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28 septiembre, 2011

El arte y el mundo real (II). La revolución artística de La Muela

Que La Muela era un lugar pop es algo que descubrimos cuando mi admirado Jordi Bernadó inmortalizó sus campos de girasoles. Pero la aproximación al arte que este pueblo propone va mucho más allá, es mucho más sugerente. En una de las rotondas del polígono industrial, justo enfrente del Mercadona, el Ayuntamiento ha colocado tres esculturas de caballos encabritados. Y, contra todo pronóstico, las ha comprado en una tienda de paisajismo. ¿Cutre? No, radicalmente moderno. Las implicaciones de esta operación son tan fascinantes que merecen ser analizadas con cuidado. Para empezar, el ayuntamiento ha invertido los mecanismos tradicionales del kitch: en lugar de banalizar una obra de arte -como suelen hacer los cursis- ha elevado a la categoría de obra de arte lo que antes era banal. Es decir: sólo por estar en un no-lugar privilegiado como la rotonda, esos caballos rampantes dejan de ser escultura de jardin y se convierten en piezas únicas. Pero es que, además, se ha democratizado el concepto de obra como no ocurría desde que Warhol pintó sus latas de Campbell. Al legitimar artísticamente una institución las esculturas seriadas de la tienda de interiorismo, cualquiera que las compre ahora (yo mismo, por ejemplo) se convertirá automáticamente en coleccionista. ¡Tiembla, ARCO, que viene La Muela a robarte clientes!


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10 septiembre, 2011

El arte y el mundo real (I). Dios en el Prado.

La única vez que he intentado escribir una novela, allá por los noventa, me salió una delirante historia sobre curas alienígenas. La base del argumento era que todos los miembros de la iglesia son extraterrestres infiltrados entre los humanos para destruir la Tierra. Me quedó tan mal que ni siquiera entonces, cuando era un anticlerical devoto de Baroja, la compartí con nadie. Pero hoy, al visitar el Prado, he vuelto a pensar en ella. Resulta que nuestra principal pinacoteca decidió celebrar la visita del Papa ofreciendo un recorrido católico por su colección. Desde la Anunciación de Fra Angelico hasta la Resurrección de El Greco, las obras maestras del museo vuelven a convertirse en aquello para lo que fueron concebidas hace siglos: una herramienta de catequesis. El Prado, además, no se ha tomado la molestia de reunir los cuadros en una única sala, sino que los ha dejado donde suelen mostrarse. Todo está igual que siempre, pero al mismo tiempo todo es diferente. Como ocurría en mi novela, de pronto descubrimos que esas obras de arte con las que nos hemos acostumbrado a convivir son en realidad elementos infiltrados en el museo. El mensaje está claro: Dios está en todas partes, hasta donde no se le esperaba. Ni siquiera una institución como el Prado es impermeable a su presencia. Para ilustrar esta cruda realidad, yo he escogido una escena pintada por Rubens y Jan Wildens que no figura en el recorrido temático pero que es bastante elocuente: el momento en que Rodolfo I de Habsburgo se baja de su caballo para cedérselo a un cura que porta la Eucaristía. El poder divino sobre el poder terrenal. El cuadro se pintó en 1625, pero si cambiamos a Rodolfo por Miguel Zugaza, pasa a ser de una actualidad casi caricaturesca.


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22 julio, 2011

On the air (y XX). Enigmas de Spiderman y Marilyn.

