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28 marzo, 2011

Murcia da miedito (y V). Introducing Spain. Cedric Salter.

En el nuevo disco de Sr. Chinarro hay una canción que dice: "la noche pasada soñé que Murcia va a desaparecer". Me acuerdo de ello justo antes de empezar a escribir este post porque creo que algo parecido debió de soñar Cedric Salter. Soñar, me refiero, en el sentido de "desear", no de estar dormido. Cedric Salter debió de desear que Murcia desapareciese porque sentía auténtico pavor hacia ella. Allá por los años cincuenta, este inglés escribió una guía turística titulada Introducing Spain donde nos ponía a caer de un burro. Alis dio con el libro en la British Library y me mandó el fragmento en cuestión. No tiene desperdicio, así que lo reproduzco íntegro: "Mucha gente decide quedarse en Murcia, a 52 millas de Alicante, pero es frecuente que se arrepientan. Sus procesiones de Semana Santa están entre las mejores que se pueden ver en España; pero para mí es una ciudad sin lo que los españoles llaman simpatía. Quizás el secreto de mi disgusto yace en el carácter de los murcianos. Disfrutan -y a mí, de hecho, me aterrorizan- con la reputación de ser el pueblo más iletrado y sediento de sangre de toda España. De hecho, yo mismo puedo asegurar que la mayoría de quema de iglesias y otras atrocidades de los primeros días de la Guerra Civil fueron llevados a cabo por hombres y mujeres de esta provincia. Si quisieses contratar a un matón para que empujase a algún pariente rico pero demasiado longevo desde un acantilado, deberías escoger a un murciano. En todos los casos de asesinato, robo con violencia o violación que llega a los Tribunales Españoles, es inevitable que la banda responsable contenga una alta proporción de ellos". Las cursivas, se entiende, son palabras castellanas en el original. Murcianos sin simpatía. Glups. ¿Cuántos ingleses nos tendrán miedito después de leer todas esas lindezas?

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10 marzo, 2011

Murcia da miedito (IV). New York Dolls.

En el eterno debate sobre qué grupo inventó el punk, muchos opinan que fueron los New York Dolls. Unos tíos que iban por ahí vestidos de mujer en una época -los primeros setenta- en que ir vestido de mujer daba más miedo que pertenecer a los Ángeles del Infierno. Su disco de debut se publicó en 1973 y está dedicado a Billy Doll, el batería original (segundo por la izquierda). Billy había fundado el grupo y había contribuido a que se convirtiese en un fenómeno, pero se murió cuando todavía no tenían ni discográfica. Ocurrió en un viaje a Londres, a donde habían ido para telonear a Rob Stewart. De un día para otro, los Dolls pasaron de tocar ante las 350 personas que les conocían en Nueva York a tocar delante de las 13.000 que habían ido a ver a Stewart. Se convirtieron en un pelotazo y todo el mundo quería arrimarse a ellos. Una noche, unos culturetas pijos a los que ni siquiera conocía, invitaron a Billy Doll a una fiesta en un piso. Allí se inflaron a Quaaludes, unas pastillas de moda, y Billy se quedó frito. Los pijos culturetas podían haber avisado a una ambulancia, pero en lugar de eso tuvieron la genial idea de meterle en una bañera llena de hielo para que se espabilase. Y como no se espabilaba, se acojonaron y se fueron por patas, dejándole inconsciente en el agua. Billy Doll, que apenas tenía 22 años, se ahogó y se convirtió en el primero de una larga serie de punkis que palmaban por culpa de la droga. Para muchos, su nombre quedaría asociado eternamente a destrucción y muerte. Pero, oh, sorpresa, su nombre real no era Billy Doll. Era Billy Murcia.

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05 marzo, 2011

Murcia da miedito (III). Últimas tardes con Teresa.

