19 mayo, 2011

On the air (IX). Calder, Antonio de Felipe y mi secreto conservadurismo.

Me gusta curiosear en las fotos de las casas de la gente porque las sorpresas que encuentro siempre me dan qué pensar. En la contraportada de EL PAÍS del 8 de mayo, por ejemplo, descubrí que Paolo Vasile tiene un libro de Antonio de Felipe en su despacho. Y cuatro meses antes, en el ¡Hola! del 12 de enero, observé que Elena Benarroch tiene un Calder en su salón. El amigo de Berlusconi y la amiga de Felipe González, cada uno con su gusto artístico a la vista del mundo entero. ¿Cómo resistirse a tomar partido? ¿Quién tiene mejor gusto, el responsable de la telebasura en España o la peletera más progre de la prensa rosa? A bote pronto yo me quedo con Benarroch. O sea, con Calder frente a Antonio de Felipe. Pero si lo piensas un poco, las filosofías estéticas de uno y de otro no están tan lejos como cabría suponer. Los dos operan una suerte de infantilización del arte, el primero evocando los móviles que se ponen encima de las cunas y el segundo con cuadros de Bart Simpson. Y además, los dos son súper decorativos. ¿Por qué, entonces, prefiero a Calder? Confesemos la verdad: porque por mucho que vaya de punki, en realidad soy un conservador. Las esculturas en el aire de Calder, tan quietecitas y silenciosas, me transmiten una impagable sensación de calma. Y, sin embargo, los cuadros de Antonio de Felipe petardean con algo muy, muy serio: las portadas de mis discos favoritos. Y eso, claro, me escandaliza. ¡El bebé de Nevermind con un pez de Disney! ¡Carpanta en el Three Imaginary Boys! ¡Oh, Dios, me he hecho mayor!

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