieron cortar por lo sano: en mitad de Roma-la nuit, raptaron a Luk, lo drogaron y amordazaron, y lo metieron en una maleta que al día siguiente facturaron rumbo a El Cairo.
En el aeropuerto, los guardas de aduanas –se dice que alertados por judíos amigos de Luk, lo cual confirmaría el doble juego del supuesto agente egipcio-, sospecharon de ese gran baúl marcado con la inscripción “Valija diplomática”, al vislumbrar una serie de agujeros practicados en su superficie que bien podían actuar de orificios de respiración. Abrieron la maleta, y allí estaba el maltrecho espía semiinconsciente.
Envalentonado por el escándalo internacional que se extendió contra los métodos de los egipcios, Luk volvió a su patria creyendo, vaya usted a saber por qué, que sería recibido como un héroe o un mártir. Los israelíes le juzgaron por traición, y fue inmediatamente encarcelado.
Así acaba la historia del vividor que quiso jugar a ser James Bond. Pero lo más inquietante del asunto es que en declaraciones sobre el caso, fuentes relacionadas con los servicios secretos árabes afirmaron que la famosa “valija diplomática” ya había sido utilizada con anterioridad, por lo menos, en tres ocasiones.
Más inquietante todavía, por cierto, en la foto, la denuncia de Amnistía Internacional contra el tráfico de personas, hoy.
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Etiquetas: Curiosidades de una tesis
25 marzo, 2009
Curiosidades de una tesis. La cabeza de Goya
Goya murió en su exilio de Burdeos el 15 de abril de 1828. En 1880 se trasladó su cadáver a Madrid, al cementerio de San Isidro. Cuando ocho años después nuevamente se le quiso cambiar de sitio para darle una sepultura más honorífica, su cadáver apareció descabezado. En algún momento, durante esos vaivenes de exhumaciones y traslados, su cabeza había desaparecido. Con la rapidez de gestación que caracteriza a los bulos y los mitos, enseguida surgió la leyenda: antes de morir el pintor había expresado su deseo de que su cabeza “descansara junto al pie de la Duquesa de Alba”. De esta forma, la desaparición no era más que la consumación de su último deseo en vida, y si hoy abriésemos la tumba de Cayetana, probablemente encontraríamos la cabeza del pintor junto a sus pies.
Brrrr… Se me pone la piel de gallina de pensar en esa cabeza viajando solita por el mundo, en busca del cadáver de la amada.
Pero todo este tema de la decapitación de Goya me hace pensar en ese otro momento en que el pobrecito pintor de Fuendetodos se vio brutalmente descabezado: cuando su obra fue manipulada, reinterpretada, vuelta del revés y, sobre todo, políticamente neutralizada, por el Régimen franquista.
Allá por los rancios cuarentas y cincuentas, los ideólogos culturales del Régimen se encontraban en un atolladero. Franco, necesitado de divisas extranjeras que le sacaran de la crisis económica, quería regenerar su imagen de cara a la comunidad internacional. Una modernización cultural sin precedentes sería la mejor presentación en sociedad. De repente, era necesario insuflar aires nuevos a un panorama artístico que llevaba décadas monopolizado por el academicismo más anquilosado. Goya traería la solución al problema: sólo había que olvidarse de todos los Zurbaranes y Velázquez que habían simbolizado la recuperación de nuestra gloriosa historia imperial, y buscar referentes más modernos. Así pues, Goya empezó a estar en boca de todos los jerifaltes de las instituciones culturales franquistas, que invocaban en cada discurso el nombre del “Padre de la Modernidad” y lo relacionaban automáticamente con Picasso, Tàpies, Saura, o cualquier otro artista moderno. De este modo, unían todo el arte de vanguardia con la tradición más española, y legitimaban cualquier conato de vanguardismo que, por la vía de lo propio y de la tradición, quedaba debidamente neutralizado y listo para ser apropiado por el discurso franquista.
Pobre Goya. El autor de los Desastres de la guerra, desprovisto de todo contenido político; brutalmente descabezado. Y pobrecitos nosotros, que nos tragamos el anzuelo, y aún hoy seguimos empeñados en ver señas de españolismo y de tradición en todos nuestros artistas modernos.