Uno de los personajes más valorados de la literatura española reciente es el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa. Yo no conozco a mucha gente que haya leído el libro, pero eso no significa que no sea importante. De hecho, hasta hace poco había en el Metro de Madrid una campaña institucional que trataba de convencer a la muchachada de que el Pijoaparte mola, y mucho. En carteles pegados por los vagones, el protagonista de la tercera novela de Juan Marsé aparecía como una suerte de Loquillo en versión delincuente: macarra, chulo, rebelde, aficionado a robar motos y a tirarse a guiris. Pero no se contaba que, además de todo eso, el Pijoaparte es murciano. Y no porque hubiese nacido en Murcia, no, sino porque era un chungo. Al parecer, en la Cataluña de los años sesenta se denominaba "murcianos" a los charnegos. O sea, a los inmigrantes del sur que no tenían donde caerse muertos y habitaban los barrios marginales de la ciudad. "Murciano como denominación gremial, no geográfica: otra rareza de los catalanes", aclara el propio narrador. A pesar de que el Pijoaparte es natural de Ronda (Málaga), a lo largo de las cuatrocientas y pico páginas de Últimas tardes con Teresa se habla continuamente de él como "el murciano". Cuando roba, cuando se cuela en las casas de los ricos, cuando se pasea por el barrio Chino y todo el mundo le teme, el Pijoaparte siempre es "el murciano". Y claro, ya se sabe cómo funciona la mente. A partir de ahí, a ver qué lector no saca la conclusión de que todo el que viene de Murcia es de armas tomar. Menudo miedito, pasarse por Murcia...

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27 febrero, 2011

Murcia da miedito (II). Riña en la Venta Nueba.

Hoy en día es fácil tomar el traje regional por indumentaria de borrachera o por burdo disfraz de promoción turística, pero hubo un tiempo en que también funcionaba como herramienta de reconocimiento. Si te cruzabas por el camino a un tipo con zaragüelles blancos, faja y esparteñas, sabías que venía de Murcia. La ventaja de aquella uniformidad es evidente: una vez que habías visto a un murciano, ya eras capaz de reconocer a todos los demás. El mundo se convertía en un lugar más manejable. Pero claro, también había un problema: a fuerza de simplificar la identidad de cada cual se corría el riesgo de reducirla a sólo uno o dos rasgos. Y si además esos rasgos eran negativos, arreglados íbamos. Pienso, por ejemplo, en la Riña en la Venta Nueba de Goya. Cuando el pintor tuvo la idea de mostrar una pelea de bar en su cuadro, probablemente lo único que deseaba era recrearse con el casticismo y el ambiente popular de los caminos en torno a Madrid. Pero ay, imprudente de él, en lugar de usar a personajes anónimos optó por un señor con zaragüelles blancos, faja y esparteñas. O sea, un murciano. El más macarra del cuadro, el que pega puñetazos porque no sabe perder en las cartas o porque ha sido descubierto en una trampa, ése es un murciano. Una vez más, Murcia como lugar depravado. ¿Qué pensarían de nosotros los que viesen la pintura? No es difícil suponer que nos tomarían por individuos pendencieros y tabernarios. Y tendrían miedito...

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17 febrero, 2011

Murcia da miedito (I). La Dama de Shanghai.

Orson Welles vino por primera vez a España en 1933 y acabó enterrado en Ronda. Le chiflaban los toros. Pensaba que una corrida era una tragedia en torno a la pérdida de la inocencia del animal, en torno al sacrificio de su "perfecta virginidad". Quizás por eso, cuando en 1947 escribió La Dama de Shanghai, pensó en nosotros. El protagonista Michael O'Hara tenía que arrastrar un turbio pasado; tenía que haber perdido la inocencia y estar atormentado por ello. Welles debió de acordarse de esos toros virginales a los que había visto morir heroicamente en nuestras plazas y decidió hacerles un guiño. Convirtió a Michael O'Hara en un personaje arrepentido por haber matado a otro hombre, y ubicó en España el asesinato. Más concretamente... en Murcia. De este modo, aunque La Dama de Shanghai no tiene nada que ver con nosotros, Murcia pasó a ocupar un inquietante lugar en el imaginario colectivo de los cinéfilos de todo el mundo. Se convirtió en un remoto lugar de envilecimiento: un lugar donde los hombres dejan de ser hombres y se convierten en asesinos. La censura de Franco lo cambió en el doblaje, pero aun así... ¡qué miedito!

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14 febrero, 2011

No somos nadie (y XXX). Yo sufro en silencio.

