Se me han ocurrido cuatro motivos para ir a ver
UNO: Porque está llena de guiños frikis.
Desde el cine de James Cameron hasta las horteradas jedi de Kevin Smith, toda la película está plagada de referencias al género de acción y al público que lo devora. Incluida, por supuesto, la propia saga de McClane. Para que luego digan que no se puede ser pedante con las películas de tiros.
DOS: Porque John Mclaine es más primitivo que nunca.
En plena era de Internet, McClane confiesa que lo suyo no son los ordenadores. Ni falta que hace. El héroe se vuelve troglodita, básico y muy, muy contundente. Probablemente no sepa cómo se escribe un blog, pero sabe cómo hacer que un terrorista se cague en los pantalones con sólo cuatro palabras: “te-voy-a-matar”.
TRES: Porque hay tiros, tiros, y tiros.
Y patadas de kung-fu. Y tías que dan hostias a los tíos. Y misiles. Y tuberías de gas que explotan. Y coches que salen volando. Y camiones que salen volando. Y helicópteros que salen volando. Y autopistas que salen volando.
CUATRO: Porque la trama deja en ridículo a la administración Bush.
¿Alguien sabía que Estados Unidos es un país indefenso a merced de adolescentes pajilleros? En esta película el presidente no es negro, ni mujer, ni piloto. En esta película el presidente es George Bush con el culo al aire después del 11-M. ¿Motivos? Es idiota, y su equipo también.
17 septiembre, 2007
4 motivos para ver La Jungla 4.0
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14 septiembre, 2007
El guardián entre el centeno III: Wanted
Lo que más se le reprochó a Salinger en EEUU fue el crudo retrato que hace del mundo de los adolescentes, sin obviar cuestiones como el sexo, las drogas o la violencia. No obstante, y aunque es fácil escandalizar a la pacata Norteamérica, no creo que fuera el mero hecho de que su protagonista se corra juergas o ande con prostitutas lo que les impulsó a censurar el libro. Lo que más debió de impresionar, lo que debió de asustar a los censores, es la amoralidad que en este libro se respira en todo momento. Holden -si bien posee una alta noción del bien y del mal, pues le admiran cualidades como la honestidad o el valor- nos habla continuamente de actos y comportamientos que nuestras convenciones sociales considerarían automáticamente vergonzosos. Pero lo peor no es eso, sino que él lo hace sin el más leve atisbo de condena moral. Además, al ser él protagonista y a la vez narrador de la historia, su falta de moral no sólo está presente en los actos que se nos narran, sino que impregna el propio discurso de la novela. Esto hizo que Salinger fuera acusado de complicidad con todos esos delitos de su personaje, pues en ningún momento los condenaba explícitamente.
La exposición de fotografía de Larry Clark que vimos en el Helmut Newton Museum de Berlín (Wanted) me sugirió concomitancias inmediatas con El guardián entre el centeno y Salinger.
El tristemente célebre director de Kids fue también objeto de polémica: en su película no había más que chavales cosiéndose a balazos, compartiendo jeringuillas y teniendo sexo prematuro. Pero, de nuevo, no creo que fuera eso lo que más escandalizó, ya que tales temas, en el fondo, no son tan ajenos a la épica de Hollywood. Lo verdaderamente grave es que lo que Clark filmó y fotografió era real. Se trataba de una peli y todo estaba guionizado, vale, pero los actores que escogía eran niños de la calle cuyas vidas reales se parecían mucho a las que aparecen en la patalla. Que Clark fuera testigo de aquello sin detenerles se consideró delito de complicidad. De hecho, en la película se detecta una ausencia total de juicios morales; a él le interesaban esas imágenes por su fuerza estética y nada más, y jamás se planteó si aquello estaba bien o mal.
Ahí está el pecado de Clark, como el de Salinger: en ser cómplice. En mostrar empatía, en cierto modo. Y yo me pregunto: ¿no es mucho más hipócrita nutrirse de esos temas tan morbosos y escandalosos pero amparándose en un escudo de condena moral?
Es como, y perdonad la analogía pillada por los pelos, cuando en Sé lo que hicisteis critican la supuesta inmoralidad de los programas de corazón, sin los cuales, por otra parte, ellos no tendrían trabajo.
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13 septiembre, 2007
El guardián entre el centeno II: El gran Gatsby
Mi segunda asociación de ideas en torno a El Guardián entre el centeno no fue casual: uno de los libros favoritos de Holden Caulfield es precisamente El gran Gatsby.
El hecho de que este libro le gustase tanto a Holden debía de tener algún sentido; máxime cuando estamos hablando de una persona a la que, como adelantaba en el anterior post, “no le gusta nada”, cosa de la que no se salva tampoco la literatura: la mayoría de los libros que le hacen leer en el colegio le parecen bazofia, pero si encima se trata de novelas de temática amorosa o emotiva, entonces las considera directamente despreciables. Sin embargo, el texto de Fitzgerald incurre en este pecado, pues trata sobre avatares amorosos. ¿Qué sería, entonces, lo que lo convertía en una excepción a los ojos de Holden?
