Hay amantes de los animales que te impresionan y los hay que te dan risa. Morrisey pertenece al segundo grupo: cuando leo que ha obligado a los organizadores de un festival a prohibir el consumo de carne, me dan ganas de comerme una salchicha mientras escucho su Meat is Murder. Aunque sea una de las canciones de los Smiths que más me aburren. Sin embargo, novelas como La virgen de los Sicarios, de Fernando Vallejo, me ponen los pelos de punta. Escrita con un estilo descarnado e hiperbólico, La Virgen... explica cómo Colombia ha terminado siendo un país sin valores. Y la conclusión a la que llega es que no hay nada que hacer, que los compatriotas de Shakira están con la mierda hasta el cuello y que la única salida posible para ellos es dejar de procrear. Así, tal cual, sin exagerar: vale más la vida de un perro que la de un colombiano. O, ya puestos, que la de cualquier hombre. La idea de que los animales son puros y los humanos están podridos salpica el libro aquí y allá, pero donde realmente toma su forma más potente es en la figura metafórica del gallinazo, una especie de buitre que se come los cadáveres abandonados. "Tienen estas avecitas la propiedad de trasmutar la carroña humana en el espíritu del vuelo", leo. Vallejo, como Morrisey, es vegetariano y defensor a ultranza de los animales. Pero gracias a imágenes y razonamientos como éste, lo que en Morrisey me parece ridículo en él me sobrecoge.
13 junio, 2011
On the air (XVII). Por qué un gallinazo me impresiona más que Morrisey.
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06 junio, 2011
On the Air (XII). Solidaridad lechera con el albatros.
En Las Flores del Mal de Baudelaire el albatros aparece como un pájaro trágico, trasunto del poeta incomprendido. Cuando vuela es bello y poderoso, "frecuenta la tempestad y se ríe del arquero". Pero cuando se posa, ay, pobre, se convierte en un bicho torpe al que "sus alas de gigante impiden caminar". Por si esto fuera poco, con el tiempo la tragedia del albatros se ha vuelto todavía más amarga. Según cuenta Muñoz Molina, la progresiva contaminación de los mares ha añadido ingredientes inesperados y poco saludables a su dieta, como "mecheros, tapones de botellas de agua o anillos de plástico de los que sujetan eso que en los supermercados llaman packs de latas de cervezas". Pobre albatros. En solidaridad con su triste historia he decidido colgar aquí un vídeo que no tiene nada que ver con pájaros, pero sí con su principal enemigo: los plásticos. El corto es una especie de Toy Story rodado con botellas de leche, producido por Friends of the Earth para alertar sobre los peligros de los envases. Sí, lo sé: cuando llegue el holocausto zombie presagiado en The Walking Dead lo único que nos mantendrá vivos será precisamente la comida que (hoy) llevan dentro. Pero... ¿qué impide que mientras esperamos a Rick Grimes, por lo menos reciclemos correctamente? Aunque sólo sea para echar un cablecito al pobre albatros, que ya tiene bastante.
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18 mayo, 2011
On the air (VIII). La Trompeta de Jericó.
Lo mejor de Expiación, la polémica novela de Ian McEwan, son los pasajes que explican por qué el ataque de un avión Stuka era lo más jodido que te podía pasar en la Segunda Guerra Mundial. Cuando leí el libro yo no sabía nada de aviación bélica, pero mi suegro es un experto y me explicó el motivo de tan siniestro prestigio aéreo: los Stuka no dejaban caer las bombas desde arriba, sino que bajaban en picado para apuntar mejor. En términos futbolísticos, la distancia que separaba el ataque de un avión normal del ataque de un Stuka es la misma que separa a un portero que intenta meter gol con un saque de puerta y a Maradona atravesando el campo en la final de México 86. Te dejaba el paquetito en el felpudo, vamos. Sin embargo, lo que a mí me impresiona más no es esta demostración de buen hacer alemán, sino un pequeño detalle relacionado con lo psicológico: cuando venía a por ti, el Stuka también hacía sonar una sirena. "La trompeta de Jericó", se llamaba. ¿Y para qué sonaba? Sólo para que te hicieses caquita. Igualito que cuando Freddy Krueger arrastra sus cuchillas por las tuberías de tus pesadillas, solo que aquí no te podías despertar. ¿Hay algo más siniestro que ser capaz de identificar el sonido de tu muerte antes de que te llegue? Como escribe McEwan, debe de ser "el sonido del pánico en sí mismo".
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10 abril, 2011
On the air (III). Nocilla Experience y Albert Einstein.
"1922. Ante un auditorio japonés, Albert Einstein cuenta cómo, a finales de 1907, se le ocurrió la idea: "Estaba sentado en mi mesa, en la oficina de patentes, cuando, de repente, un pensamiento me vino a la cabeza: si alguien cae libremente no siente la fuerza de la gravedad, no siente su propio peso. Me quedé sobrecogido. Esa idea tan simple dejó una profunda huella en mí y fue la que me impulsó hacia una Teoría de la Relatividad General. Fue el pensamiento más afortunado de mi vida". Einstein, a la vez que la creó, borró la gravedad de un plumazo. Crear objetos, procrear, generar masa gravitante, consiste en intentar descubrir, sin éxito, adónde fue a parar toda esa fuerza".
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28 marzo, 2011
Murcia da miedito (y V). Introducing Spain. Cedric Salter.