El último año he venido enumerando en mitte maneras de no ser nadie. Y me han salido treinta: desde el camuflaje hasta el anonimato, pasando por el desprestigio, la falta de glamour o la caricatura. Supongo que habrá más, pero ya no me apetece seguir. Después de todo este tiempo dándole vueltas al asunto de la insignificancia he llegado a la conclusión de que no hay nada más insignificante que este empeño mismo. Era inevitable, por tanto, que la serie No somos nadie acabase en plan suicida, negándose a sí misma. Según las estadísticas de Blogger, los únicos posts de mitte que atraen lectores son los que hablan sobre tetas u orgías. A nadie le importan un carajo mis sesudas reflexiones sobre el ser y la nada. Podría quejarme, pero en realidad me parece un oportuno descubrimiento. Creo que esta indiferencia general ilustra de manera rotunda lo que tanto me está costando dejar claro: que no somos nadie. Que nuestras inquietudes o nuestros gustos dan igual, que el mundo podría seguir adelante sin que los subiésemos a la red. Pero, como digo, esto no es una queja. Más bien es una liberación. Reconozco que al asumir este desinterés me siento un poco como el señor de la foto: feo, ridículo y con un tatuaje que pone "yo sufro en silencio" (porque a nadie le importa). Pero también, por qué no, fuerte y con muchas ganas de cachondeo.

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18 mayo, 2010

No somos nadie (VIII). La riada de Santa Teresa en Murcia.

Hace algunas semanas encontré en casa de mis padres un libro de fotografía antigua de Murcia que se titulaba La Imagen Transparente, de María Manzanera. A mí la prehistoria de la Réflex apenas me interesa, pero en la página 120 leí una historia que me dejó helado: la Riada de Santa Teresa de 1879. "En la madrugada del día 14 al 15 de octubre, la ciudad de Murcia se despertó con el toque de rebato; poco después, entre el golpear de puertas y de pisadas rápidas, el sereno pasaba gritando: 'Las dos, todo el mundo arriba, las aguas del río llegan hasta San Pedro'. En efecto. El nivel del río había rebasado al de la ciudad. Los ojos del puente no eran visibles porque las aguas enfurecidas los cubrían por completo. La oscuridad era absoluta, rota solamente por el resplandor de las antorchas de algunas peronas que se aproximaban aterradas a comprobar el estado del río". Yo nací en Murcia, he vivido allí 16 años y nunca antes había sabido de esta inundación. Pero en cuanto empecé a leer en voz alta a mis padres lo que había descubierto en el libro, los dos me interrumpieron a la vez: "¡es la Riada de Santa Teresa!". Ellos sí conocían la historia, la habían escuchado contar mil veces en noches de poca electricidad y menos televisión. Y aunque a mí me llegó por casualidad, inmediatamente sentí que me pertenecía. Estoy convencido de que el horror de un río desbordándose puede acabar formando parte de la memoria colectiva, de la identidad compartida. La gran ironía está en que, si lo piensas un poco, esta idea supone que aprendes quién eres justo cuando el río te demuestra que no eres nadie. Qué gran ironía.
Si alguien quiere ver más fotos (de Juan Almagro, todo un pionero) o conocer otros detalles de la tragedia, sólo tiene que pinchar en "leer más".



Pedro Díaz Cassou, uno de los protagonistas, escribía en la prensa del día 17:
'...la antorcha se me cae de la mano y se apodera de mí una angustia indefinible; la noche y su oscuridad que aumenta todos los horrores, el estruendo de las aguas, voces de los que mandan, carruajes a escape, galopar de jinetes, antorchas que brillan, pasan y dejan en pos mayor oscuridad. A lo lejos el toque de alarma de cuernos y caracolas... gritos de agonía y dominándolo todo el estruendo de las aguas, la voz suprema del río parecida a la voz de Dios que es, dice el libro santo, como el rumor de muchas aguas juntas'.
Al amanecer del día 15, los murcianos supervivientes pudieron contemplar la magnitud del desastre. Las casas de la ciudad sobresalían de lo que era una inmensa laguna, cuyo final no podía abarcar la vista. Ya no existía la huerta. No había más que troncos de árboles, restos de viviendas y cadáveres flotando sobre las aguas turbulentas; de vez en cuando sobresalían algunos árboles o tejados donde se apiñaban grupos de personas en espera de que alguien pudiera socorrerlas. Nadie sabía qué suerte habían corrido los habitantes de aquellas zonas que permanecían bajo las aguas.