Decidí leerlo para averiguar más cosas sobre ese adolescente que ya me obsesionaba, y además porque El gran Gatsby era una asignatura pendiente para mí. Y descubrí que este millonario de la costa este y Holden tienen algo muy importante en común: son individualistas natos. Holden posee la sed de independencia propia de un adolescente, agravada con una dosis de agresividad hacia el prójimo que le es innata. Gatsby, además de padecer el individualismo escéptico propio de “los locos años 20”, es un self-made man que se propuso salir de la pobreza y enriquecerse a cualquier precio para conseguir merecerse el amor de una mujer de clase más alta que él (por cierto, que eso mismo le pasó al propio Fitzgerald, al parecer rechazado en un principio por su mujer, la popular Zelda Sayre).
Ambos personajes siguen indiferentes su camino por la vida, con un fin en mente: Gatsby, reencontrarse con su amada perdida. Holden, encontrar también una mujer que le ame y vivir con ella en una cabaña en el campo, donde tendrán hijos a los que esconderán, por si acaso, para que no se los estropee la sociedad.
Los sistemas que utilizan para conseguir dichos fines son, sin embargo, bien distintos: Gatsby da fiestas lujosas en las que se rodea de multitudes con la esperanza de atisbar entre ellas a su amor de juventud. A Holden, por su parte, se le ocurre la peregrina idea de fingir que es sordomudo para que la gente, cansada de tener que escribirle todo en papelitos y “por fin le deje en paz”.
La paradoja es que bajo sus caparazones individualistas lo que los dos desean es, precisamente, compartir su vida con otra persona. Parece que por mucho que uno finja ansiar la soledad, es imposible que ese deseo sea sincero. Ya lo decía Ortega, ¿no? “Yo soy yo y mis circunstancias”. Y vosotros, ¿qué opináis? ¿Existe el individualismo sincero?
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Etiquetas: literatura
10 septiembre, 2007
El guardián entre el centeno I: Repulsión
Holden Caulfield, narrador y protagonista de El guardián entre el centeno, es un misántropo.
Está convencido de que la humanidad es despreciable, desprecio que proyecta incluso sobre sí mismo. Él es un cobarde, su compañero del internado es un presumido arrogante, su hermano es un traidor por haber sustituido su profesión de escritor de cuentos infantiles por la más jugosa de guionista en Hollywood, su profesor es un pederasta alcohólico, su madre una histérica, su novia una niña pija.
"Holden," -le reprocha su hermana, única persona a la que respeta por mantener su inocencia infantil- "a tí no te gusta nada". En efecto, la misantropía lleva a este chaval de 18 años al hastío total, a una especie de spleen adolescente del que no podrá salir y que le acabará encerrando en el psiquiátrico desde el que nos cuenta su historia.
Cuando vi Repulsión, de Polanski, no pude dejar de pensar en Holden.
Su personaje es sustituido aquí por Carol Ledoux, manicura de profesión, hija huérfana de emigrantes noruegos, de carácter frágil y dependiente de su hermana, interpretada por cierto por una bellísima Catherine Deneuve. En el caso de Carol, su patológica misantropía se vierte sobre el sexo masculino, al que su educación puritana le ha enseñado a temer y al que la relación de su hermana con un desagradable hombre casado le inclina a odiar. Poco a poco su rechazo se va tornando auténtica repulsión física, lo cual también la lleva al hastío y a aislarse por completo del contacto humano. El trágico final, obvio.
Los relatos del camino hacia la locura de Carol Ledoux y de Holden Caulfield me resultan especialmente escalofriantes: Ambos tienen su punto de partida en la misantropía, altivo delito del que en última instancia todos, y corregidme si me equivoco, alguna vez habremos sido culpables. Brrr... qué siniestro...
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Etiquetas: cine, literatura
El guardián entre el centeno
El guardián entre el centeno es un libro excepcional.
Pero, ¿qué es lo que lo hace tan especial? Algo tiene que tener, cuando en USA causó tanta polémica que en su día llegó a estar prohibido, e incluso todavía hoy se da la paradoja de considerarse ilegal en algunos estados, y a la vez estar entre la lista de lecturas obligatorias de los institutos en otros. Algo de oscuro debe de haber en esta novela, efectivamente, cuando ha obsesionado a célebres delincuentes como Mark David Chapman, el hombre que tiroteó a John Lennon, o John Hinckley Jr., el que intentó asesinar a Ronald Reagan.
Sin embargo, aquello que hace este libro tan trastornador e inquietante va más allá de lo que en USA se le reprocha, es decir; el hecho de tratar temas escandalosos como las drogas, la prostitución o la violencia presentes en la vida de los adolescentes. Se trata, más bien, de una cuestión de fondo: es la fuerte misantropía que desprende, el agresivo individualismo del que hace apología, y la amoralidad sin complejos que demuestra el narrador aquello que suscita rechazo.