En el nuevo disco de Sr. Chinarro hay una canción que dice: "la noche pasada soñé que Murcia va a desaparecer". Me acuerdo de ello justo antes de empezar a escribir este post porque creo que algo parecido debió de soñar Cedric Salter. Soñar, me refiero, en el sentido de "desear", no de estar dormido. Cedric Salter debió de desear que Murcia desapareciese porque sentía auténtico pavor hacia ella. Allá por los años cincuenta, este inglés escribió una guía turística titulada Introducing Spain donde nos ponía a caer de un burro. Alis dio con el libro en la British Library y me mandó el fragmento en cuestión. No tiene desperdicio, así que lo reproduzco íntegro: "Mucha gente decide quedarse en Murcia, a 52 millas de Alicante, pero es frecuente que se arrepientan. Sus procesiones de Semana Santa están entre las mejores que se pueden ver en España; pero para mí es una ciudad sin lo que los españoles llaman simpatía. Quizás el secreto de mi disgusto yace en el carácter de los murcianos. Disfrutan -y a mí, de hecho, me aterrorizan- con la reputación de ser el pueblo más iletrado y sediento de sangre de toda España. De hecho, yo mismo puedo asegurar que la mayoría de quema de iglesias y otras atrocidades de los primeros días de la Guerra Civil fueron llevados a cabo por hombres y mujeres de esta provincia. Si quisieses contratar a un matón para que empujase a algún pariente rico pero demasiado longevo desde un acantilado, deberías escoger a un murciano. En todos los casos de asesinato, robo con violencia o violación que llega a los Tribunales Españoles, es inevitable que la banda responsable contenga una alta proporción de ellos". Las cursivas, se entiende, son palabras castellanas en el original. Murcianos sin simpatía. Glups. ¿Cuántos ingleses nos tendrán miedito después de leer todas esas lindezas?
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05 marzo, 2011
Murcia da miedito (III). Últimas tardes con Teresa.
Uno de los personajes más valorados de la literatura española reciente es el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa. Yo no conozco a mucha gente que haya leído el libro, pero eso no significa que no sea importante. De hecho, hasta hace poco había en el Metro de Madrid una campaña institucional que trataba de convencer a la muchachada de que el Pijoaparte mola, y mucho. En carteles pegados por los vagones, el protagonista de la tercera novela de Juan Marsé aparecía como una suerte de Loquillo en versión delincuente: macarra, chulo, rebelde, aficionado a robar motos y a tirarse a guiris. Pero no se contaba que, además de todo eso, el Pijoaparte es murciano. Y no porque hubiese nacido en Murcia, no, sino porque era un chungo. Al parecer, en la Cataluña de los años sesenta se denominaba "murcianos" a los charnegos. O sea, a los inmigrantes del sur que no tenían donde caerse muertos y habitaban los barrios marginales de la ciudad. "Murciano como denominación gremial, no geográfica: otra rareza de los catalanes", aclara el propio narrador. A pesar de que el Pijoaparte es natural de Ronda (Málaga), a lo largo de las cuatrocientas y pico páginas de Últimas tardes con Teresa se habla continuamente de él como "el murciano". Cuando roba, cuando se cuela en las casas de los ricos, cuando se pasea por el barrio Chino y todo el mundo le teme, el Pijoaparte siempre es "el murciano". Y claro, ya se sabe cómo funciona la mente. A partir de ahí, a ver qué lector no saca la conclusión de que todo el que viene de Murcia es de armas tomar. Menudo miedito, pasarse por Murcia...
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30 diciembre, 2010
No somos nadie (XXIV). Homenaje a Anagrama.
El gruñón Javier Marías dice que nunca leería libros de Anagrama. Y mucho menos los compraría. Decidió volverse así de radical cuando se peleó con Jorge Herralde, fundador y dueño de la editorial, allá por 1995. Yo admiro y leo mucho a Marías, pero no siempre estoy de acuerdo con sus pataletas. Por mucho que vaya por ahí diciendo que "todos los editores son proxenetas dedicados a traficar con putas de postín", sigo comprando los títulos que publica Jorge Herralde. Gracias a Anagrama he pasado ratos estupendísimos con las novelas de Patricia Highsmith, de Julian Barnes o de Houllebecq. La conjura de los necios es uno de los libros que más me ha divertido jamás, y Lolita es una debilidad personal. ¿Cómo voy a renegar de una editorial que ha hecho tanto por mi pedantería? Al contrario: doy gracias por tener algo así en España. Y por eso me da pena que hayan acabado vendiendo Anagrama a una empresa italiana. Aunque esa empresa sea una editorial tan novelesca como Feltrinelli, fundada por un tipo que murió intentando colocar una bomba. Creo que la pérdida de los inconfundibles libros amarillos nos deja un poco huérfanos, impotentes, más cerca de no ser nadie. Como dice un amigo mío, son asuntos como éste los que de verdad deberían preocupar a la ministra de cultura. Pero bueno, qué se le va a hacer. Por mi parte, lo único que se me ocurre es publicar este pequeño homenaje a modo de agradecimiento. Ojalá lo acabe leyendo Marías.
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15 diciembre, 2010
No somos nadie (XXIII). El animal moribundo y los peligros del placer.