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22 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XIV). Bert Teunissen en Fotoencuentros.

Hace millones de años me enseñaron que uno puede construir su autorretrato por adición o por sustracción. Un retrato aditivo es el que se construye a partir de la acumulación de elementos, aquí mi grupo favorito, aquí el periódico que leo, aquí la serie que me quita el sueño, aquí el libro que terminé ayer, éste soy yo. Un retrato sustractivo, por el contrario, es el que busca la esencia a partir de la depuración, eliminar lo superficial y dejar sólo lo que de verdad forma parte de mí, como salir en pelotas en la foto. Si tuviera que clasificar las fotos que Bert Teunissen ha expuesto en el Fotoencuentros de Murcia según este criterio, me inclinaría a decir que son retratos aditivos porque los detalles que rodean a los personajes son tan descriptivos como sus caras. No es lo mismo ver a una abuela tal cual, que verla en su cocina con la estampita del santo en el que cree clavada en la pared. Pero después de mirar varias fotos, qué curioso, también me da por pensar justo lo contrario, que los modelos de Bert Teunissen posan con austeridad quijotesca, desprovistos de todo, rodeados sólo de moscas y de silencio. ¿Entonces? No sé, seguiré mirando la página de Teunissen, a ver si me aclaro...

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04 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (I). Mariana de Austria en Murcia.

Los límites de un retrato son una cuestión moral. No es lo mismo ver la cara de una señorita que verle la cara y el ombligo, hay un abismo y mucho pelo de por medio. Pienso en esto cuando descubro la polémica que se ha montado en Murcia por culpa de un retrato que muestra más de lo que se esperaba de él. ¡Mariana de Austria, reina de España y secundaria de Las Meninas, enseñándolo todo en la linea 2! Leo en los periódicos murcianos, vascos y nacionales que la idea de este regio desnudo partió de una joven artista subvencionada que responde al profético nombre de Carmen Molina Cantabella. Profético, digo, porque bella ha resultado ser también la reina que todo el mundo tomaba por fea. Como en los cuentos, qué bonito. Lo que de momento no está claro es el objetivo real de esta impúdica campaña, y tampoco su futuro. Según la Concejalía de Cultura y Turismo se trata de que el mundo entero mire el arte que se hace en la región. Por mi parte, yo prefiero pensar que lo que la artista quería era que la gente mirase el ombligo regio de nuestra regia Historia del Arte, o quizás también de nuestra regia monarquía hispana. Pero hay una tercera opinión, y ésta es la que más jugo da. Al parecer los hay también que creen que el objetivo era mostrar un ombligo y punto, el ombligo de una tía buena en pelotas, qué marranada.

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19 enero, 2010

Los cien ojos de Murcia.

Me interesa todo lo que venga de Murcia y me interesa la fotografía, así que era cuestión de tiempo que descubriese un sitio como Cienojos. Pero... ¿por qué he tenido que tardar tanto? Según los archivos de Blogger, Cienojos lleva publicándose dos años y pico, desde octubre de 2007. Dos años y pico que no he podido disfrutar de esta página de fotografía cuya visita recomiendo ya a todo el mundo que haya sido feliz alguna vez con una cámara en la mano. La autora se llama Mónica Lozano y me deja perplejo con lo bien que se ha montado el tinglado. Inquieta, atenta, concisa y generosa, Mónica ha creado un vademécum fotográfico de raíces murcianas y alcance universal. Es aquí adonde hay que venir para descubrir nombres nuevos, para hojear revistas, para buscar una beca o para sentir que Murcia mola. El 18 de noviembre del año pasado, cuando posteó para contar que había sido acreditada en el mayor evento fotográfico del mundo, el Paris Photo, Mónica escribía: "Aún no me he recuperado de la emoción de que reconozcan a Cienojos como medio de comunicación internacional". Pues bien, tal y como yo lo veo esto es sólo el principio: estamos ante un sitio imprescindible, señores. Cienojos.