Concretamente a mí, estos elementos me impresionaron tanto que en todas las pelis, libros, exposiciones, etc. que han pasado por mi vida últimamente he creído detectar esos mismos sentimientos. De esas analogías en torno a El guardián entre el centeno voy a hablar en esta serie. Vosotros me diréis si están bien traídas, o si, por el contrario, están pilladas por los pelos, en cuyo caso podéis consideraros testigos de un nuevo ejemplo de obsesión maníaca provocada por el famoso libro de Salinger.
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Etiquetas: literatura
31 agosto, 2007
Girlshouse: Médem vs Tarantino.
¿En qué se parecen Julio Médem y Quentin Tarantino? A primera vista, en nada. Pero si uno se para a pensar un poco, descubre que en realidad no están tan lejos. Sobre todo porque, de un tiempo a esta parte, los dos se empeñan en rodar películas sobre mujeres. Primero vinieron Kill Bill y Lucía y el sexo, y ahora se estrenan Death Proof y Caótica Ana. Dos películas dirigidas por hombres que aspiran a trazar un retrato de la mujer de hoy. ¿Cuál de las dos está más cerca de lograrlo? Yo, como no soy mujer, no puedo llegar a una conclusión definitiva. Pero sí puedo hacer algunas observaciones que, con suerte, ayudarán a clarificar un poco el asunto.
Desde mi punto de vista, la clave está en la forma que cada uno tiene de mirar a la mujer. En Caótica Ana, la mirada de Médem es comprensiva, mientras que en Death proof Tarantino observa cómplice. Parecen matices insignificantes, pero no lo son. En el fondo, la comprensión está mucho más cerca de la compasión que la complicidad. La mujer que el director español retrata es una víctima del hombre, que la somete y que la hace dependiente. Como dice el personaje de Bebe, la caótica Ana pertenece al género de las “putas”, y su condena eterna será necesitar follarse al macho-Médem para sentirse completa. La mujer de Death proof, por el contrario, no está atada al hombre. Baila, se emborracha, conduce y tiene conversaciones interminables con sus colegas sin pensar en todos los tíos que podría cepillarse. En el mundo de Médem los dos géneros están enfrentados por naturalezas irreconciliables y la mujer lleva las de perder, mientras que en el de Tarantino no. De lo cual se desprende que Julito, por mucho que vaya de progre, tiene una visión totalmente condescendiente de las tías y acaba resultando un feminista de pacotilla, frente al buen rollo, la sana complicidad y -sobre todo- la falta de pretenciosidad del amigo Quentin. Bravo por Quentin.
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27 agosto, 2007
Trilogía de la venganza (y III). Sympathy for lady Vengeance
Sympathy for lady Vengeance, la tercera película de la trilogía de Park Chan-wook sobre la revancha, es difícil de asimilar. Uno tiene la sensación de que el director coreano no sabía muy bien cómo filmar su historia, que se ha perdido en pirotecnias de guión y de montaje y que en el camino se ha dejado ambigüedades morales de enorme atractivo. Pero claro, a lo mejor es que uno no se ha enterado de nada. Por eso, lo mejor es leerse de cabo a rabo la hoja de promoción, a ver si da alguna clave. ¿Qué quería usted contar con esta película, señor Chan-wook? “Quería que la venganza fuera un acto de redención, llevada a cabo por una persona que busca la salvación de su alma”. Ah, era eso. ¡Con razón tenía uno la sensación de que ya no era usted tan ambiguo! ¿Cómo iba a serlo, si desde el principio tomaba usted parte por su protagonista? Ya que estamos, otra pregunta. ¿Por qué su película no tiene un estilo definido? “El principal factor que decide mi próximo proyecto es la medida en que éste está relacionado con mi obra precedente”. Claro: como Sympathy for Mr. Vengeance era sobria y Oldboy era manierista, para no repetirse ha optado usted por quedarse a mitad de camino, ni chicha ni limoná, ¿no? Muy bien, gracias por sus respuestas. Ahora ya no cuesta comprender por qué su última película realmente es la peor de la trilogía: porque presta mucha más atención al fondo que a la forma. Menudo despiste, señor Chan-wook, menudo despiste. Dan ganas de vengarse de usted.
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24 agosto, 2007
Empatizando con la venganza


Ya que de venganzas va el tema, se me ha ocurrido comparar, pues las he visto ambas recientemente, a Sympathy... con La novia vestía de negro, de Tuffaut.
Dejando a un lado que, a mi parecer, la segunda deja mucho que desear, me ha llamado la atención el muy diferente tratamiento de un mismo tema que muestran las dos pelis: Chan-wook Park parece encontrar un lado humano y hasta comprensible en el sentimiento de la venganza, e incluso ya desde el título sugiere que tengamos empatía hacia aquellos que lo sufren. No es casualidad, quizá, que haya escogido como vengador a un chaval sordomudo e indefenso que lo primero que suscita es nuestra compasión, y que es vapuleado y timado continuamente. Truffaut, sin embargo, al elegir como vengadora a una novia-viuda desequilibrada y calculadora anula cualquier duda que el espectador pudiera tener sobre la censura o no de sus delitos -además de, por cierto, quedarse tan sólo con la imagen más superficial y típica de la femme-fatale-. Por si esto fuera poco, elabora una retorcida historia que acaba descubriéndonos que el crimen que la novia-viuda quiere vengar no fue fruto de la fechoría de unos delincuentes, sino una mera casualidad fatal.
