05 noviembre, 2007

Somos débiles. El siglo XIX en el Prado.

Somos débiles. Todos nosotros. El nuevo Museo del Prado, por ejemplo, es débil porque ha sacado a la luz una colección de pintura del Siglo XIX de la que está profundamente avergonzado. Y yo, por mi parte, soy débil porque me encantan esos cuadros tan horteras. La pintura que se hizo en España entre 1800 y 1900 –y especialmente la que se conserva en El Prado– representa la antítesis más escandalosa de la modernidad. No hay por donde cogerla, a la pobre. Mientras en los demás países se avanzaba hacia los cuadros sin anécdota, los pintores del Prado recreaban enormes escenas históricas. Y mientras el arte contemporáneo descubría el encanto de lo feo, aquí se pintaban retratos de ricachonas guapas. ¿Por qué, entonces, soy tan feliz con todos estos cuadros? Por tres motivos: porque soy un pedante, porque llevo a un hombre del siglo XIX en mi interior y porque es fácil impresionarme. Me encantan los cuadros gigantescos donde los personajes exageran su dolor, y me enamora la aristocracia decimonónica que pintaban Galdós o Clarín. Soy débil, lo sé. Pero no me cuesta nada reconocer que me chifla la nueva exposición del Museo del Prado. Ideal para verla con la abuelita y, encima, presumir de que ya se han visitado las nuevas salas (como yo he hecho en Sindrogámico).
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6 comentarios:

Alis dijo...

Yo no me avergüenzo en absoluto de disfrutar del arte del siglo XIX, y es más; no estoy de acuerdo con eso que dices de que ese arte es la antítesis de la modernidad. Algunos pintores lo serán, como en todas las épocas, pero en otros se pueden ver claros indicios de modernidad.
Lo que sí me parece como para avergonzarse es la marginación que sufrió el arte decimonónico por parte de los intelectuales supuestamente progres en los años 60 y 70. ¿Por qué la figuración tiene que ser necesariamente retrógada, y la abstracción moderna y avanzada?

Mega dijo...

Estoy de acuerdo. A lo mejor se deba más bien a que nuestra modernidad empezó tarde, y de ahí el desfase con respecto a Europa.
Un saludo

nán dijo...

¡Ey, ey, ey! Que disparar contra el pasado es fácil. L y yo íbamos mucho por el Casón del Buen Retiro a ver todos esos cuadros (¡qué sitio tan apropiado era!) y yo estaba enamorado de esa condesa de Vilches hasta el punto de enfurruñar a L. Pero desde luego nunca fui un intelectual, ni tampoco los amigos setenteros que me encontraba por allí, en aquel paraíso felizmente marginado: desde que le prestaron atención, fue para desaparecerlo.

Hay una cosa que como progre confeso de los 60 y 70 no puedo aguantar: las colas. Media hora de cola para matricularnos en la Facultad creaba un movimiento de rebelión. Así que ayer, a los 3 minutos de hacer cola en el Prado, y viendo que a pesar de que era temprano teníamos para media hora, pensamos que la ampliación estará ahí 50 años más (y la exposición varios meses). Nos fuimos al Retiro y a ver la pequeña exposición de Elipe en la sala Egam: incumplí mi propósito de ver la ampliación estos días.

gravidez dijo...

Nada tiene que ver esta marginación citada con los progres, intelectuales o no, de los años 60 y 70, sino con el interés de estas obras. El proceso es anterior y se remonta a la entronización por parte del MoMA de Alfred Barr en los años 30 y 40 de una línea prioritaria del arte contemporáneo, la modernidad, que encontraba sus raíces en el Impresionismo francés. Es obvio que en esa línea nuestra pintura del XIX, al igual que la pintura académica de cualquier país europeo, quedaba muy mal parada. Y lo lamento, es que no hay color entre un Degas o Redon y un Casado del Alisal. Aquellos eran rompedores, creaban nuevas gramáticas, como lo hicieron Goya o Velázquez antes, los otros iban tras los premios de las Exposiciones Nacionales y los encargos de la burguesía. Y esto, lamentablemente, se nota.
Nada tiene que ver tampoco esa presunta lectura de la abstracción contra la figuración, que realmente en las esferas artísticas no existe. Existen tendencias figurativas en las vanguardias, creo que son de sobra conocidas. Lo retrógrado es copiar discursos, seguir modas, no el lenguaje que se utilice, sea abstracto o figurativo, pintura o vídeo.

Alis dijo...

Totalmente de acuerdo en que los orígenes de la marginación del siglo XIX están en la necesidad de la crítica estadounidense de priorizar aquel arte europeo con el que su propio arte estaba entroncado. De acuerdo, también, en que entre nuestros cuadros de historia y las "obras maestras" de la modernidad hay un evidente salto cualitativo. Pero no me negarás que esa especie de conflicto entre los partidarios de la figuración y de la abstracción sí ha existido en nuestro país. Si no, el tema la inclusión o no de Antonio López y los realistas de la "Escuela de Madrid" en el Reina Sofía no se habría convertido en un debate nacional a principios de los 90.

tzho dijo...

Esos cuadros son la polla, y perdón por el coloquialismo, pero yo incluso llegué a marearme. Ya quisiera yo pintar como Madrazo y sus compinches, y en unos formatos tan disparatados.