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13 enero, 2010

Diseño y muerte en Murcia.

Curioseando por el programa de actividades de Fotoencuentros (el PHotoEspaña de Murcia, cita ineludible) he dado con esta imagen de David Frutos: un panteón vanguardistas en el cementerio de Espinardo. La foto merecía el honor de aparecer en este blog por tres motivos. El primero, porque yo soy un devoto de las tumbas y las tradiciones que se actualizan. Celebro que alguien haya tenido la elegancia de construirse un edificio así de moderno para hacer algo así de antiguo: enterrarse. Si yo fuese San Pedro, a este individuo le ahorraba el Limbo y lo pasaba directamente al Cielo, por chulo. El segundo motivo es que soy de Murcia. En Espinardo nació mi padre, estudiaron mis amigos, se ha comprado una casa mi primo y están enterrados mis abuelos. Sólo de pensar que la próxima vez que vaya a verles podré acercarme a tocar este edificio hace que se me pongan los pelos de punta. Pero el tercer motivo es el mejor. Investigando, investigando, he descubierto que el arquitecto responsable de tan memorable proyecto es amigo mío del colegio mayor, de cuando una panda de murcianos nos vinimos a Madrid a hincharnos de cosmpolitismo. Se llama Manuel Clavel y, por lo que veo, desde la última vez que hablamos ha devenido en genio. ¡Enhorabuena, Manolo! ¡Se veía venir!
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16 diciembre, 2008

Arte en Murcia (y II). La Dama de Murcia.

Manolo Valdés es un escultor que gusta a todo el mundo. Sus cabezas monumentales dan vueltas por las ciudades más turísticas y complacen a públicos poco exigentes, propensos al paseo dominical y a la foto compulsiva. Por eso sorprende que la única escultura suya que hay en Murcia sea casi unánimemente despreciada. Si buscas "La Dama de Murcia" en Google sólo te salen cosas feas. Y, ciertamente, la pobre señora es poco agraciada. Para empezar tiene un nombre pretencioso, "La Dama de Murcia", porque fuerza el paralelismo con otra dama, la de Elche, mucho más tocada por el prestigio popular. La pieza original de Manolo Valdés se llama Lydia, pero alguien debió de pensar que era indigno para los murcianos que en pleno centro hubiese una escultura de nombre tan corriente; una pieza que, encima, tiene copias por ahí. Y le pusieron el rimbombante título de Dama de Murcia. Desde el punto de vista estético, la cabeza es también una de las menos llamativas que ha hecho Valdés, no tiene sombrero ni aparatosos remates. Hasta aquí, pasable. Pero lo más obsceno de esta escultura es que está situada sobre una placa que pone: "A la ciudad de Murcia. Regalo de Polaris World". Como idealista que soy, no me gusta que el arte sea moneda de cambio para comprar ciudades.

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11 diciembre, 2008

Arte en Murcia (I). El Espejo Islámico de Anish Kapoor.

Anish Kapoor es uno de los mejores escultores del mundo. Suya es la lenteja brillante del Millenium Park de Chicago. Suyo será el memorial que los británicos levanten en Nueva York para recordar a sus muertos del 11-S. Y suyo es el Islamic Mirror que se puede ver en Murcia este invierno: un espejo redondo, hecho de espejos pequeñitos, donde lo mismo te ves grande que te ves chiquitín. Cuando yo fui a verlo al Convento de Santa Clara, me acordé de una película de ciencia ficción de los años 50, El increíble hombre menguante, cuyo monólogo final está entre mis favoritos de todos los tiempos. Podría intentar explicar en qué consiste Islamic Mirror, pero como estoy un poco vago prefiero copiar el monólogo de El increíble hombre menguante. Las últimas palabras de un hombre condenado a ser microscópico explican la escultura murciana de Anish Kapoor mejor que las de cualquier crítico erudito. Para comprobarlo, sólo hay que pinchar en "leer más".