Parece evidente: el sordomudo tiene más derecho a vengarse que la novia loca. Nuestros principios dicen, por supuesto, que no, que todos somos iguales ante la ley, y que tan delito es lo uno como lo otro. Pero, ¿acaso hay alguien que pueda afirmar que nunca ha empatizado con una venganza de oprimidos contra malvados? Bonito dilema moral nos has creado con tus recomendaciones cinematográficas, Rfa. ...
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22 agosto, 2007
Trilogía de la venganza (II). Oldboy
Filmar segundas partes conlleva siempre una pizca de venganza hacia la película que vino primero. Me imagino a Park Chan-wook, en 2002, tratando de decidir cómo continuar su trilogía revanchista. Por muy orgulloso que estuviera de Sympathy for Mr. Vengeance, seguro que le tocaban los cojones las buenas ideas que había tenido al hacerla. Sabría que todo el mundo esperaba de él ocurrencias igual de buenas, y eso es una responsabilidad tan grande que al final acaba por generar rencor. Por eso Oldboy, la secuela que acabó filmando, es una negación absoluta de Sympathy for Mr. Vengeance. O una venganza, si se prefiere. Allí donde Sympathy era sobria, Oldboy apostó por la exageración total: una historia delirante, un montaje espectacular y un guión lleno de alardes. Un giro de 180 grados que cuesta digerir, pero que se agradece. Ojalá todo el mundo tuviese esa valentía y ese deseo de innovar. Y, ya que estamos, ojalá todos los directores fuesen como éste, capaces de hacer películas tan diferentes y, al mismo tiempo, tan buenas. Eso sí: en caso de que alguien se lo pregunte, yo me quedo con Sympathy.
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14 agosto, 2007
Trilogía de la venganza (I). Sympathy for Mr. Vengeance
Tal y como yo lo veo, sólo hay tres motivos por los cuales está justificado que alguien filme una trilogía. El primero es que la historia no cabe dentro de una sola película; el segundo, que el protagonista da tanto juego que es imposible no resucitarle; y el tercero, que una misma idea se puede filmar de varias maneras distintas. Yo siento una debilidad enfermiza por cualquier trilogía, pero mis favoritas son las del tercer grupo: en el fondo, repetir con un mismo protagonista es falta de imaginación, y ser incapaz de contar una historia en dos horas es falta de mesura. Las trilogías más interesantes son, por tanto, las que un director ha grabado sólo para experimentar. Y un ejemplo perfecto es la que Chan-wook Park acaba de terminar sobre la venganza. El director coreano arrancó en 2002 con Sympathy for Mr. Vengeance, una película según la cual nadie gana nunca con la revancha. Era un planteamiento simple, obvio y casi tópico, pero precisamente en eso radicaba su interés. Lo que Chan-wook Park quería era jugar con los recursos y ensayar formas nuevas de contar lo de siempre. Y vaya si lo logró. Sympathy for Mr. Vengeance fue un sobrecogedor ejercicio de estilo meticulosamente planificado para que todo, absolutamente todo, respetase una condición básica: que el protagonista era sordomudo. Y no digo más: a partir de aquí, silencio.
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13 agosto, 2007
Clásicos recientes del cine español. Justino, un asesino de la tercera edad.
Muchos de los espectadores de Cámera café probablemente no sepan que Luis Guridi, el director de la serie, y Santiago Aguilar, uno de los guionistas, filmaron en 1995 un clásico reciente del cine español con el pseudónimo de La Cuadrilla. Aquella película se tituló Justino, un asesino de la tercera edad, y ganó el Goya a la mejor dirección novel. En su momento fue uno de mis estrenos favoritos, pero no la había vuelto a ver hasta el otro día. Y después de doce años, creo que todavía sigue siendo interesante. Los chicos de la Cuadrilla supieron filmar una historia de asesinatos cutres, que en la época se llevaban mucho, con el estilo y la gracia de un Berlanga negro, muy negro. Sin complejos ni afán de burla, Justino me gusta también porque es un homenaje a la España más cañí, esa España de viejos, bares y toros que tan poco triunfa entre el moderneo pseudo-intelectual. De hecho, Guridi y Aguilar la concibieron como arranque de una trilogía titulada Café, copa y puro que yo, por pereza, jamás completé. En parte, lo reconozco, porque las películas que vinieron después ya no traían la misma iluminación en blanco y negro de la primera, llena de efectismos y juegos de sombras. Con cuatro duros y una imaginativa utilización de los recursos fílmicos, La Cuadrilla dejó claro que se podía hacer cine joven sin estar a la última. Y oh, curiosa paradoja, al final ha resultado que con los años su Justino no sólo no ha envejecido, sino que sigue tan fresca como cuando se filmó.
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10 agosto, 2007
Grindhouse II. Death Proof.
