Esta fotografía estuvo a punto de costarme la vida. Sí, sí, va en serio. Es un milagro que no sean pedacitos de mí, de mi mano o mi pie o mi nariz griega, lo que hay en esa fuente que el señor maneja con tanta soltura. Y todo porque un día, mientras iba dando yo un paseo, se me ocurrió colarme en la cocina de un restaurante de lujo para sacar el retrato de un cocinero. ¿Pudo pasar?, le dije a la camarera. Claro, me dijo ella. Y cuando ya estaba dentro, click, sin escapatoria posible, click, escuché una voz que me gritaba desde el cogote: ¿qué cojones haces aquí? Ay, pensé, ya estoy muerto, ya me van a trocear, ya tienen un plato nuevo para añadir a la carta. Clac, clac, clac (castañeo de dientes). Me giré despacio y me encontré con que allí detrás estaban el jefe del restaurante, la jefa y sus respectivas miradas homicidas, afiladas como cuchillos de carnicero. Ay, lo siento, les dije, yo no quería, clac, clac, sólo soy un tonto español que hace fotos, por favor dejen que me marche, juro que no se lo contaré a nadie, me gustaría seguir viviendo, no quiero que me corten en trocitos. Creo que incluso me eché a llorar, no sé. El caso es que aquellos dos tipos y sus miradas de asesinos se ablandaron y me dejaron salir. Pero que sea la última vez, me dijeron. Uf, uf, qué alivio. Y aquí estoy, todavía entero.
Artículo relacionado: Ich bin ein Berliner. Cocinero (I).
30 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Cocinero (II)
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27 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Mecánico de bicicletas.
Se llama la regla de los tercios, y te la enseñan cuando empiezas a hacer fotos. Si trazas cuatro líneas imaginarias, dos y dos, y con ellas divides el cuadro en nueve tercios, tres, tres y tres, las intersecciones de esas líneas señalan los puntos de interés de la imagen. O sea, que si pones al sujeto en un lado, la foto queda mejor. Yo, que soy tan dogmático como falto de imaginación, apliqué la regla de los tercios durante años y tiré miles de fotos con el punto de interés ladeado. Pero con el tiempo me di cuenta de que muchos de mis fotógrafos favoritos no hacían ni caso,y me planteé romper con esa norma. Ahora practico el culto de la simetría a ultranza, coloco al individuo en el centro y busco el equilibrio de toda la vida, mitad y mitad. A veces sospecho que si sigo por este camino acabaré renunciando también al formato rectangular y lo sustituiré por el cuadrado, donde la balanza está menos forzada. Pero de momento todavía ando explorando las posibilidades del centro exagerado. Y, en casos como el de esta foto, creo que poder mostrar todas las herramientas del mecánico hace que merezca la pena.
Por cierto, siempre se me olvida recordar que todas las fotos de esta serie se pueden ver también aquí, en mi fotolog.
Artículos relacionados:
- Viajero (en PHE).
- García-Alix. Elogio del centro.
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24 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Chico en un banco.
Estos últimos días ando obsesionado con una fotógrafa llamada Diane Arbus. Diane Arbus (pronunciado "Dian", no "Dayan") ha pasado a la historia de la fotografía por sus retratos de frikis y gente triste. Uno de los múltiples jefes que tuvo cuenta que se la encontró en la calle un domingo soleado y le preguntó: "¿Qué haces en un día tan maravilloso?". "Tratando de encontrar a alguien infeliz", le contestó ella. Hay muchas cosas que me dan envidia de Diane Arbus, pero lo que más me impresiona es su entrega a la búsqueda de retratos, a pesar de que padecía una timidez enfermiza. Sus cuadernos de notas están llenos de nombres de gente que conocía por la calle. Veía a alguien interesante y se las apañaba para convencerlo de que posara para ella. En Central Park, uno de sus lugares favoritos, Diane iba de banco en banco y se tragaba la vergüenza con patatas para hacer click y volver a casa con un retrato, como quien vuelve con un trofeo. Mis fotos son mucho peores que las suyas, pero mi dilema es el mismo: soy un tímido al que le pirran las fotos de gente anónima. Y por eso, aunque me muero por meter la cabeza en un agujero, mi mayor reto es inventarme una sonrisa y convencer a extraños de que sean ellos mismos delante de la cámara. Como este tipo de Treptower Park, mi parque favorito de Berlín.