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13 marzo, 2009
Los mejores pintores de la historia
Siempre he pensado que nuestras obras las tienen que juzgar los demás. Cuando en el cole se hacía la típica dinámica de grupo en la que tenías que escribir en un papel cómo te definías como persona, para que los demás adivinasen quién era la persona descrita en cada papel, me atacaba un extremo pudor que no me dejaba encontrar ninguna cualidad, ni buena ni mala, que decir sobre mí. En cuanto a las descripciones que los demás escribían en sus papeles, la verdad es que nunca solían cuadrar con la idea que de ellos tenían sus compañeros, lo cual demuestra que no somos nosotros, sino los demás, los que tienen que juzgarnos.
Algo parecido ocurre con los artistas. Algunos dan valoraciones de su propia obra y se juzgan a sí mismos, por cierto, con mucha manga ancha. Bueno, pues esos juicios, por lo general, se alejan bastante de la fortuna crítica que han tenido posteriormente. Algunos llegan a declararse, sin más rodeos, “los mejores artistas de la historia”, pero esa misma historia no tarda en ponerlos en su sitio. Así, a bote pronto, se me ocurren tres ejemplos:
1. Rousseau, “el aduanero”. Este hombre, autodidacta total que empezó a pintar ya bastante mayor, se consideraba un genio. Sus contemporáneos, que se daban cuenta de que no pintaba con ese estilo naif porque fuera así de moderno sino porque no sabía hacerlo mejor, le encontraban gracia al asunto, y Picasso llegó a invitar a toda la plana mayor de la bohemia parisina a un gran banquete en honor de “Henri Rousseau, el mejor de todos nosotros”. Al parecer, el pobre hombre, que en su locura se creía realmente el mejor pintor de la historia, no pilló el chiste.
2. Luego está el caso de Giorgio de Chirico. Para el inventor de la pintura metafísica, los locos eran quienes no se dieran cuenta de que él, y sólo él, era el mejor. Los demás artistas de vanguardia no eran más que “pseudopintores envidiosos”, y sus obras, “costras modernas”. Y quien le llevara la contraria, no sólo estaba loco, sino que era algo mucho peor: “un intelectual”. Todo ese odio se lo provocaría probablemente el insoportable de Breton, por haber puesto de moda sus cuadros metafísicos de juventud en un momento en que a él, viejo, cansado y aburrido, se le habían acabado las visiones metafísico-surrealistas y ya no le salía pintar así.
3. En cuanto a Dalí, su estrategia fue la de hacerse el loco, para que así todos creyésemos que era un genio. Yo no sé si él realmente se creía el mejor pintor de la historia, y también dudo que estuviera loco de verdad. Pero el hecho es que la cosa le salió bien. Aunque poco le duró, porque al final de su vida todo el mundo se había dado cuenta ya de que ese señor grotesco de los bigotes imposibles era un fantoche y de que, además, no era nadie sin Gala. 
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26 febrero, 2009
Curiosidades de una tesis. Heligoland.
Heligoland es una isla del mar báltico que en la actualidad pertenece a Alemania, aunque a lo largo de la historia ha pasado también por las manos de Dinamarca e Inglaterra, y en un futuro no muy lejano dejará de pertenecer a nadie, porque el mar al parecer se la está tragando a marchas forzadas.
Durante la II Guerra Mundial los nazis la utilizaron como base naval, y aquello se convirtió en un cementerio cuando en el 45 los aliados decidieron quitarse ese pequeño grano en el culo a base de bombazos. Desde entonces, la isla pasó a pertenecer al Imperio Británico, que la utilizó como base científica y militar. En abril de 1947, con la excusa de demoler las instalaciones militares nazis y desactivar las bombas que todavía pudieran quedar en activo, los ingleses organizaron una gigantesca explosión que aún hoy se recuerda como el British Bang.