La última película de Quentin Tarantino es ideal para retomar uno de los grandes dilemas de todo cinéfilo razonable: ¿qué es el cine de autor? ¿Es Death Proof una película de autor? Probablemente opinarán que no, que ni de coña, todos los que piensen que el cine de autor ha de ser, por definición, denso, exclusivo y dolorosamente personal. Pero... ¿acaso no basta con que la película refleje un universo genuino, muy fácil de reconocer, para considerarla cine de autor? Yo opino que sí. Y precisamente por eso, pienso que la mejor manera de describir Death Proof es diciendo que sólo Tarantino habría sido capaz de hacerla. Los ingredientes de la cinta son los mismos de siempre: conversaciones intrascendentes dentro de un coche, repetición de elementos que ya aparecían en pelis anteriores, violencia exagerada, importancia de la música y referencias constantes a la cinefilia friki. Afortunadamente, todo ello está cocinado con tanta inteligencia y tan buen gusto que mola mucho verlo. Pero al final es inevitable seguir con el debate y hacerse una última pregunta: ¿qué diferencia hay entre el cine de autor y el cine de los directores que sólo saben repetirse una y otra vez?
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08 agosto, 2007
Grindhouse I. Planet Terror.
El gamberrismo es un misterio porque fascina y repugna al mismo tiempo. ¿Quién no se ha sentido sublime alguna noche, gritando en mitad de la calle para despertar a los vecinos? Y, al mismo tiempo... ¿quién no ha estado a punto de mear por la ventana para callar al borracho cantarín de turno? Esa curiosa paradoja se hace patente en el cine de Robert Rodríguez. Las películas que filma este tío son gamberradas tan zafias que deberían hacernos echar espuma por la boca, pero al final uno siempre termina perdonándole. Planet Terror, por ejemplo, es una gilipollez del calibre de la metralleta que la coja del cartel utiliza como pierna. Y, precisamente por eso, dispara tan fuerte que deja pasmado. Con un arranque demoledor y un final de vergüenza ajena, la primera parte de Grindhouse divierte y escandaliza a partes iguales. Yo, como ya estoy entrado en años, me quedo con la condena adulta y responsable. Pero reconozco que todavía hay un gamberro descerebrado en mi interior, y que el cabroncete se lo pasó teta viendo Planet Terror.
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09 julio, 2007
IVAM. La velocidad y la pedantería.
Ya he comentado alguna vez cuánto me divierte la intelectualidad como fachada del vacío. Sobre todo, me fascina el poder del lenguaje pedante para enmascarar la nada y dejar al personal con cara de idiota. El otro día, en Valencia, tuve la oportunidad de volver a disfrutarlo. En el IVAM han montado una exposición que se titula Speed y que funciona como un cajón de sastre donde han metido a un montón de artistas bastante molones. Lo mejor, sin embargo, es el texto de introducción. Me parece tan perfecto en su pretenciosa vacuidad que me he tomado la molestia de copiarlo. Este tipo de joyas de la pedantería no deberían perderse. Recomiendo a todo el que sienta curiosidad que pinche en “leer más” y le eche un ojo. Y que nadie se dé por vencido con las primeras frases, que lo mejor viene al final. Juro que no me he inventado ni una coma.
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01 julio, 2007
Paisajes habitados. Cabo de Gata.
Hay dos tipos de fotógrafos: los que se saben la distancia focal de su objetivo y los que no. O, para que nos entendamos mejor: los que valoran el componente técnico de una fotografía y los que sólo prestan atención al resultado. Yo soy de los segundos. Por mucho que me esfuerce en memorizar el modelo de mi cámara, al final siempre termino olvidándolo. Mis nociones de fotografía apenas van más allá de la diferencia entre el diafragma y la obturación. Pero ojo, que no estoy presumiendo, sino todo lo contrario. Preferiría ser un experto, porque cuando conoces tu máquina estás en situación de sacarle mucho más partido. Por eso valoro mucho fotografías como ésta, donde el mérito es más técnico que artístico. Para obtener este equilibrio entre el cielo en contraluz y el primer termino iluminado por el flash tuve calentarme los sesos con cálculos que van contra mi propia naturaleza intuitiva. Pero mereció la pena, porque el resultado me parece bastante impresionante y estoy muy orgulloso.
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30 junio, 2007
Paisajes habitados. Orgullo gay.
Una de las más divertidas travesuras de Paisajes habitados ha sido incluir una fotografía del desfile del Orgullo Gay en la sección de fiestas populares. Desde nuestro punto de vista, la distancia entre las procesiones de Semana Santa y la gran juerga de este desfile no es tanta como podría parecer. Al fin y al cabo, las dos son manifestaciones populares donde la pasión y el entusiasmo pueden volvernos grotescos. La foto la hice en mitad de
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29 junio, 2007
Paisajes habitados. Curtidurías.
