Si he publicado una serie tan larga sobre padres e hijos, supongo que está claro que soy de los que creen en la influencia de los lazos familiares y de las tardes en el coche con papá y mamá. Por eso cuando leí Epiléptico (la impresionante crónica que David B. dibujó sobre la enfermedad de su hermano) no pude evitar juzgar a los padres del protagonista. Sí, lo sé, una enfermedad es el triunfo macabro del azar, es la lotería de la naturaleza en su versión más siniestra y nadie tiene la culpa de que un niño se ponga malo. Pero en las 366 páginas de este tebeo hay mucho más que ataques epilépticos y juegos sucios del destino. Hay también peregrinaciones a comunas de locos, ejercicios espirituales de escalofriante rigor ascético, fanatismos vegetarianos y médiums que aseguran estar de cháchara con los muertos. Mil y un planes disparatados para conjurar la mala pasada de los genes. Y uno, al leer la educación sentimental de David B, se pregunta con angustia qué fue más determinante en realidad, la enfermedad del hermano, la desesperación por encontrar una cura o la tendencia de los padres a creer en fantasmas; si habría sido todo igual en caso de que estos señores hubiesen tirado por el camino más racional en vez de buscar una solución en los milagros y llenar la cabeza de pájaros a sus hijos. El hermano enfermo no se curó, pero David B. acabó dibujando monstruos. Y leyendo Epiléptico no sabe uno de quién fue la razón que, al soñar, los provocó.
28 enero, 2010
Mi familia es rara (y VII). Epiléptico. La Ascensión del Gran Mal.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
Rafita, ¿me dejas el libro para leerlo? Un beso. Sarita.
Un cómic absolutamente sobrecogedor.
Publicar un comentario