La finalidad de aquel genial zambombazo que entró en el Libro Guinness de los Records como “la mayor explosión no nuclear de la historia”, era al parecer puramente científica: estudiar los efectos sísmicos derivados de la explosión desde las estaciones sismológicas del Norte de Europa. Sin embargo, los habitantes de la isla, que habían sido previamente evacuados, estaban convencidos de que lo que los británicos querían era borrar su isla de la faz de la tierra, y de paso quedarse con los tesoros que, se decía, escondía en sus profundidades. De hecho, algunos estudiosos habían situado en Heligoland nada menos que la legendaria Atlántida de la mitología griega. Para estar seguros de que no les robaban lo que era suyo, unos cuantos pescadores, desoyendo la prohibición de acercarse a la isla hasta que hubiera pasado el peligro, acudieron a las pocas horas del Bang en busca del tesoro.
No se sabe si lo encontraron, ni si murieron descalabrados por algún cascote, pero la leyenda de la isla Heligoland continúa. Y los arqueólogos de todo el mundo siguen buscando la Atlántida. De hecho, periódicamente celebran los “Congresos Internacionales Sobre la Atlántida”, de los que han salido los llamados “24 criterios para la localización de la Atlántida”. Pero estos criterios de búsqueda no hablan de tesoros, sino que dan informaciones mucho más precisas, como “los elefantes estaban presentes en la Atlántida”, “las rocas en la Atlántida eran de varios colores: negro, blanco, y rojo”, o el nada desdeñable dato de que “cada 5º y 6º año, sacrificaban toros”.
Que Indiana Jones nos asista. Ya, ni los mitos son lo que eran.
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23 febrero, 2009
De viajes y suecas en bikini.
Dicen que el viaje en realidad no existe. Que, vayamos adonde vayamos, nos quedamos en casa, porque siempre transportamos una pesada carga en nuestro equipaje: nuestro imaginario. Nuestros recuerdos sobre un sitio o los que otros nos han contado, las fotos de los catálogos y las guías de viaje, la literatura y el cine de tal o cual país… Quizás creamos que vamos a visitar un lugar nuevo, pero en realidad sabemos muy bien lo que nos vamos a encontrar; o al menos será eso lo que veamos. Nos vamos pero nos quedamos, porque con nosotros viaja nuestro imaginario.
Por eso se dice que no hay viajes de ida y vuelta, sino sólo de ida: exportamos con nosotros un imaginario pero nunca nos traemos otro distinto de vuelta. En el fondo, es como si no nos hubiéramos ido.
Esto, aplicado al mito del Spain is different, sol y playa, fiesta y siesta de los setenta, es la novela de Daniel Sueiro, Solo de moto. Editada por un loco de la velocidad que decidió hacer una colección de novelas sobre motos, Gas Editorial, e ilustrada por el dibujante de la movida Víctor Aparicio, Solo de Moto nos cuenta el viaje de un mecánico madrileño que un sábado de agosto al salir del curro decide coger su Ducati y bajar zumbando a Torremolinos. Está harto de la ciudad y va a ponerse las botas con las suecas en bikini, va a correrse la juerga padre y a ser el moreno ardiente que le han dicho que es. Por fin, tras kilómetros y kilómetros de sudar, maldecir y tragar polvo en la N-IV, nuestro macho-man llega a la meta. Pero ya es domingo. Está atardeciendo, y tiene que volverse pitando a Madrid para fichar en el curro, puntual, el lunes. Así que maldice de nuevo, y se promete que la próxima vez.
Se va sin haber visto ni una sueca. Pero no duda que están ahí.
Los viajes, como decía, son sólo de ida, y en realidad es como si nos hubiéramos quedado en casa.
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Etiquetas: literatura
18 diciembre, 2008
Il Divo.
