02 marzo, 2007

Carsten Höller y la Tate Modern

Este fin de semana hemos visitado Londres y, entre otras muchas impresiones, me traigo grabada en la mente la impresionante imagen de unos relucientes toboganes metálicos surcando el vasto espacio de la gran “sala de la turbina” de la Tate Modern. Son una parte del proyecto Unilever Series, del artista alemán Carsten Höller.

En un principio me llamaron la atención no como obra de arte en sí, sino porque se fundían perfectamente con el museo. Primero, espacialmente, ya que sus retorcidas formas metálicas encajan en la estética fabril de este antiguo generador de electricidad. Pero también encajan con el carácter dinámico e interactivo de este museo, en el que tan importantes como las obras de arte en sí son los visitantes. De la misma forma, los toboganes son objetos concebidos en sí mismos para interaccionar con las personas. Un tobogán implica potencial utilización por parte de un ser humano; es un contenedor que no tendría sentido sin la función de contener a una persona deslizándose por su interior. Eso mismo define la noción moderna del museo, que ya no es mero contenedor inanimado de obras de arte, sino que se ha convertido en un espacio dinámico cuya razón de ser es favorecer la relación de las personas con el arte. Los museos, como los toboganes, son concebidos para “tragarse” a las personas, sin las cuales no tienen razón de ser.

Cuando consideré estos deslizadores como obra de arte en sí, inmediatamente me di cuenta de que su significación trascendía mi primer análisis: no sólo simbolizan el carácter del museo moderno, sino que representan, a mi parecer, tres de las tendencias que más han marcado la evolución del arte del s. XX: la desmaterialización, la democratización, y la equiparación de arte y vida.

1. La desmaterialización: en la evolución del arte contemporáneo podemos diferenciar diferentes “revoluciones”. Si la primera revolución fue la del contenido, que ya desde el s.XVIII liberó al arte de la representación de temas religiosos y mitológicos, para ir progresivamente abriendo su horizonte iconográfico y formal, a la siguiente podríamos llamarla revolución del continente, pues reivindicó la utilización de materiales teóricamente ajenos al arte, como los recortes de periódicos en los collages cubistas. Esta conquista de la libertad del artista siguió avanzando, hasta independizar al arte del objeto artístico en sí. En efecto, con los ready mades dadaístas o los objets trouvés surrealistas se pasa del “arte objetual” al “procesual”; ya no hay objetos artísticos sino procesos, cuyo resultado final es mero residuo. Se advierte, por tanto, una desmaterialización clara del hecho artístico, pues cada vez es menos importante la parte material de éste. La última revolución en este sentido sería la que marca el paso del “arte procesual” (en el que el artista, genio privilegiado, lleva a cabo una acción de la que queda un residuo) al que podríamos llamar “arte operativo”. Aquí ya no hay objeto artístico, ni siquiera residual, sino un medio pensado para ser accionado por los espectadores. Así, el artista ya no tiene tanto protagonismo, y son los espectadores, o más bien utilizadores, los que llevan a cabo la acción.
Los toboganes de Höller son la culminación de este proceso de desmaterialización: Los tubos no constituyen la obra de arte en sí, a modo de escultura-arquitectura. Es la propia acción de deslizarse y las sensaciones que ésta provoca en el que se desliza y en el observador lo que el artista considera hecho artístico.

2. La democratización: Esta es otra de las tendencias que ha marcado al arte moderno. La clientela del arte, en un principio la Iglesia y el Estado, empieza a diversificarse en el s. XVIII, cuando los artistas trabajan también para la élite social de la burguesía. En el mundo contemporáneo cada vez se amplía más el espectro de receptores del arte, hasta llegar al momento actual, en el que la contemplación de arte está al alcance de todos los bolsillos, en tantísimos museos públicos y diversas instituciones. No obstante, a pesar de haber eliminado los obstáculos económicos sigue siendo difícil para el arte el alcanzar a las masas. En efecto, una crítica que se le ha achacado siempre a la vanguardia es la no conexión con el público, el ser supuestamente críptica y sólo comprensible por unas elites, si ya no económicas, intelectuales. Este último obstáculo para la democratización del arte es salvado por obras como los toboganes de Höller.
El “arte operativo” es concebido en sí para ser operado, accionado por el público. Por tanto, sólo tiene sentido cuando es completado con éste, aboliendo así el abismo entre el artista y el espectador. Además, se consigue evitar el problema que presentan las performances y otras manifestaciones de “arte procesual”, en el que tan sólo hay un momento privilegiado, reservado, por tanto, para unos pocos testigos que están presentes en el momento preciso. Las obras de arte operativo se repiten tantas veces como sean accionadas, y cada espectador tiene su momento privilegiado. Es la democratización total.
En efecto, casi todas las obras de Höller, una vez que hubo abandonado su carrera de científico por la de artista, se han basado en la interacción con el público. Desde su serie Killing Children (1992), diferentes formas de matar a un niño, de las que Triciclo sería un ejemplo de uso poco recomendable, pues estaba manipulado de forma que el pedaleo le hiciera explotar; pasando por su Pealove Room (1993), que consistía en una sala donde se inhalaba una sustancia que desencadenaba las reacciones físicas de la excitación sexual, las cuales se podían saciar en la intimidad de otra sala, colgados los amantes de unos tirantes que los suspendían en el aire; a los toboganes de Unilever Series (2006) o su todavía en proceso Amusement Park, un parque de atracciones carnavalesco que instalará en la galería MASS MoCa de Massachussets.
Todas estas obras juegan con la experiencia sensorial del espectador, al que se le quieren proporcionar, en la mayoría de los casos, momentos de placer y felicidad. Esto tiene relación con la siguiente tendencia que he encontrado contenida en las rampas de Höller:

3. La equiparación de arte y vida: Una de las prioridades de los artistas de vanguardia fue siempre la de evitar la separación fatal que a finales del s. XIX se había creado entre el arte (entendido como artificio) y la vida. Para atarse a la vida, los artistas se volcaron en la representación de temas y ambientes cotidianos (como los bodegones-mesas de café cubistas), o en la inclusión de los mecanismos mentales del ser humano en el arte (pensemos, por ejemplo, en la presencia del psicoanálisis en el surrealismo) o de los medios de comunicación (como hace el pop art).
Höller, que de hecho abandonó el mundo de la ciencia por considerar que la especialización y los protocolos de investigación esterilizaban demasiado la vida, representa la culminación de este proceso, epitomizado en sus toboganes. Es muy gráfica la imagen del tubo de metal envolviendo al que se desliza por él: durante el tiempo que dura la acción, esa persona forma parte de la obra de arte, se funde en cierta forma con ésta. Además, si tenemos en cuenta que la acción de deslizarse se toma unos minutos de la vida del espectador, vemos que esa fusión de arte y vida es total.

En efecto, para Höller los toboganes son importantes porque “pueden cambiar nuestra percepción del espacio y el tiempo. (…) las cosas que están organizadas de una forma concreta pueden cambiar inesperadamente y ser experimentadas de otro modo”. Así pues, un tobogán no sólo necesita de un pedacito de nuestra vida para tener sentido, sino que puede cambiar el sentido de nuestra vida, introduciendo en ella una revisión de nuestros principios y quizá un punto de locura muy sano. Eso es quizá lo que quiere conseguir con el punto final de su proyecto Unilever Series, un conjunto de toboganes para la Villa Olímpica de Londres 2012 que deben integrarse totalmente en la vida diaria de las personas e incluso servir como medio de transporte (¡nada contaminante, por cierto!). Ese ansia suya de deslizar la vida alcanza incluso a los políticos, pues también ha proyectado la construcción de toboganes en el Parlamento, a través de los cuales los parlamentarios podrían, tras un divertido viaje ingrávido, aterrizar directamente en sus escaños, y tal vez con ideas más inspiradas y aireadas.


Carsten Höller; the Unilever Series. Hasta el 9 abril 2007 en la Tate Modern de Londres.

5 comentarios:

R2K dijo...

: )

Saldaño dijo...

Todo eso que cuentas está muy bien. Es cierto que Höller ha conseguido crear una obra de arte sorprendentemente cercana a la gente normal, y seguramente esa obra sea muy representativa del arte actual. Pero yo estuve en la Tate hace un mes y había una cola tan larga para dejarse caer, que la supuesta democratización se va al garete. Al final surge un nuevo tipo de elitismo: sólo los pacientes o los que no tienen nada mejor que hacer disfrutan de la obra. El resto, me temo, mira desde fuera y se va a los cinco minutos.

Alis dijo...

Al que algo quiere algo le cuesta, querido Saldaño, y participar, o mejor, convertirse en una obra de arte bien vale una larga espera. Incluso aunque (como yo) no tengas la paciencia necesaria, por lo menos sabes que existe esa posibilidad. De hecho, como digo en mi post, para Höller es también importante la experiencia del que observa a los que se deslizan por los toboganes. Observar sí que podemos hacerlo todos, y además sin esperar cola.
Luego... no hay tal elitismo y sí se consigue la democratización.

Rfa. dijo...

A mí (que también estuve en Londres), lo que más me gustó fue el componente lúdico de todo el asunto. Hay quien protesta porque el arte contemporáneo está peligrosamente cerca de convertirse en un mero espectáculo. Pues bien: yo soy de los que piensa lo contrario. Celebro el sentido del humor en una obra, así como la capacidad del artista para reírse de sí mismo. O del arte.

mikto kuai dijo...

Estupendo post Alis, sin duda este tipo de arte es tan necesario como los otros. Lo de los toboganes en el Parlamento me parece una idea genial, seguro que aquí en España vendría que ni pintado, por aquello de bajar la crispación constante entre nuestros políticos a base de arte y humor destensionador.

La verdad es que quién pudiera tener en su ciudad un museo como la Tate Modern, más que por el sitio, que también es para resaltar, por la concepción del mismo y la manera de llevarlo. Me vienen a la cabeza, hablando de la sala de las turbinas, ese medio sol que se convertía en sol entero entre espejos y nieblas, el techo estaba todo recubierto de ellos y la gente solía estar sentada a lo largo del suelo, una de las veces que estuve un grupo de personas, tumbados e interactuando con la obra, dibujaban una gran estrella; o aquella "trompeta" megagigante y roja a lo largo de toda la sala.