Para ver fotos de Diane Arbus en Central Park hay que pinchar en "leer más".
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23 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Conductor de tranvía.
Los recién llegados a Berlín se hacen siempre la misma pregunta: ¿en qué lado estoy? ¿Estoy en el Este o en el Oeste? La respuesta está chupada. Si hay un tranvía cerca estás en el Este, porque en el Oeste no existen. Los tranvías de Berlín son trenes de cristales oscuros, muy oscuros, y la leyenda dice que nunca hay revisores para controlar los billetes. Cuando llegan a la parada suena una campana que a mí siempre me recuerda a una canción de los Hidden Cameras, pero Alis dice que son sólo imaginaciones mías. Una vez, a mi amigo JA se le quedó enganchada la rueda de la bicicleta en el raíl del tranvía cuando el tren estaba a punto de llegar. JA levantó la mirada para calcular cuánto tiempo le quedaba de reacción, y lo que vio fue a la conductora del tranvía, amonestándole con el dedo como si fuese un niño pequeño, mientras se le acercaba a un kilómetro por hora. Me habría gustado colgar una foto de esa señora, pero tengo que conformarme con la su compañero.
Para escuchar la canción de Hidden Cameras hay que pinchar en "leer más". Como no hay vídeo original he colgado uno que he encontrado por ahí. Las notas del principio son las mismas que suenan en el tranvía, por mucho que Alis diga que no.
Artículo relacionado: Buenos Aires. Autobús.
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22 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Sombrerero.
Cuando Alis se fue a vivir a Alemania, su profesor le dijo: "en Berlín, si no llevas un sombrero la gente pensará que estás loca". La anécdota, que ya es lo suficientemente significativa, gana enjundia si piensas que ocurrió antes de que H&M pusiera de moda los gorros para modernos. ¿Por qué será que los españoles, aunque somos una raza con propensión a la alopecia, conservamos un reparo pudoroso a la hora de adornarnos la testa? Tenemos tan poca imaginación para el cubrimiento que hasta nos hemos desecho del tricornio, uno de los más originales hallazgos de este país. Pero los alemanes... ellos no. Ellos han hecho del sombrero un arte, una disciplina y un signo de distinción. Por eso existe una profesión tan respetada como la de sombrerero, señor que fabrica sombreros. El de la foto me gusta porque, además de llevar su propia creación, tiene una pintilla de rabino que va muy a tono con la historia de la ciudad.
Artículos relacionados:
- USA. Cañón del Colorado. (24)
- Tendencias (de verano). En Sindrogámico.
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21 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Cartero.
La bici de un cartero puede llegar a ser muy molona. Yo he visto gente guapa en Berlín, lo juro, que iba por la vida montada en una bici de cartero. La compras en un mercadillo, la pintas y eres el tío más original de toda la ciudad. La diferencia, ya se sabe, es un valor añadido. Una bici de cartero se reconoce porque no lleva barra en el centro, porque tiene una enorme cesta delante y, sobre todo, porque lleva ruedines. Para ser un buen cartero hay que ser capaz de bajar los ruedines cuando todavía estás en marcha, para que cuando la bici se detenga ya estés tú contando cartas. Parece fácil, pero exige destreza y elegancia para no acabar estampado contra una farola. Yo nunca he montado en la bici de un cartero, pero una vez entré en una oficina de correos con bici cargada de paquetes, así que supongo que he estado bastante cerca. Ah, otra cosa: en Berlín el cartero nunca llama dos veces porque tiene llaves de todos los edificios. Como los antiguos serenos, pero con ruedines. Este, el de la foto, me mola porque se parece a Jack Bauer.
Artículo relacionado: Hincha (en PHE).
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20 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Bañista.