Siento debilidad por las novelas sobre gente que lo arriesga todo por ser demasiado sensible. La posibilidad de acabar llegando al carajo cuando se ha salido en busca de algo bello, qué gran tema. En mi trastero he reservado una balda sólo para libros que hablen sobre este asunto... y ya tengo tres. Mi favorito, sin duda, es Lolita. Luego está La Muerte en Venecia. Y acabo de incorporar a la lista El animal moribundo, de Philip Roth. Una historia donde el viejo diálogo entre putrefacción y deseo, Eros y Tánatos, alcanza una frescura inesperada, contemporánea. La novela tiene todo lo que hace falta para ponerme los pelos de punta: pedantería, decadencia, cultura e ironía. Y cinismo, claro, porque hay que ser muy cínico para reconocer alegremente que el éxtasis también está disponible por los caminos que transitan el lado oscuro. De hecho, en El animal moribundo, la cuestión de fondo es de índole casi moral: ¿cuánto podemos entregarnos al placer antes de quemarnos? Si alguien se entusiasma demasiado con la belleza... ¿acabará por no ser nadie? Apolo o Dionisos, mirar o follar, prudencia o concupiscencia. Afortunadamente para todos, Philip Roth tampoco ha podido encontrar la respuesta para el viejo debate. Habrá que seguir investigando.
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28 octubre, 2010
No somos nadie (XIV). La noche de los tiempos y la trágica veleidad del mito.
Querido Antonio: Hace años le regalé a todos mis amigos El Jinete Polaco y ahora opino que tu última novela, La noche de los tiempos, es una castaña. Se nota demasiado que la terminaste en la hora de la siesta, mientras veías Amar en tiempos revueltos. Además, emplear 800 páginas en contar un romance así de previsible es tomarte el tiempo de tus lectores a pitorreo. Pero descuida, que no es de eso de lo que quiero hablarte. Si has seguido esta serie sabrás que últimamente sólo me interesa reflexionar sobre lo fácil que es dejar de ser algo; en tu caso, mi escritor favorito. Qué veleidosa es la admiración, ¿verdad? Sigo devorando tus artículos de Babelia con regocijo, pero La Noche de los tiempos me quitó las ganas de leer otra novela tuya. Así de simple. Menuda putada, Antonio, tener que estar a la altura de tu propia obra. Y menuda putada también para mí, que necesito ídolos. Esto confirma mis sospechas: que cualquier mitomanía está infundada por definición. El más listo, el más molón, el más moderno, el más avispado, da igual; todos podéis dejar de serlo si se os observa más de cerca o durante más tiempo. Todos podéis volver a ser nadie otra vez. O peor, menos que nadie: porque lo que una vez se admiró y luego se dejó de admirar casi siempre se acaba mirando por encima del hombro. Espero que no te lo tomes a personal. En el fondo, conservo la esperanza de que nos reconciliemos.
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12 mayo, 2010
No somos nadie (IV). La función por hacer.
¿Quién es más real, un personaje de ficción o un tipo corriente? El tipo corriente, diría yo: porque huele, porque se rasca cuando le pica, porque de vez en cuando se siente morir y porque a veces se toma un menú Big Mac y luego tiene remordimientos. Tan real como la vida misma, ¿no? Pues no. Después de ver La función por hacer en el Teatro Español ya no estoy seguro. Esta obra, dirigida por Miguel del Arco, plantea la hipótesis contraria: que en realidad el tipo corriente no es nadie. Que no tiene entidad ni consistencia, por mucho que le pique. El personaje de ficción, sin embargo, goza de una inmortalidad inmutable, siempre la misma, aprehensible y fija. Nosotros moriremos y en dos generaciones habremos desaparecido, pero Humbert Humbert seguirá buscando la belleza en los muslos de Lolita, Mortadelo seguirá disfrazándose para escapar de Filemón y Cristo, en la cruz, se preguntará cada Semana Santa por qué su padre le ha abandonado. Este razonamiento, tan devastador que me quita las ganas de salir de la cama, no es original de La función por hacer. El primero que lo hizo fue Luigi Pirandello, allá por los años 20, cuando escribió Seis personajes en busca de autor. Pero Miguel del Arco ha tomado la vieja obra, ha añadido cuatro pinceladas y le ha quedado un montaje de lo más impactante. Como siempre (ayer, hoy, dentro de mil años) Hamlet tenía razón: "ser o no ser, he ahí la cuestión".
Artículo relacionado: Con un seis y un cuatro (III). George Sprott.
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12 marzo, 2010
Zoo Station. Prora.
En su novela Noches de cocaína, J. G. Ballard imagina una ciudad de vacaciones basada en el principio del delito. En el mal. Un paraíso "donde todo el mundo intenta acostarse con la serpiente", donde el riesgo y la culpabilidad son tan intensos que es imposible morir de aburrimiento. Según Ballard, la posibilidad de que te maten en cualquier momento hace que seas mejor persona, que tengas ideas más brillantes y vayas más al teatro. "El crimen tiene una historia respetable: el Londres de Shakespeare, la Florencia de los Medici". La novela se lee con una pizca de escepticismo y una pizca de curiosidad; es inevitable preguntarse si un lugar así, donde la felicidad y el mal se den la mano bajo el sol, podría existir en este mundo. Yo no lo he conocido, pero lo más cercano que se me ocurre es Prora, el proyecto vacacional de los nazis. Situado en la mítica isla de Rügen, esta ciudad fue trazada como seis edificios de seis plantas y medio kilómetro cada uno, todos alineados como muralla frente al mar, con 20.000 personas viviendo y yendo al teatro dentro. Pero al contrario que en Noches de cocaína, el único éxito de esta utopia ha sido que sus ruinas sigan en pie después de una Guerra Mundial y un gobierno comunista. No demasiada felicidad, me temo, y creo que menos libros todavía. Lo que no sé es si la cosa salió tan mal por la falta de sentimiento de culpa o porque la idea, sin más, es un disparate.