La medina de Fez –o sea, la parte antigua– es un laberinto de callejuelas y puertas traseras que abruma por su tamaño y sus tentaciones. Vas paseando tan tranquilo y de pronto alguien te llama para ofrecerte el oro y el moro. “Ven, que te voy a enseñar lo que es bueno”, te dicen con cara de genios de la lámpara de Aladino. Y tú, como has venido en plan Indiana Jones, les haces caso. Cuando nosotros estuvimos allí nos dejamos embaucar por un tipo que nos aseguró saber dónde estaban las auténticas curtidurías. Pagamos dos duros a dos guardianes que vivían en la misma habitación, durmiendo en colchones viejos y mirando pósters de Zidane, y llegamos al lugar de la imagen. Un sitio donde hombres embotados arrancaban lana de la piel muerta de las ovejas. Donde olía a sudor y a caca de paloma. Y donde los pellejos colgaban, como mil y un fantasmas, para que yo les hiciese fotos como ésta.
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26 junio, 2007
Paisajes habitados. Estambul.
Cuando estuvimos en Estambul nos aventuramos por los barrios más pobres de la ciudad. Las guías decían que allí encontraríamos auténticos sefardíes que todavía hablasen el castellano antiguo, y la posibilidad de escuchar a nuestros antepasados nos entusiasmó. Pero, por desgracia, no pudimos dar con ellos. En lugar de eso nos encontramos a estos críos que nadaban en una fuente. A ninguno le importaba que el agua fuese de color verde y que apenas cubriese un par de palmos. Les bastaba con esos dos miserables palmos para quedarse en pelotas y echarse unas risas. Estaban tan a gusto que cuando les hice la foto, yo también me contagié de su buen humor. Y lo mismo unos viejecillos que tomaban el sol mientras nos miraban. Durante un rato todos fuimos cómplices de la misma gamberrada, solidarizados ante el calor sofocante que compartíamos. En la foto no sale casi nada de esta historia, pero que nadie se preocupe que yo lo cuento. Y con un poco de suerte, conseguiré que los que lean esto sientan también que han entrampado al verano.Si alguien quiere seguir descubriendo Estambul, todavía puede visitar la exposición de Paisajes habitados en Artépolis. Eso sí: sólo hasta el 2 de julio.
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Paisajes habitados. Berlín.
Hoy toca una foto de Berlín. La he escogido por dos motivos. En primer lugar, porque es una foto muy sencilla que, sin embargo, contiene toda la información necesaria para hacerse una idea de cómo es la ciudad: el muro y las hamacas. Y en segundo lugar, por un motivo mucho más importante: porque mi gran amigo Mikto Kuai se va a vivir allí mañana, y quería enviarle un mensaje a modo de despedida. Como Berlín es la ciudad más metafórica del mundo, fotos como ésta sirven para decir lo que uno quiera. Pero por si acaso alguien anda falto de imaginación y no me entiende, yo doy pistas: ¿qué pueden significar dos hamacas juntas en el mismo lado de un muro que divide el mundo? Seguro que lo adivinas, querido Mikto Kuai. Y espero que no se te olvide.
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23 junio, 2007
Paisajes habitados. Zona de recreo.
Siempre me han llamado la atención los desiertos. Cuando era niño mis padres me llevaron al poblado del oeste que hay en Almería, y recuerdo que el paisaje me sobrecogió. Durante todo el camino miré desde la ventanilla del coche las montañas secas, peladas, llenas de indios. Aquel viaje se me quedó muy grabado y durante años he querido repetirlo. Pero no para ver pistoleros, sino para conducir por carreteras rectas y buscar lugares donde hacer buenas fotos. Fotos como ésta, donde apareciese el desierto que había llevado en mi cabeza desde crío. Un lugar en el que la vida se ha acabado y ya sólo quedan restos abandonados. Supongo que en el sitio donde la hice habría alguna vez una zona de recreo con un zoo y un picadero. Lo dicen los carteles que alguien clavó en el árbol. Pero cuando nosotros llegamos, todo estaba muerto y olvidado.
Hay otras fotos de Almería en Paisajes habitados. Tan siniestras y tan desérticas como ésta. Pero sólo quedan diez días, hasta el 2 de julio, antes de que las descolguemos de Artépolis.
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22 junio, 2007
Paisajes habitados. Nuestra Señora de la Soledad.
Cuando Alis y yo preparábamos Paisajes habitados discutimos mucho sobre el concepto de la exposición. En realidad, la mayoría de estas fotos no están hechas a partir de una idea previa, sino que son fruto de las circunstancias. Y claro, juntarlas bajo un concepto que nos hubiésemos sacado de la manga nos parecía pretencioso y falso. Al final, como ya he contado, nos quedamos con el comodín de “Paisajes habitados”, que vale un poco para todo. Pero aquellas conversaciones nos obligaron a mirar las fotos con una perspectiva global, a ver qué tenían en común. Y después de un profundo ejercicio de autoanálisis, lo más cercano a un punto de vista consciente que me atrevo a reconocer es mi debilidad por lo siniestro. Una debilidad que queda perfectamente ilustrada con esta foto. Me interesa el componente más sombrío del folclore popular, y cuando voy a las procesiones trato de captarlo. Evidentemente, esta señora no se paseó todo el rato con cara de “me gustaría matarte”. Pero yo, como soy así de retorcido, hice la foto justo cuando la idea del homicidio brilló en su mirada. Y juro que si hubiera conseguido más imágenes así, esta serie se llamaría Paisajes para no dormir.