Strasse, Weg, Allee, Damm, Chaussee... Todo son palabras alemanas para poner nombre a la calle, a ese espacio que te encuentras cuando no estás en tu casa, ni en la de tu amigo, ni en el bar ni en el supermercado. Cinco palabras distintas para una misma idea, calle: es evidente que esta gente se toma el asunto en serio. La calle, para un berlinés, es un espacio fundamental de desarrollo y socialización. Mucho más que para nosotros, por mucho que nos jactemos de ser un pueblo callejero. En Berlín son tan chulos que reservan enormes descampados para montar un Biergarten que sólo está abierto desde junio hasta septiembre. Cuando empieza el frío, en lugar de cerrar las terrazas colocan mantas en las sillas, para que la gente se quede fuera y pueda abrigarse. Y en verano, con el calor, todo el mundo al parque. Allí hacen barbacoas, toman el sol medio en pelotas y se bañan en las fuentes públicas, como este señor. Sin que nadie levante la ceja de asombro o diga Dios, este agua está verde, qué asco. Menuda lección.
Artículos relacionados:
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18 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Traje tradicional.
El otro día leí un artículo bastante curioso donde se explicaba que todo lo que llevamos puesto, desde la chaqueta hasta la corbata, se lo hemos copiado a los militares. Por muy jipis que seamos, algo de lo que vestimos se lo inventó un señor antes de salir por ahí a pegar tiros. El cárdigan, por ejemplo, toma su nombre de un aristócrata que peleó contra los rusos en la guerra de Crimea; y la corbata de unos mercenarios croatas, fíjate tú qué cosas. Dado que esta serie es sobre arquetipos y uniformes, a mí me habría encantado colar en esta serie a algún militar alemán. Pero en Berlín los soldados son raros, raros, y los pocos polis que te cruzas llevan tantas metralletas que ni se te ocurre preguntar qué tal. Habrá que conformarse entonces con este hamburgués cargado de medallas, fotografiado en una especie de desfile tradicional donde abundaban los sombreros tiroleses, las plumas y el ante verde. La foto es de las pocas que no está hecha en Berlín.
Artículos relacionados:
- Hincha (en PHE).
- USA. Soldados. (25)
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17 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Galeristas.
El arbol genealógico del arte es más sorprendente de lo que parece. Por ejemplo: puede que seas un artista urbano y que, inesperadamente, tu obra se exponga en galerías institucionales, al amparo de la subvención y de la palmadita estimulante del concejal de turno. O que pintes en el muro de Berlín protegido por los mismos poderosos que contrataron a Bon Jovi para que cantase en el 20 aniversario de la Reunificación. En contra de lo que presuponen los románticos, si tiras de la hebra del arte puede que no vayas saltando de genio en genio (como en la oca), sino que te encuentres muy pronto con el prosaísmo del ricachón, el político o el pedante. Y no seré yo quien lo censure, sino más bien quien lo señale con una foto. Siempre se dice que Berlín es el centro mundial del arte, que bla bla bla y que tracatrá, pero cuando vas a una feria como Art Forum, epicentro de ese centro, los que cuecen las habas no son artistas atormentados ni grafiteros con barba postiza, sino individuos tan elegantes como estos. El día que le enseñé la foto a mi amigo Walter, me dijo: "jejeje, lo único que puedo decir es que yo también tengo botines".
Artículo relacionado: Pintor del muro (en PHE)
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15 noviembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Músico callejero.
No hagas caso del título, estos no son los pies de un músico callejero. Son los pies de Pelé. Hace un millón de años, cuando a Annie Leibovitz le pidieron que retratase al futbolista brasileño, sólo sacó sus pies desnudos. Y todo este millón de años me lo he pasado queriendo copiar la idea... hasta que llego a Berlín y descubro que es un sitio lleno de gente guapa que va por la calle descalza. Es la mía, pienso. Persigo a un descalzo por dos kilómetros de aceras salpicadas de caca, le detengo y le digo: ahora tú serás Pelé. Y después le dejo que se vaya (sin zapatos) a tocar la guitarra en algún parque.
He buscado la foto de Annie Leibovitz, pero no la he encontrado.
Artículos relacionados:
- La parte o el todo. I, II y III.
- Aire amarillo (y II). Los Coppola por Leibovitz.
- Payasos (II). Meryl Streep por Anne Leibovitz.
- La (cruda) intimidad de Annie Leibovitz. (En Sindrogámico)
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