El gran enigma del arte es que nunca se sabe el impacto que tendrá sobre los espíritus sensibles que se expongan a su influjo. Un ejemplo: el musical de Spiderman que Bono y The Edge han escrito para Broadway. Se suponía que el morbo del espectáculo, lo que atraería al respetable hasta el teatro y le haría sentir el éxtasis definitivo, era que los actores vuelan. Pero oh, misterios de la percepción estética, ha resultado no ser así: lo que los espectadores realmente vienen buscando es volar ellos mismos, el actor les importa un carajo. De hecho, el inesperado impulso de volar es tan frecuente y tan contagioso, que antes de todas las representaciones se escucha una megafonía pidiendo por favor que nadie se agarre a Spiderman en caso de que éste decida posarse cerca. Sería interesante debatir si Bono o The Edge habían previsto esto al componer sus excelsas melodías, pero en lugar de hacerlo quiero poner otro ejemplo: Seward Johnson. Este escultor acaba de inaugurar en Chicago una escultura gigante de Marilyn Monroe con la falda levantada por el aire. La idea original era rendir homenaje al cine. Pero, como digo, el misterio del verdadero arte es que nunca se pueden anticipar las reacciones que provocará. Cuando la gente ve la escultura, en lugar de creer un poquito más en Billy Wilder, lo que siente es un súbito deseo de lamer las pantorrilas de la pobre Marilyn o de hacerle una foto a las bragas. Insisto: qué enigma.

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15 junio, 2011

On the air (XIX). El buitre de Prometeo, Hitler y Trujillo.

En su novela La Fiesta del Chivo, el cada vez más repelente Vargas Llosa trazó un retrato del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo tan complejo que, si ahora yo tuviese que reducirlo a una lista de adjetivos, parecería que estoy jugando a despistar. El Trujillo que aparece en el libro es egocéntrico pero patriota, caprichoso pero comprometido, fiel pero veleidoso. Por ser dos cosas opuestas, hasta es de raza blanca y negra a la vez, como Michael Jackson. Qué tío. Pero si hay algo que me ha sorprendido en La Fiesta del Chivo es que, además, Trujillo es kitch. Cuando Vargas Llosa describe su Casa de Caoba, el lugar al que va a tirarse doncellitas, habla de un lugar alfombrado con el escudo nacional y decorado con diplomas de vacas lecheras. ¿Realmente es inevitable que los dictadores tengan mal gusto? La pregunta me viene a la mente después de leer cómo Jonathan Jones, crítico de arte del Guardian, celebraba en abril el estilo trasnochado del lienzo que ilustra este post. La señora que se retuerce encadenada a la roca no es otra que Prometeo, aquel tipo condenado a que un buitre viniese volando a comerle las entrañas. En versión femenina, soft porn y sin pajarraco, se entiende. El autor de tal disparate de cuadro se llama Louis Smith y esta semana ha estado a puntito de llevarse el premio a mejor retrato del año en la National Portrait Gallery. Al final ha ganado otro, pero según el crítico Jones, el Prometeo tenía que haber sido premiado. ¿Por qué? "Porque se trata del tipo de pintura que a Hitler le habría encantado".

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31 mayo, 2011

On the air (X). Gatos, liebres y la publicidad en el museo.

Si hay una cosa que me divierte en el mundillo del arte es el desparpajo de los comisarios a la hora de metértela doblada. Basta con quitar la etiqueta donde ponía "gato" y colocar otra donde ponga "liebre", y todo el mundo a comulgar con ruedas de molino. Ayer mismo, por ejemplo, se inauguró una exposición de PhotoEspaña con retratos a la encáustica de hace dos mil años. Te dicen que son "las primeras fotos de carnet" de la historia y te los colocan en la principal feria de fotografía de España. Qué morro. El fenómeno se repite tan frecuentemente que cuando alguien va con la verdad por delante se agradece. Es lo que pasa con el vídeo que Richard Phillips va a presentar el sábado que viene en la Bienal de Venecia: no pretende ser liebre, no engaña a nadie: es gato, y a mucha honra. O mejor dicho: no es tanto "arte" como "publicidad". Phillips, famoso por pintar retratos de petardos pop, se ha desmarcado ahora con un vídeo de Lindsay Lohan al más puro estilo Herb Ritts. El vídeo ha sido seleccionado para la feria veneciana por POST, "la primera revista creada exclusivamente para el iPad", como parte de un proyecto sobre publicidad y arte llamado Comercial Break. Y a mí, que siempre he sido fan de los anuncios de colonia, me encanta. Me recuerda a una campaña maravillosa que Ritts hizo para Levi's, allá por los primeros noventa, en que se veía a un montón de modelos volando por el aire. Adjunto los dos vídeos para demostrar que esto sí pertenece a la misma familia, no como los retratos del arqueológico y PhotoEspaña. ¡Que tomen nota los comisarios!