Para sugerir otros títulos hay que pasarse antes por Artépolis, ver la exposición completa y volver. Todo ello, de aquí al 2 de julio.
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21 junio, 2007
Paisajes habitados. Abdul y sus palomas.
Los retratos son siempre un arma de doble filo. Atrapar la personalidad de alguien con una imagen es, sin duda, una fascinante conquista para cualquier fotógrafo. Pero también es una condena para el modelo. Paradójicamente, una foto que aspira a captar la vida puede terminar disecándola. Ocurre, por ejemplo, con este retrato de Abdul. Abdul era un chico que conocimos en Fez. Estuvimos husmeando en su tienda de pañuelos y luego le pedimos que nos enseñase la azotea. Cuando subimos, nos encontramos una jaula llena de palomas. “¿De quién son estas palomas?”, le preguntamos. Y él, muy orgulloso, nos contestó que eran suyas. De hecho, me invitó a meterme dentro del palomar para poder admirarlas mejor. Y justo cuando los dos estábamos allí, en un espacio de dos metros y pico, rodeados por pajarracos que volaban a nuestro alrededor, se me ocurrió que aquel sería un magnífico retrato de Abdul. Y así fue. Esta foto es, probablemente, mi favorita de todo Paisajes habitados. Lo que más me gusta es que haya una paloma casi abstracta en primer término. Ese detalle introduce un elemento primitivo, el de la colombofilia, que a un turista sediento de pintoresquismo como yo se le aparece como la quintaesencia de lo marroquí. Pero en ese punto de vista es precisamente donde surge el problema. Por muy cómplice que sea la forma en que yo retrato a Abdul dentro de su palomar medieval, la realidad de este chico es completamente distinta. Sólo hay que pinchar aquí, en su blog, para comprobarlo. Si uno mira las fotos que ha colgado, verá que el mundo cotidiano de Abdul no tiene nada que ver con el de mi retrato. En lugar de criar palomas se dedica a montar en moto con sus colegas y a ensayar truquillos digitales. Mi reconstrucción del primitivismo marroquí es, por tanto, una impostura. ¿Qué puedo hacer con la foto, entonces?
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20 junio, 2007
Paisajes habitados. Monumento al holocausto.
Desconfío de las fotos movidas porque casi nunca sabes cómo te van a salir, y no me gusta abandonarme al azar. Pero eso no significa que sea idiota, claro: entiendo el poder expresivo del movimiento y recurro a él cuando creo que me puede ayudar. Me ocurrió, por ejemplo, en Berlín. Justo al lado de
Hay alguna otra foto de Berlín en Paisajes habitados. Pero que nadie se asuste, que ninguna está movida. Quien quiera puede comprobarlo en Artépolis hasta el 2 de julio.
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18 junio, 2007
Paisajes habitados. Montjüic.
¿Quienes son los mejores amigos de un fotógrafo? Los perros y los reflejos. Los perros, porque posan con naturalidad sin que tengas que darles explicaciones. Y los reflejos porque siempre ofrecen un punto de vista adicional. Cada vez que voy a hacer una foto miro a mi alrededor y pienso: “¿hay algún perro cerca? ¿algún reflejo?”. Y si tengo suerte, a lo mejor los tengo a los dos. Como me pasó en Barcelona cuando subí a Montjüic. Lo que podría haber sido una estampa típica del museo se convirtió, gracias estos dos grandes amigos, en una imagen extraña que transmite sensación de vacío.
Probablemente haya quien piense que todo esto es una exageración. Pero sólo tiene que echar un ojo a las fotos de Paisajes habitados que hay en Artépolis para comprobar que no, que los reflejos y los perros son aliados inestimables. Eso sí: tendrá que hacerlo hasta el 2 de julio. ¡A correr!
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Paisajes habitados. Jugador de ajedrez.
Con esta foto me ocurre justo lo contrario de lo que me pasaba con la última. Aquella me gustaba porque estaba hecha en Madrid y representaba a Madrid, y ésta me gusta porque, aunque también está hecha aquí, me hace pensar en otra ciudad. En Nueva York, concretamente. Hace treinta años. Eso de jugar al ajedrez en la calle me parece completamente neoyorquino, la verdad. Y lo mismo la chaqueta del chándal y el peinado afro, que me resultan muy seventies. Sólo falta una banda sonora de blacksplotation para completar el efecto. Pero tengo un problema: ¿se pueden usar criterios totalmente contrarios a la hora de valorar unas fotos? ¿Puedo decir “Diego” en lugar de “digo”? Ay, la integridad…
En Paisajes habitados hay más fotos sobre las que aplicar diferentes criterios de opinión. Quien vaya a Artépolis, que sepa que se encontrará al menos una al gusto del suyo. Pero ojo: sólo hasta el 2 de julio. Hay que darse prisa.
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16 junio, 2007
Paisajes habitados. Vendedor de barquillos.