"Seguía menguando, y me iba a convertir... ¿en qué? ¿Lo infinitesimal? ¿Qué era yo? ¿Todavía un ser humano? ¿O era el hombre del futuro? Si hubiese otro escape de radiación, otras nubes cruzando océanos y continentes, ¿habría otros seres que me siguiesen a este nuevo y vasto nuevo mundo? Tan cerca: lo infinitesimal y lo infinito. De pronto supe que en realidad eran los dos extremos del mismo concepto. Lo increíblemente pequeño y lo increíblemente grande acaban encontrándose, como si se cerrase un círculo gigantesco. Miré hacia arriba, como si de alguna manera pudiese agarrarme al cielo. El universo, mundos innumerables, el tapiz plateado de Dios extendido sobre la noche. Y en ese momento, supe la respuesta al acertijo de lo infinito. Había pensado sólo en términos de la dimensión finita del propio hombre. Había subestimado a la naturaleza, creyendo que la existencia empieza y termina en una concepción humana, no universal. Y sentí cómo mi cuerpo encogía, se derretía, se convertía en nada. Mis miedos desaparecieron. Y en lugar de ello, sentí aceptación. Toda esta vasta majestad de la creación tenía que significar algo. Y yo también significaba algo. Sí, más pequeño que lo más pequeño, yo también significaba algo. Para Dios no hay cero. ¡Yo también existo!"
Artículos relacionados: toda la serie de La parte y el todo: I, II y III.

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06 octubre, 2008

La soledad de los profesores.

Este verano coincidí en una terraza con mi profesor de Física y Química del instituto. "Buenos días", le dije. Y él, con una educación exquisita, me contestó: "buenos días, ¿te conozco?". Han pasado más de tres lustros y yo nunca fui un alumno brillante, así que no se lo tuve en cuenta. "Sí", le contesté, "usted me dio clase en el Instituto Miguel Espinosa". El profesor tampoco me recordó con estos datos, pero ya daba igual: durante algunos minutos mantuvimos una agradable charla sobre el paso del tiempo, la jubilación y los recuerdos del cole que uno conserva toda la vida. Si cuento esto es porque justo ayer vi Ser y tener, un documental sobre profesores, y me acordé de aquel desayuno compartido en una terraza de verano. De los dos vídeos que he encontrado en youtube, mi favorito es el segundo. El curso acaba, los alumnos desfilan para decir adiós y el maestro se queda solo en el aula, completamente desamparado. ¿Qué será de él? ¿Qué hará cuando ya no tenga alumnos a los que enseñar? La respuesta me la dio mi antiguo profesor de física y química este verano mientras se tomaba un café. "Mira, tengo un blog", me dijo.
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30 septiembre, 2008

Anuncios que molan (I). Anti-plasta murciano.

El invento más portentoso que he manejado jamás es la cinta americana. O cinta guiri, que es como yo la llamo. Si viajas con un rollo en la mochila puedes estar más tranquilo que cuando te dormías con los cuatro ángeles de la guarda sentados en las esquinas de la cama. Gracias a su extraordinaria dureza y a su insólito poder de adherencia, está demostrado que la cinta guiri vale lo mismo para un roto, un descosido o hasta una fractura de fémur. Sólo hay que ponerle empeño y una fe tan ciega como la que yo tengo; al final siempre funciona. En el otoño murciano, que es la estación más propicia a las letras, lo han usado para fomentar la lectura. Con un poco de cinta guiri y una funda de condón, los creativos de una agencia llamada Fundación 33 se han currado el Anti-plastas, un artilugio de eficacia inapelable. Tan fácil de usar que apenas necesita instrucciones, sólo cuatro dibujos. El único efecto secundario es que te quedas sin amigos. Pero… ¿quién quiere amigos, cuando tienes un libro? Para ver aplicaciones del Anti-pasta, sólo hay que pinchar en "leer más".



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19 septiembre, 2007

Otro cartel siniestro en Murcia.

Ya he comentado alguna vez lo mucho que gusta a los murcianos anunciar sus ferias con carteles de niños siniestros. Como no podía ser de otra forma, la tradición ha continuado con la Feria de Septiembre de este año. Un pintor de apellido impronunciable, Paco Ñiguez, ha creado para tan señalada ocasión una imagen de gran poder perturbador. Cuando vi el cartel la primera vez pensé que era escandalosamente feo, pero luego lo he vuelto a mirar con más detenimiento y creo que tiene un delicioso encanto siniestro. Si tengo que quedarme con algo, elijo la figura misteriosa que aparece de espaldas. Me gusta la forma en que recibe la luz, como si fuera un fantasma. ¿Quién es? ¿Qué representa? ¿Por qué da tan mal rollo? Una vez más, bravo por el cartel. Ojalá esta tendencia siniestra continúe muchos años a orillas del Segura.