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19 mayo, 2011

On the air (IX). Calder, Antonio de Felipe y mi secreto conservadurismo.

Me gusta curiosear en las fotos de las casas de la gente porque las sorpresas que encuentro siempre me dan qué pensar. En la contraportada de EL PAÍS del 8 de mayo, por ejemplo, descubrí que Paolo Vasile tiene un libro de Antonio de Felipe en su despacho. Y cuatro meses antes, en el ¡Hola! del 12 de enero, observé que Elena Benarroch tiene un Calder en su salón. El amigo de Berlusconi y la amiga de Felipe González, cada uno con su gusto artístico a la vista del mundo entero. ¿Cómo resistirse a tomar partido? ¿Quién tiene mejor gusto, el responsable de la telebasura en España o la peletera más progre de la prensa rosa? A bote pronto yo me quedo con Benarroch. O sea, con Calder frente a Antonio de Felipe. Pero si lo piensas un poco, las filosofías estéticas de uno y de otro no están tan lejos como cabría suponer. Los dos operan una suerte de infantilización del arte, el primero evocando los móviles que se ponen encima de las cunas y el segundo con cuadros de Bart Simpson. Y además, los dos son súper decorativos. ¿Por qué, entonces, prefiero a Calder? Confesemos la verdad: porque por mucho que vaya de punki, en realidad soy un conservador. Las esculturas en el aire de Calder, tan quietecitas y silenciosas, me transmiten una impagable sensación de calma. Y, sin embargo, los cuadros de Antonio de Felipe petardean con algo muy, muy serio: las portadas de mis discos favoritos. Y eso, claro, me escandaliza. ¡El bebé de Nevermind con un pez de Disney! ¡Carpanta en el Three Imaginary Boys! ¡Oh, Dios, me he hecho mayor!

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18 abril, 2011

On the air (IV). Jeff Koons, el Señor de los Elementos.

Tres balones llenos de aire y perfectamente suspendidos en un tanque de agua pueden ser una metáfora de todo lo que se te ocurra. En la página de la Tate, uno de los museos que pagó por ellos, dan varias interpretaciones posibles: que si representan el estado definitivo del ser (la muerte), que si aluden a la nostalgia o a la ambición, que si son una ironía sobre la diferencia entre chicos blancos y chicos negros porque unos se entretienen con arte y otros con deportes callejeros... Como digo, todo lo que se te ocurra. A los musiqueros, estas pelotas les harán pensar en la portada del Thirteen de Teenage Fanclub, un plagio descarado sobre el que, sorprendentemente, no he encontrado nada en Google. A mí, que soy sensible a lo sobrenatural, me producen el asombro de los fenómenos imposibles. La primera vez que los vi tuve la sensación de estar asistiendo a una subversión de las leyes de la física, como cuando los santos levitan. Más tarde he aprendido que el milagro de la suspensión del balón no es eterno, que cada cierto tiempo hay que cambiar el agua para que siga flotando. Pero sigo pensando que Jeff Koons -el autor- es una especie de Señor de los Elementos, capaz de doblegar al aire según su antojo. De hecho, este mismo año Koons ha ido a los tribunales para reclamar la propiedad intelectual de los globos con forma de perro. ¿Por qué iba a hacer algo así, si no fuera porque sabe que el aire es suyo?

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06 abril, 2011

On the air (I). Sánchez Cotán y el misticismo de las lechugas.