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03 marzo, 2010
Con un seis y un cuatro (y XX). Tu rostro mañana.
Empecé a escribir esta serie cuando empecé a leer la última novela de Javier Marías, Tu rostro mañana, así que es justo que la termine ahora, cuando ya he acabado con el libro. Tu rostro mañana es una novela que empieza con la frase "no debería contar uno nunca nada" y que acaba 1328 páginas más tarde. Una novela protagonizada por espías filósofos que reflexionan sobre retratos, sobre la impresión que uno causa en los demás. ¿Podría un observador sagaz entender cómo somos, conocernos más aun de lo que nos conocemos nosotros mismos, sin intercambiar una sola palabra con nosotros? Las 1328 páginas de la novela dan de sobra para que Javier Marías sugiera muchos niveles de lectura a partir de este planteamiento, pero yo me quedo con dos. El primero es el que he intentado desarrollar en esta serie: el retrato como expresión visual de una persona. Cómo se construye, qué implica, lo que se enseña y lo que se oculta, ya sean tipos, ciudades o países, (o yo mismo), con secretos o polémicas, en foto, cómic o cine, blanco y negro o color, da igual. El retrato como la única forma de ser, de existir, de ser interpretado por los demás. Pero hay otro nivel de lectura que también me obsesiona, el que tiene que ver con las letras y el afán por explicar, por verbalizar. "No debería contar uno nunca nada", insiste Javier Marías. ¿Merece la pena hablar, interpretar, escribir un blog? Al leer Tu rostro mañana se tiene la impresión de que no, que todo es inútil, que luego no queda nada de este esfuerzo: "sólo soy como nieve sobre los hombros, resbaladiza y mansa, y la nieve siempre para".
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07 febrero, 2010
Con un seis y un cuatro (IV). Las mitologías de Manuel Vincent.
LAS LÁGRIMAS DE DORA MAAR. En el cuadro del Guernica aparecen cuatro mujeres entre los escombros del bombardeo, todas con la boca abierta por un grito de terror, las cuatro mujeres son la misma, Dora Maar, la amante de Picasso en aquel tiempo. Hay un detalle añadido: los ojos del toro erguido en el ángulo izquierdo también son los de Dora Maar, que en la realidad eran de un azul pálido y algún psicoanalista lacaniano sabrá explicar el significado de un toro con ojos de mujer, que a su vez son idénticos a los del guerrero, cuyo cuerpo se halla destrozado en la base del cuadro. Picasso conoció a Dora Maar a principios de 1936. Su encuentro se ha convertido ya en una fábula excelsa de sadomasoquismo. Estaba el pintor una noche en el café Deux Magots de París con el poeta Paul Éluard y vio que en la mesa vecina una joven parecía entretenerse dejando caer la punta de una navaja entre los dedos separados de su mano enguantada, abierta sobre el mármol del velador. No siempre acertaba, puesto que el guante estaba manchado de sangre. El pintor se dirigió a ella en francés y la joven le contestó en un español gutural, la voz un poco ronca, temblorosa, con acento argentino. Después de una excitada conversación el pintor le pidió la prenda ensangrentada como recuerdo y ella le dio a Picasso no sólo el guante sino la mano y el resto del cuerpo, sin excluir su alma atormentada, no en ese momento, puesto que Picasso, presintiendo la tempestad amorosa que se avecinaba, echó tierra por medio y se fue a la Costa Azul, pero allí en casa de unos amigos comunes se volvió a encontrar con la mujer ese verano y ya no tuvo escapatoria. Bajo el esplendor mórbido del sol de Mougins, filtrado por los sombrajos de cañizo, sus cuerpos comenzaron a cabalgar en busca de la violenta alma contraria. Dora Maar no era una neófita en esta batalla con los hombres. Venía de los brazos de Georges Bataille, rey de la transgresión erótica, con quien había experimentado todos los sortilegios de la carne. Según su teoría los burdeles deberían ser las verdaderas iglesias de París. Bataille, junto con Breton, lideraba el grupo surrealista de izquierdas Contre-Attaque, que se reunía en un ático muy amplio de la Rue des Grands Agustins, 7, y se había hecho famoso por el libro Historia de un ojo, una mezcla de pornografía y lirismo con aditivos de violencia, autodestrucción y ceguera: el ojo -huevo que se introduce en la vagina-. En ese mundo se movía Dora Maar, exótica, bella y radical, siempre coronada con sombreros extravagantes. Dora Maar era pintora, fotógrafa y poeta, hija de madre francesa y de un arquitecto croata, instalado en París, que encontró trabajo durante algunos años en Argentina. Con ella atravesó Picasso los años de la Guerra Civil española y la ocupación nazi de París, desde 1936 a 1943, un tiempo en que el pintor vivía en medio de un vaivén de mujeres superpuestas. Su esposa Olga había sido suplantada por la dulce y paciente Marie Thérèse Walter, de la que le había nacido su hija Maya, y ese oleaje le había traído, como el madero de un naufragio, a Dora Maar, que tuvo que desplegar todas las artes para agarrar y no soltar los testículos de aquel toro español del Guernica, que según algunos críticos es el autorretrato del pintor. A inicios del año 1937 el Gobierno de la República española le encargó un mural a Picasso para la Exposición Internacional de París, que iba a inaugurarse en el mes de mayo. El contrato lo formalizó el cartelista Josep Renau, director general de Bellas Artes, en un bistró de la Rue de Bôetie, sobre una servilleta de papel y después se fue a jugar al futbolín con Tristán Tzara. La