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23 mayo, 2007

Somos débiles. El ángel de Salzillo.

Somos débiles. Creemos que hemos meditado nuestros gustos, pero la realidad es que nos dejamos llevar por impulsos irracionales. A mí, por ejemplo, me sucede con este ángel. Es una escultura que lo tiene todo para horrorizarme. Y, sin embargo, me produce una intensa emoción.
En primer lugar, es la obra de un fanático. Salzillo, el tipo que la hizo, estaba tan colgado con la religión que hasta le nombraron Inspector de la Inquisición. Y no queda ahí la cosa, porque encima es una escultura hortera. Hortera, además, desde el momento mismo en que se hizo: cuando Salzillo la esculpió... ¡hacía un siglo que el barroco se había pasado de moda!
¿Entonces? ¿Por qué me gusta? Muy sencillo: porque cuando era pequeño, mi madre colgó esa misma foto en la pared de mi habitación. Y desde entonces, el Ángel de Salzillo evoca mi infancia más inocente. Crecí mirando esa cara todos los días, pensando que representaba la perfección. En Murcia hay una leyenda que dice que ni siquiera la hizo Salzillo, que fue el mismo ángel el que vino por la noche a tallarla. Y yo, por muy exigente que me haya vuelto, sé que hay algo dentro de mí que todavía se lo cree. Así que cada vez que la veo, me digo con resignación: “somos débiles”.

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27 marzo, 2007

Fotografía en Murcia (y II). Frida Kahlo.

No me gustan los cuadros de Frida Kahlo, pero me gusta su historia. Todas esas anécdotas que se cuentan sobre el accidente o las peleas con Diego Rivera despiertan al morboso que llevo dentro. Por eso fui a ver la exposición de retratos que hay en Murcia: porque me interesa mucho más verla a ella que ver lo que pintaba. El problema es que si tienes una historia tan mediática, probablemente sea porque tú misma eres un personaje. Frida Kahlo no era sólo una pintora casi inválida y enamorada de un sapo: también era una pintora con bigote y entrecejo, ésa que siempre llevaba las faldas mexicanas y los moños raros. Un personaje, vamos. Y todo personaje, por desgracia, es una fachada. La exposición de Murcia recopila casi cien retratos de fotógrafos distintos, pero en las fotos apenas se ve a la persona. Cuando lees los detalles biográficos que jalonan la exposición no puedes creerte que pertenezcan a esa enigmática mujer de las fotos. Sólo en un par de ocasiones Frida se quita la máscara y desvela su famoso carisma. Pero, en general, tendrás que irte sin ver más que al personaje. Con bigote, cejas y una mirada distante que parece decir: “si quieres saber quién soy, mejor que mires mis cuadros”. Por algo la exposición se titula La gran ocultadora.

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Fotografía en Murcia (I). Feria Regional del Libro.

No me gusta pensar que leer libros te hace mejor persona. Es una idea peligrosa. Si crees en ella, probablemente leas muchos libros y probablemente te creas mejor que los demás. Tampoco suelen gustarme las campañas de fomento de la lectura. No es que me parezcan peligrosas, es que me parecen repelentes. Todo ese rollo de “abre un libro y abrirás tu mente” me resulta cursi y tópico. Y es por cosas así que me divierte tanto la campaña de la Feria del Libro de Murcia. La protagonista de esta foto no se ha vuelto soñadora con los libros: se ha vuelto loca. Leer, por más que lo disfracemos, es una depravación del hombre como animal social. Es un disparate pensar que nos vuelve más listos: nos vuelve inútiles e insociables. Me gusta que esta campaña pagada por el ayuntamiento murciano presente la lectura como un acto tan deliciosamente siniestro. La han hecho unos tipos que se llaman Germinal y que también son de Murcia. Bravo por ellos.
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