Empiezo confesando una verdad incómoda: los bodegones me producen pereza. Pero, al mismo tiempo, reconozco que también me fascinan. Las dos emociones juntas, si es que eso es posible. Me fascinan porque veo en ellos cierta espiritualidad, un sentido trágico de la vida que tiene que ver con la certeza de la podredumbre final. Y me aburren porque, para qué negarlo, suelen ser bastante monótonos. Mi pintor de bodegones favorito es este señor: Sánchez Cotán. Además de ser uno de los primeros que cultivó el género, allá por el siglo XVII, fue uno de los pocos que colgaba las frutas. Lo normal era que se colgasen los conejos muertos, pero no las frutas. ¿Para qué iba a atarse una lechuga del techo? El hecho de que Sánchez Cotán estuviese tan colgado me despierta una simpatía inmediata. Pero es que, además, la lechuga en suspensión queda estupenda. A mí, particularmente, me agudiza la sensación de gravedad. Y de paso, también esa impresión de que al final es inevitable que todo se acabe. Igual que la manzana de Newton se descolgó del árbol, tú te vas a morir, este curro no te durará toda la vida y tu ordenador acabará echando humo. Son certezas jodidas, pero que caen por su propio peso. ¿Y cuál es la lección, entonces? No pienso ponerme profundo: la lección es que no se puede subestimar el misticismo de las lechugas. Sobre todo si están en el aire.

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27 febrero, 2011

Murcia da miedito (II). Riña en la Venta Nueba.

Hoy en día es fácil tomar el traje regional por indumentaria de borrachera o por burdo disfraz de promoción turística, pero hubo un tiempo en que también funcionaba como herramienta de reconocimiento. Si te cruzabas por el camino a un tipo con zaragüelles blancos, faja y esparteñas, sabías que venía de Murcia. La ventaja de aquella uniformidad es evidente: una vez que habías visto a un murciano, ya eras capaz de reconocer a todos los demás. El mundo se convertía en un lugar más manejable. Pero claro, también había un problema: a fuerza de simplificar la identidad de cada cual se corría el riesgo de reducirla a sólo uno o dos rasgos. Y si además esos rasgos eran negativos, arreglados íbamos. Pienso, por ejemplo, en la Riña en la Venta Nueba de Goya. Cuando el pintor tuvo la idea de mostrar una pelea de bar en su cuadro, probablemente lo único que deseaba era recrearse con el casticismo y el ambiente popular de los caminos en torno a Madrid. Pero ay, imprudente de él, en lugar de usar a personajes anónimos optó por un señor con zaragüelles blancos, faja y esparteñas. O sea, un murciano. El más macarra del cuadro, el que pega puñetazos porque no sabe perder en las cartas o porque ha sido descubierto en una trampa, ése es un murciano. Una vez más, Murcia como lugar depravado. ¿Qué pensarían de nosotros los que viesen la pintura? No es difícil suponer que nos tomarían por individuos pendencieros y tabernarios. Y tendrían miedito...

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24 enero, 2011

No somos nadie (XXVII). Val del Omar y el empeño de filmar a Dios.

La religión mola, no entiendo por qué no está considerada algo cool. En mi universo plástico personal siempre ha habido lugar para Dios, el clero o el tremendo filón estético que supone el catolicismo. Y siempre he lamentado que las revistas de tendencias no reserven un hueco para el santoral o la moda vaticana. Por fortuna, no todo está perdido. Este 2011 ha comenzado para mí con el hallazgo de un espíritu afín, un hermano, un compañero de inquietudes: José Val del Omar. Un señor que hace cincuenta años tuvo el sentido común de conciliar tecnología y cristianismo. Lo cual, si lo piensas, es como si ahora alguien te dice que la manzana de Apple no está tan lejos de la manzana del Antiguo Testamento. En la gris España del franquismo, José Val del Omar vivía obsesionado con inventar los mecanismos adecuados para filmar a Dios. ¡Sin renunciar a la vanguardia! Desde el punto de vista técnico, sus cinegrafías eran cortometrajes experimentales, rodados con los cachivaches que él mismo diseñaba y concebidos como experiencias sensoriales absolutas. Una especie de 3D avant la lettre. Pero desde el punto de vista antropológico funcionan también como testimonio del lugar que Dios (y el miedo a Dios) ocupa en nuestro ADN cultural. Más o menos, lo que viene a decir es que en este país no somos nadie sin catolicismo. Para suscribirlo me he apropiado de Fuego en Castilla, la segunda parte de su Tríptico Elemental de España, "una tactilvisión del páramo del espanto". ¡Que Dios nos pille confesados!