tragedia española estaba en su apogeo. Picasso sólo quiso cobrar los materiales, el lienzo y las pinturas, que, por cierto, fueron de una evidente mala calidad, como demuestra el deterioro en que se encuentra la obra. Dora Maar conocía el ático de la Rue des Grans Agustins, donde había celebrado diversas ceremonias demoniaco-surrealistas. Se lo mostró a Picasso para que lo alquilara. El local era famoso porque Balzac había situado allí la novela La Obra Maestra Desconocida, que trata de la obsesión de un pintor por representar lo absoluto en un cuadro. Dora Maar pensó que en el local había espacio suficiente para trabajar en un cuadro de gran tamaño. Y en ese ático comenzó Picasso una doble lucha. Durante los primeros meses no se le ocurría nada. Comenzó a realizar bocetos en torno a una especie de tauromaquia en medio de la convulsión de los desastres de una guerra, mientras Dora Maar iba levantando acta con la cámara de los esfuerzos y arrepentimientos del artista. En unos bocetos el caballo relinchaba abajo, en otros el toro mugía de otro lado. Dora Maar era a la vez testigo y protagonista, puesto que su rostro de frente ovalada y grandes ojos como lágrimas se repetía en todos los intentos en distintas figuras femeninas. Picasso incluso dejó que su amante pintara algunas rayas. Mientras el Guernica tomaba la forma definitiva, alrededor del lienzo se había establecido otra suerte de bombardeo, que causó una catástrofe amorosa. En el ático entró un día la dulce y paciente Marie Thérèse Walter y se enzarzó a gritos con Dora Maar. Con insultos que se oían desde la calle, le echó en cara el haberle robado a su amante, al que ella había dado una hija. A esta escena violenta de celos se unió Olga, la compañera legal, y mientras las tres mujeres gritaban, Picasso seguía alegremente pintando el Guernica, muy divertido. Esta reyerta explosiva se hizo famosa en el Barrio Latino. El día 26 de abril de 1937, cuando el cuadro ya estaba casi terminado, sucedió el espantoso bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor. En homenaje a esa villa bilbaína, donde se conservaban los símbolos de un pueblo vasco, Picasso tituló el cuadro con su nombre. A partir de ese momento el Guernica se convirtió en un cartel universal contra la barbarie. La batalla la había ganado Dora Maar. Ese mismo verano de 1937 se les ve muy felices en las playas de Antibes en compañía de otros seres maravillosos, desnudos en sillones y hamacas, Nush y su marido Éluard, Man Ray y su novia Ady, bailarina de Martinica, Lee Miller y Rolland Penrose, Jacqueline Lamba y André Bréton. Jugaban a intercambiarse los nombres y las parejas a la hora de la siesta y el más vanguardista en el sexo también era Picasso, que, según contaba Marie Térèse, solía practicar la coprofagia con sumo arte. Picasso ejerció sobre Dora Maar otra suerte de sortilegio a la manera de su antiguo amante Georges Bataille. La convirtió en La Mujer Que Llora: así aparece, erizada por el llanto en casi todos los cuadros en que ella le sirvió de modelo. Hasta su separación sumamente traumática Dora Maar fue la Dolorosa traspasada por siete navajas, que eran todas la misma que ella usaba el día en que se conocieron en el café Deux Magots, un símbolo del dolor de la guerra y del placer de la carne. "Después de Picasso, sólo Dios", exclamó Dora Maar ante Lacan, el psicoanalista que la ayudó soportar el abandono del pintor. La mujer entró en una fase mística, se retiró del mundo, se encerró en su apartamento de París y sobrevivió un cuarto de siglo al propio artista. Murió en 1997, a los 90 años. En el Guernica sus ojos en forma de lágrimas se repiten en el toro, en el guerrero, en la madre que grita de terror con un niño muerto en los brazos, en la mujer que huye desnuda bajo las bombas, tal vez, desde un lavabo con un papel en la mano y en la que saca una lámpara por la ventana e ilumina todas las tragedias de la historia.
Cada tres o cuatro semanas el suplemento literario de EL PAÍS viene animado con una última página de Manuel Vincent. Mitologías, se titula la serie, y consiste en trazar retratos de genialidades atribuladas. Que yo recuerde, una vez escribió sobre lo borracha y puta que había sido Billy Holiday, otra sobre lo fogoso que había sido Modigliani y otra, justo el sábado pasado, sobre las infelicidades de Cezanne. Si alguna vez nos hemos preguntado quién cultiva y da pábulo a los topicazos románticos sobre artistas jodidos por la vida, la respuesta es Manuel Vincent. Su repertorio de sabáticas semblanzas podrá ser más o menos variado, pero siempre, siempre, siempre ofrece los mismos elementos biográficos: incomprensión generalizada, sufrimientos diversos y consagración final. De ahí el título, Mitologías: por muy viciosos, locos, atormentados o fornicadores que fuesen, todos los artistas retratados acabaron por congraciarse con la humanidad y entrar en el olimpo del arte. Para poner un ejemplo de lo que trato de explicar he recuperado nuestra hagiografía vincentiana favorita, la que más nos ha hecho reír, la que tiene a Dora Maar como protagonista. En ella, Manuel Vincent no sólo tira del consabido malditismo, sino que estrena (es un decir) un nuevo ingrediente: la pasión ibérica, por gentileza de Picasso. Atentos a la perla: "Dora Maar tuvo que desplegar todas las artes para agarrar y no soltar los testículos de aquel toro español del Guernica, que según algunos críticos es el autorretrato del pintor". Olé, olé, olé, viva Alfredo Landa.