En la facultad me inculcaron un prejuicio que no he podido quitarme de encima: que los planos secuencia molan. Sé que es mentira, que el virtuosismo no debería confundirse con la calidad, pero aun así pico y dejo que se me caiga la baba cuando directores como Paolo Sorrentino planifican secuencias complicadísimas en cintas como Il Divo. Montar una cámara en una grúa y conseguir que se mueva como una bailarina por un decorado lleno de actores cuyos diálogos, miradas y movimientos forman parte de una coreografía sutilísima es, cuanto menos, admirable. Y lo mismo pasa cuando consigues que dos actores suelten sendos monólogos, uno detrás del otro, sin que nadie grite corten. Aunque sólo sea por la de veces que tienen que haberlo ensayado. En este sentido, Il Divo ha satisfecho de sobra mi cinefilia tontorrona, esa parte de mí que disfruta quedándose con la boca abierta delante de la pantalla. Para saber cómo ha complacido al intelectual sensible y refinado que también llevo dentro, entonces hay que ir a Sindrogámico.
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Etiquetas: cine
16 diciembre, 2008
Arte en Murcia (y II). La Dama de Murcia.
Manolo Valdés es un escultor que gusta a todo el mundo. Sus cabezas monumentales dan vueltas por las ciudades más turísticas y complacen a públicos poco exigentes, propensos al paseo dominical y a la foto compulsiva. Por eso sorprende que la única escultura suya que hay en Murcia sea casi unánimemente despreciada. Si buscas "La Dama de Murcia" en Google sólo te salen cosas feas. Y, ciertamente, la pobre señora es poco agraciada. Para empezar tiene un nombre pretencioso, "La Dama de Murcia", porque fuerza el paralelismo con otra dama, la de Elche, mucho más tocada por el prestigio popular. La pieza original de Manolo Valdés se llama Lydia, pero alguien debió de pensar que era indigno para los murcianos que en pleno centro hubiese una escultura de nombre tan corriente; una pieza que, encima, tiene copias por ahí. Y le pusieron el rimbombante título de Dama de Murcia. Desde el punto de vista estético, la cabeza es también una de las menos llamativas que ha hecho Valdés, no tiene sombrero ni aparatosos remates. Hasta aquí, pasable. Pero lo más obsceno de esta escultura es que está situada sobre una placa que pone: "A la ciudad de Murcia. Regalo de Polaris World". Como idealista que soy, no me gusta que el arte sea moneda de cambio para comprar ciudades.
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11 diciembre, 2008
Arte en Murcia (I). El Espejo Islámico de Anish Kapoor.
Anish Kapoor es uno de los mejores escultores del mundo. Suya es la lenteja brillante del Millenium Park de Chicago. Suyo será el memorial que los británicos levanten en Nueva York para recordar a sus muertos del 11-S. Y suyo es el Islamic Mirror que se puede ver en Murcia este invierno: un espejo redondo, hecho de espejos pequeñitos, donde lo mismo te ves grande que te ves chiquitín. Cuando yo fui a verlo al Convento de Santa Clara, me acordé de una película de ciencia ficción de los años 50, El increíble hombre menguante, cuyo monólogo final está entre mis favoritos de todos los tiempos. Podría intentar explicar en qué consiste Islamic Mirror, pero como estoy un poco vago prefiero copiar el monólogo de El increíble hombre menguante. Las últimas palabras de un hombre condenado a ser microscópico explican la escultura murciana de Anish Kapoor mejor que las de cualquier crítico erudito. Para comprobarlo, sólo hay que pinchar en "leer más".
"Seguía menguando, y me iba a convertir... ¿en qué? ¿Lo infinitesimal? ¿Qué era yo? ¿Todavía un ser humano? ¿O era el hombre del futuro? Si hubiese otro escape de radiación, otras nubes cruzando océanos y continentes, ¿habría otros seres que me siguiesen a este nuevo y vasto nuevo mundo? Tan cerca: lo infinitesimal y lo infinito. De pronto supe que en realidad eran los dos extremos del mismo concepto. Lo increíblemente pequeño y lo increíblemente grande acaban encontrándose, como si se cerrase un círculo gigantesco. Miré hacia arriba, como si de alguna manera pudiese agarrarme al cielo. El universo, mundos innumerables, el tapiz plateado de Dios extendido sobre la noche. Y en ese momento, supe la respuesta al acertijo de lo infinito. Había pensado sólo en términos de la dimensión finita del propio hombre. Había subestimado a la naturaleza, creyendo que la existencia empieza y termina en una concepción humana, no universal. Y sentí cómo mi cuerpo encogía, se derretía, se convertía en nada. Mis miedos desaparecieron. Y en lugar de ello, sentí aceptación. Toda esta vasta majestad de la creación tenía que significar algo. Y yo también significaba algo. Sí, más pequeño que lo más pequeño, yo también significaba algo. Para Dios no hay cero. ¡Yo también existo!"