Siempre he pensado que lo más difícil para un fotógrafo es hacer fotos de lo que le rodea. Parece una contradicción, pero las cosas que estamos acostumbrados a ver son las cosas que menos vemos en realidad. De ahí que sienta una especial predilección por las fotos que he hecho en Madrid. Como por ejemplo ésta. Recuerdo que la hice cuando Alis estaba viviendo en Berlín y que luego, cuando se la enseñé, ella me dijo que le parecía una imagen muy madrileña. A mí también me lo parece. Y no tanto porque el señor sea un vendedor de barquillos, sino más bien porque se está tomando un bocadillo, que es una cosa muy nuestra. Y porque las señoras del fondo, con sus faldas rectas y sus vestidos de flores, me inspiran familiaridad.
Por supuesto, en Paisajes habitados hemos colgado más fotos de Madrid. Quien sienta curiosidad, sólo tiene que acercarse a Artépolis antes del 2 de julio.
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15 junio, 2007
Paisajes habitados. Mequínez.
La primera vez que llegas a Marruecos te llaman la atención las carnicerías. Allí tienen una concepción diferente de la carne: en lugar de esconder las vísceras, las dejan a la vista para que la gente las compre. Y lo mismo ocurre con las cabezas. En general, las cámaras frigoríficas brillan por su ausencia y el género se conserva a temperatura ambiente. Por supuesto, es inevitable preguntarse cómo logran que no se pudra. Yo, la verdad, no lo tengo muy claro. Pero creo que los sacrificios rituales prescritos por el Islam están concebidos para sacar toda la sangre del animal, porque eso contribuye a que dure más. En cualquier caso, las carnicerías de ciudades como Fez o Mequínez siempre son un pintoresco espectáculo para los turistas occidentales. Miramos sus mostradores con una mezcla de fascinación y asco que ellos no deben de comprender muy bien. Y por eso, cuando les haces una foto, siempre te miran como si fueses un loco.
En Paisajes habitados hay varias imágenes de Marruecos. Para verlas, como siempre recuerdo, sólo hay que dar una vuelta por Artépolis. Hasta el 2 de julio.
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14 junio, 2007
Paisajes habitados. Estambul.
El concepto de Paisajes habitados me parece tan escurridizo que he decidido utilizar esta foto para explicarlo. La hice el verano pasado en una calle de Estambul, y me gusta porque retrata algo que en realidad no se ve, sólo se supone. Basta con mirar los vasos en el suelo y el reflejo de la mezquita para hacerse una idea de lo que ha pasado aquí: que alguien, posiblemente un musulmán, se ha tomado un té en mitad de la calle. Y si uno sigue pensando, sospechará también que eso de beber té en mitad de la calle debe de ser una práctica corriente, porque los vasos están colocados para que venga el camarero a recogerlos. ¿Conclusión? En el fondo, lo que realmente aparece en la foto es una forma concreta de vivir en la ciudad. O sea, de habitar un paisaje. En este caso, Estambul.
Para ver más fotos de Paisajes habitados, hay que ir a Artépolis antes del 2 de julio.
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13 junio, 2007
Paisajes habitados. Mohammed.
Una de las cosas que menos me gusta de las fotos que hago es que siempre responden a un mismo tipo de encuadre: si quiero que algo llame la atención, lo pongo en un lado y punto. Es una forma canónica de concebir la composición, y eso implica falta de inventiva. Las fotos pueden ser impactantes, pero son muy clásicas. Por desgracia, creo que me faltan la rapidez y la intuición necesarias para inventar encuadres nuevos. Y claro, tengo que conformarme con la ironía. Esta foto me divierte porque las líneas señalan exactamente hacia dónde se tiene que mirar, por si acaso se despista uno. Supongo que habrá gente a la que le parezca un chiste estúpido, pero yo, que soy un tipo con un sentido del humor rarito, le encuentro su gracia.
Por lo demás, la foto está hecha en Fez, en las curtidurías. Hay varias imágenes de Marruecos en Paisajes habitados, pero como tengo hasta el 2 de julio para explicarlas aquí, de momento basta con ésta. Si alguien no puede aguantar, je, je, le recomiendo que se de un paseo por Artépolis.
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12 junio, 2007
Paisajes habitados. Isla de los museos.
Los alemanes son gente cómoda. Sobre todo los berlineses: les encanta sacar hamacas a la calle y tirarse a descansar. Si te vas a dar un paseo por la ciudad, verás hamacas donde menos te lo esperes. Como, por ejemplo, entre las columnas de la Alte Nationalgalerie. La última vez que estuve allí me encontré con esta imagen: las columnas estriadas y las hamacas blancas. Me pareció que se podía crear un juego casi abstracto con las dos formas, y que el resultado provocaría una ligera sonrisa. Y creo que lo logré. A estas alturas he perdido la capacidad de discernir la inmediatez de la imagen, no sé si se reconocen los objetos o no, pero aun así creo que es bonita. Y si, encima, te paras a pensar que el sitio se llama "la isla de los museos", el juego de conceptos se completa todavía más. Es posible que las hamacas no peguen nada con los museos, pero sí con las islas, ¿no?
Dentro de Paisajes habitados, esta fotografía forma parte de una sección dedicada exclusivamente a los paisajes. Como he venido recordando, la exposición se puede visitar en Artépolis hasta el 2 de julio.
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