Quien quiera leer el artículo entero, publicado en EL PAÍS el 26 de diciembre, que pinche en "leer más".
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18 enero, 2010
De toda la vida (y III). O Mintireiro Verdadeiro.
Dicen los que saben de periódicos que la verdadera escuela del oficio está en las necrológicas. Por eso yo, cuando abro EL PAÍS, me voy directo a la página de las fotos azules. Allí he leído historias tan maravillosas como la de José Regadío, un cura gallego que se murió la semana pasada después de pasarse casi sesenta años autoeditando un almanaque agrícola. O Mintireiro Verdadeiro, se titulaba, qué genio. Don José adivinaba el tiempo del año entero a ojo, con una pizca de imaginación, retórica de toda la vida, un rápido vistazo a las nubes y la inestimable ayuda de su Mac. Para que una necrológica sea memorable hace falta que el personaje en cuestión sea un pez gordo o que su vida anónima reúna los ingredientes de una buena novela. En el caso de José Regadío, su necrológica apasiona por el segundo motivo: porque el cura acumulaba anécdotas estrambóticas y excentricidades. Atentos, que enumero: era del Opus, estaba mosqueado con todos sus feligreses, le encantaban los bares y vivir de noche, daba las misas en 12 minutos (con el consiguiente cabreo de los obispos), montó una imprenta en una granja de cerdos y su Mintireiro tenía tanto éxito que se vendía hasta en el top manta de las aldeas gallegas. ¿Cómo no vamos a lamentar la pérdida de un tipo así? Por fortuna para todos, he leído que ya está en marcha un documental sobre su vida. ¡Habrá que estar atentos!
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15 enero, 2010
De toda la vida (II). Me llamo Rojo.
Para algunos, el premio Nobel de Literatura que se llevó Orhan Pamuk en 2006 fue un galardón oportunista que se entregaba para limar asperezas con el Islam. Era la época de las caricaturas de Mahoma en Dinamarca, y sólo dos años antes un radical había asesinado al director Theo Van Gogh en la tolerante Holanda. Premiar a un escritor turco que rescataba la tradición oriental y la hacía tan tentadora como inofensiva era, efectivamente, una buena estrategia para que todos nos fuésemos a dormir con la conciencia tranquila. De Pamuk yo sólo he leído Me llamo Rojo, una historia de asesinatos e ilustradores que transcurre en el Estambul del siglo XVI. La novela es demasiado larga, pero merece la pena porque está plagada de reflexiones estéticas sobre el conflicto entre tradición y autoría. O lo que es lo mismo: entre hacer lo mismo de siempre o adaptarse a los tiempos que corren. A partir de una aleya del Corán ("no son iguales el ciego y el que ve"), Pamuk desarrolla una curiosa teoría. Según él, por un lado está el artista que pinta "de memoria" porque se limita a repetir esquemas tradicionales, de toda la vida (el ciego), y por el otro está su opuesto, el que introduce innovaciones para ser más fiel a la realidad, a su tiempo o a sus inquietudes personales (el que ve). ¿Es el arte de los dos igual de válido? La pregunta ha dado para siglos de debate y todavía no tiene respuesta.
Artículo relacionado: Máquinas&Almas.
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10 septiembre, 2009
Curiosidades de una tesis. Was ist anders in Spanien?
El famoso eslogan que no se inventó, pero sí explotó, el Ministerio de Información y Turismo de Fraga, tuvo un éxito sin precedentes. Vaya si lo tuvo. No sólo porque nuestras playas se llenaran y con ello se diera un empujón a la construcción y con ello a la economía en general y con ello a la buena imagen del régimen; no sólo. El famoso eslogan caló tanto en la sociedad que incluso ha pasado a formar parte del acervo popular como un refrán más: Spain is different!
No obstante, frente al turista de sol y playa con el que Fraga soñaba, durante los años 70 fue aumentando la cantidad de viajeros independientes atraídos por nuestro país. Estos turistas no venían con un paquete all-inclusive de un touroperator, sino en vehículo propio; y no buscaban lo mismo que los demás veraneantes, sino que cuestionaban más. Los autores de esta guía de España para alemanes, por ejemplo, se preguntan: “Was ist anders in Spanien?” (¿Qué es lo que es diferente en España?)
Este otro tipo de turista, germen del actual mochilero, venía buscando paisaje, cultura, tradición; en resumidas cuentas, lo auténticamente español. Pensando en él, estos alemanes se plantean algo totalmente diferente de las guías al uso, con sus itinerarios y sus capítulos ordenados por áreas geográficas. La guía turística del nuevo viajero debía consistir en una orientación a fondo dentro de la cultura del país –y, por qué no, ordenar los diversos temas sobre los que el viajero debe saber de forma alfabética, para su cómoda consulta mientras se va en el coche: con la A, alcázar; con la B, Basken (vascos); con la C, Cortes (acababan de celebrarse las primeras de la España democrática); con la D, naturalmente, Don Quijote … con la F, fiesta; con la S, siesta; y con la Z, Zigeuner (gitanos).