Artículos relacionados: toda la serie de La parte y el todo: I, II y III.
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09 diciembre, 2008
La autobiografía de Alice B. Toklas

I am a pretty good housekeeper and a pretty good gardener and a pretty good needlewoman and a pretty good secretary and a pretty good editor and a pretty good vet for dogs and Ihave to do them all at once and I found it difficult to add bein a pretty good author.
About six weeks ago Gertrude Stein said, it does not look to me as if you were going to write that autobiography. You know what I am going to do. I am going to write it for you. I am going to write it as simply as Defoe did the autobiography of Robinson Crusoe. And she has and this is it.
Así termina La autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein. Y no podía terminar de otra forma que con un más difícil todavía, este juego constante de autoría que propone la supuesta autobiografía de la compañera de la famosa escritora norteamericana y amiga de artistas y amante del arte Gertrude Stein, que realmente está escrita por ella misma y no por la supuestamente autiobiografiada y que sabes qué encima sólo habla de sí misma. Entonces es la autobiografía de Alice B. Toklas que en realidad no es otra cosa que la autobiografía de Gertrude Stein que en realidad lo que quiere es hablar de todos los artistas que conoció entre ellos Picasso y Matisse pero muchos más pero en realidad trata de hacer un repaso a su propia bibliografía y hablarnos de sus obsesiones como escritora por ejemplo las frases, y digo las frases no las palabras porque las frases son entes completos y vivos no las palabras. Y todo escrito así con un intento de crear un nuevo canon literario que en realidad consiste en repudiar todo canon; una deconstrucción de la literatura para luego reconstruirla diferente cada vez algo así como hace su propio amigo Picasso con el cubismo pero igual con las frases. Atreveos.
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Etiquetas: literatura
30 noviembre, 2008
USA. Camarero de la Ruta 66. (16)
La Ruta 66 era "la carretera de la playa" de América, la ruta de los domingueros. Igual que nosotros cogemos el coche y nos hacemos cuatrocientos kilómetros para meter la puntita del pie en el mar, los americanos se lo cogían para hacerse diez veces más. Cuatro mil kilómetros, desde Chicago hasta Los Ángeles. Por el camino paraban a comer hamburguesas, hacían noche en moteles y, sobre todo, escuchaban música por la radio. Quizás por eso, por lo de la música, la carretera no tiene el componente hortera que cabría imaginar, no huele a crema de playa ni a tortilla de patatas. La cultura popular del rock & roll la ha preservado del mal gusto y ha hecho de ella todo un monumento a lo cool. Hoy en día la Ruta 66 ya no existe como tal, es sólo un puñado de atajos entre autopistas, pero todavía puedes darte el gustazo de conducirla. Y en la carretera te encuentras con personajes como este camarero de Nuevo México, que parece sacado de una canción de Buddy Holly.
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29 noviembre, 2008
USA. Badlands. (8)
Este señor es un marciano. Y yo, cuando hice la foto, era otro. Un vaquero y un español se encuentran en mitad del desierto, ja, ja, casi parece un chiste. El desierto en cuestión también podría ser Marte, pero todo el mundo lo conoce como Badlands, Malas Tierras. Menudo nombre. Las Malas Tierras son un puñado de montañas gastadas y abiertas en canal, extraterrestres, por las que desciende una carretera circular que no va a ninguna parte. Entras y sales por el mismo sitio, no hay dónde parar. Si te saltas el sentido común y paras el coche, te puedes encontrar con un vaquero de verdad. O con un español de verdad. Encuentro de marcianos, como en el chiste, ja, ja. Antes de despedirnos, el vaquero me miró como si nunca fuese a ver a otro como yo me dijo la mejor frase que escuché en Estados Unidos: "Tell them folks in Spain I said hello!"
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