No es esta simplificación de la cultura de un país por medio de estereotipos tan vistos lo que más clama al cielo, ni tampoco la reducción de un pueblo entero a asépticas entradas alfabéticas perfectamente clasificadas. No, lo que en última instancia más indigna es que después de toda esa palabrería sobre conocer a fondo un país y una cultura, parece que la finalidad del viaje no es otra cosa que el propio deseo de aventura, la realización de la idea de vacaciones ideales que estos mochileros motorizados llevaban en mente –y que traían consigo desde Alemania.
De ahí la importancia del componente “coche”, pues esta guía se plantea especialmente pensada para conductores, con consejos sobre conducción y tráfico, recomendaciones sobre las mejores vías, sugerencias de paradas, etc. De hecho, hablan de un nuevo tipo de viaje: el “Volkswagenreise”; literalmente “viaje Volkswageniano”. Las fotos con que ilustran tal experiencia turística son bastante elocuentes al respecto: me da igual si atravieso los Pirineos, si conduzco entre olivos o por campos de Castilla; lo observo todo atentamente… desde la ventanilla de mi coche – mi casa – mi país.
Pues oigan; para ese viaje, no hacían falta alforjas –y este sí es un refrán de verdad.
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Etiquetas: Curiosidades de una tesis, literatura
23 febrero, 2009
De viajes y suecas en bikini.
Dicen que el viaje en realidad no existe. Que, vayamos adonde vayamos, nos quedamos en casa, porque siempre transportamos una pesada carga en nuestro equipaje: nuestro imaginario. Nuestros recuerdos sobre un sitio o los que otros nos han contado, las fotos de los catálogos y las guías de viaje, la literatura y el cine de tal o cual país… Quizás creamos que vamos a visitar un lugar nuevo, pero en realidad sabemos muy bien lo que nos vamos a encontrar; o al menos será eso lo que veamos. Nos vamos pero nos quedamos, porque con nosotros viaja nuestro imaginario.
Por eso se dice que no hay viajes de ida y vuelta, sino sólo de ida: exportamos con nosotros un imaginario pero nunca nos traemos otro distinto de vuelta. En el fondo, es como si no nos hubiéramos ido.
Esto, aplicado al mito del Spain is different, sol y playa, fiesta y siesta de los setenta, es la novela de Daniel Sueiro, Solo de moto. Editada por un loco de la velocidad que decidió hacer una colección de novelas sobre motos, Gas Editorial, e ilustrada por el dibujante de la movida Víctor Aparicio, Solo de Moto nos cuenta el viaje de un mecánico madrileño que un sábado de agosto al salir del curro decide coger su Ducati y bajar zumbando a Torremolinos. Está harto de la ciudad y va a ponerse las botas con las suecas en bikini, va a correrse la juerga padre y a ser el moreno ardiente que le han dicho que es. Por fin, tras kilómetros y kilómetros de sudar, maldecir y tragar polvo en la N-IV, nuestro macho-man llega a la meta. Pero ya es domingo. Está atardeciendo, y tiene que volverse pitando a Madrid para fichar en el curro, puntual, el lunes. Así que maldice de nuevo, y se promete que la próxima vez.
Se va sin haber visto ni una sueca. Pero no duda que están ahí.
Los viajes, como decía, son sólo de ida, y en realidad es como si nos hubiéramos quedado en casa.
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Etiquetas: literatura
09 diciembre, 2008
La autobiografía de Alice B. Toklas

I am a pretty good housekeeper and a pretty good gardener and a pretty good needlewoman and a pretty good secretary and a pretty good editor and a pretty good vet for dogs and Ihave to do them all at once and I found it difficult to add bein a pretty good author.
About six weeks ago Gertrude Stein said, it does not look to me as if you were going to write that autobiography. You know what I am going to do. I am going to write it for you. I am going to write it as simply as Defoe did the autobiography of Robinson Crusoe. And she has and this is it.
Así termina La autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein. Y no podía terminar de otra forma que con un más difícil todavía, este juego constante de autoría que propone la supuesta autobiografía de la compañera de la famosa escritora norteamericana y amiga de artistas y amante del arte Gertrude Stein, que realmente está escrita por ella misma y no por la supuestamente autiobiografiada y que sabes qué encima sólo habla de sí misma. Entonces es la autobiografía de Alice B. Toklas que en realidad no es otra cosa que la autobiografía de Gertrude Stein que en realidad lo que quiere es hablar de todos los artistas que conoció entre ellos Picasso y Matisse pero muchos más pero en realidad trata de hacer un repaso a su propia bibliografía y hablarnos de sus obsesiones como escritora por ejemplo las frases, y digo las frases no las palabras porque las frases son entes completos y vivos no las palabras. Y todo escrito así con un intento de crear un nuevo canon literario que en realidad consiste en repudiar todo canon; una deconstrucción de la literatura para luego reconstruirla diferente cada vez algo así como hace su propio amigo Picasso con el cubismo pero igual con las frases. Atreveos.
Publicado por Alis a las 20:04 3 comentarios
Etiquetas: literatura
09 septiembre, 2008
Somos débiles. Emilia Pardo Bazán.
Somos débiles. Por dentro estamos hechos de un oscuro plasma que se estremece de empatía con el dolor ajeno, y no podemos evitarlo. A mí, por lo menos, me seducen el horror y la truculencia de la España más negra. Me he dado cuenta después de pasar estos últimos días leyendo cuentos de Emilia Pardo Bazán. La escritora gallega, probablemente la más prolífica cuentista de nuestra literatura, tenía una obsesión casi enfermiza por sacar a relucir los trapos sucios de su terruño. Los cuentos que publicaba en los periódicos están trufados de asesinatos, venganzas y aldeanos salvajes que apaleaban a sus hijos. Ni rastro de sofisticación urbana ni de estampas bucólicas como las de Mar Adentro. Soy consciente de que esta España asesina y salvaje, sacada de las páginas de sucesos, no encaja en los estereotipos socialmente aceptados. Pero también sé que experimento un placer morboso con lecturas así, una especie de patriotismo enfermo, como si me sintiese más a gusto en un país de locos. Si alguien quiere hacerse una idea de cómo son los cuentos de la Pardo Bazán, que pinche en "leer más". He colgado un extracto.
La Mayorazga de Bouzas se publicó originariamente en 1886, en La Revista de España. Es la historia de una mujer, la Mayorazga, a la que su marido pone los cuernos con una modistilla. Cuando lo descubre, comprende que la única persona en la que puede confiar es su hermano de leche, Amaro. Yo sólo voy a copiar el final, cuando se encuentra frente a frente con la modistilla a la que se está tirando el marido:Al caer sobre ella la mirada de la ofendida esposa, los nervios de la muchacha se crisparon y sus pupilas destellaron una chispa de odio triunfante, como si dijesesn: "Puedes matarme; pero hace media hora tu marido descansaba en mis brazos". Con aquella chispa sombría se confundió un reflejo de oro, un fulgor que el sol naciente arrancó de la oreja menudita y nacarada: eran los pendientes, obsequio de Camilo Balboa. La Mayorazga preguntó con voz ronca y grave:
- ¿Fue mi marido quien te regaló esos aretes?
- Sí - respondieron los ojos de víbora.
- Pues yo te corto las orejas - sentenció la Mayorazga, extendiendo la mano.
Y Amaro, que no era manco ni sordo, sacó su navajilla corta, la abrió con los dientes, la esgrimió... Oyóse un aullido largo, pavoroso, de agonía; luego, otro y sordos gemidos.
- ¿La tiro al Sil? - preguntó el hermano de leche, levantando en brazos a la víctima, desmayada y cubierta de sangre.
- No. Déjala ahí ya. Vamos pronto a donde quedaron las caballerías.
- Si mi potro acierta a soltarse y se arrima a la yegua..., la hicimos, señora ama.
Y bajaron por el monte sin volver la vista atrás.
Publicado por Rfa. a las 22:03 3 comentarios
Etiquetas: literatura, Somos débiles
14 septiembre, 2007
El guardián entre el centeno III: Wanted
Lo que más se le reprochó a Salinger en EEUU fue el crudo retrato que hace del mundo de los adolescentes, sin obviar cuestiones como el sexo, las drogas o la violencia. No obstante, y aunque es fácil escandalizar a la pacata Norteamérica, no creo que fuera el mero hecho de que su protagonista se corra juergas o ande con prostitutas lo que les impulsó a censurar el libro. Lo que más debió de impresionar, lo que debió de asustar a los censores, es la amoralidad que en este libro se respira en todo momento. Holden -si bien posee una alta noción del bien y del mal, pues le admiran cualidades como la honestidad o el valor- nos habla continuamente de actos y comportamientos que nuestras convenciones sociales considerarían automáticamente vergonzosos. Pero lo peor no es eso, sino que él lo hace sin el más leve atisbo de condena moral. Además, al ser él protagonista y a la vez narrador de la historia, su falta de moral no sólo está presente en los actos que se nos narran, sino que impregna el propio discurso de la novela. Esto hizo que Salinger fuera acusado de complicidad con todos esos delitos de su personaje, pues en ningún momento los condenaba explícitamente.
La exposición de fotografía de Larry Clark que vimos en el Helmut Newton Museum de Berlín (Wanted) me sugirió concomitancias inmediatas con El guardián entre el centeno y Salinger.
El tristemente célebre director de Kids fue también objeto de polémica: en su película no había más que chavales cosiéndose a balazos, compartiendo jeringuillas y teniendo sexo prematuro. Pero, de nuevo, no creo que fuera eso lo que más escandalizó, ya que tales temas, en el fondo, no son tan ajenos a la épica de Hollywood. Lo verdaderamente grave es que lo que Clark filmó y fotografió era real. Se trataba de una peli y todo estaba guionizado, vale, pero los actores que escogía eran niños de la calle cuyas vidas reales se parecían mucho a las que aparecen en la patalla. Que Clark fuera testigo de aquello sin detenerles se consideró delito de complicidad. De hecho, en la película se detecta una ausencia total de juicios morales; a él le interesaban esas imágenes por su fuerza estética y nada más, y jamás se planteó si aquello estaba bien o mal.
Ahí está el pecado de Clark, como el de Salinger: en ser cómplice. En mostrar empatía, en cierto modo. Y yo me pregunto: ¿no es mucho más hipócrita nutrirse de esos temas tan morbosos y escandalosos pero amparándose en un escudo de condena moral?
Es como, y perdonad la analogía pillada por los pelos, cuando en Sé lo que hicisteis critican la supuesta inmoralidad de los programas de corazón, sin los cuales, por otra parte, ellos no tendrían trabajo.
Publicado por Alis a las 23:43 3 comentarios
Etiquetas: fotografía, literatura