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11 enero, 2011

No somos nadie (XXV). Ben Wilson y la valentía de consagrarse a lo inútil.

Ben Wilson es un inglés que pinta cuadros en chicles abandonados. De hecho, se dedica a ello desde hace siete años. Al principio trazó un plan: decorar todos los chicles que hubiese entre la puerta de su casa y el corazón de Londres. Pero muy pronto cambió de opinión y decidió quedarse en el barrio, trabajar sin rumbo. Me gusta pensar que el bueno de Ben comprendió que la poesía de su tarea sería mucho más sublime si renunciaba a una estrategia previa. Simplemente pintar el primer chicle que le apeteciera. Para ilustrar la rotunda intrascendencia de este planteamiento, ahí va una anécdota: una vez, los policías detuvieron a Ben por vandalismo, pero tuvieron que soltarle porque una cosa es pintar encima del asfalto y otra bien distinta hacerlo encima de un chicle. Por no ser, el trabajo de Ben ni siquiera es ilegal. A veces me da por comparar este empeño perfectamente inútil con el de otros artistas. ¿Cuál es la diferencia entre decorar un chicle y pintar un gran lienzo? Es más: ¿cuál es la diferencia entre pintar un chicle y construir una catedral, ganar un premio Nobel o tener un hijo? Creo que en la humildad del gesto de Ben Wilson hay una gran sabiduría. Creo que él ha comprendido que no somos nadie, y su obra es una forma de asumir esta insignificancia con la cabeza muy alta. Y creo también que hace falta mucho valor para eso.

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07 diciembre, 2010

No somos nadie (XXII). Te prohíbo que te gusten los Smiths.

En los años 50, Mark Rothko recibió el goloso encargo de decorar con sus cuadros el restaurante más molón de todo Nueva York: el Four Seasons del edificio Seagram. Un lugar diseñado por dos de los arquitectos más importantes del mundo, Philip Johnson y Mies van der Rohe, para dar de comer a gente guay. Al principio, Rothko se tomó el encargo en serio e incluso llegó a pintar los murales que le habían pedido. Pero luego se lo pensó y dio marcha atrás: no estaba dispuesto a dejar que un puñado de pijos convirtiesen sus lienzos en vulgares adornos para sus banquetes. "Quienquiera que esté dispuesto a pagar esos precios por ese tipo de comida", dijo, "no verá mis cuadros". Y devolvió el dinero. Pienso en esa anécdota cuando leo el cabreo que Johnny Marr se ha agarrado con David Cameron. Parece ser que el primer ministro británico ha ido diciendo por ahí que le molaban los Smiths, y al guitarrista le ha tocado las pelotas. "Te prohíbo que te guste nuestra música", ha twitteado el antiguo compinche de Morrisey. Qué tierno. Pero a pesar de los titulares, creo que la suya es una batalla perdida: ningún músico puede hacer lo mismo que hizo Mark Rothko, presentarse en el restaurante a parar la música que escuchan los políticos, los pijazos o los oportunistas. Una vez publicada la canción ya está todo el pescado vendido, no somos nadie, no podemos evitar que cualquier idiota la haga suya. Para muestra, un ejemplo escandaloso: el vídeo de Window in the Skies, una canción de U2. En él, Bono y compañía manipulan imágenes de archivo de los grandes iconos del rock para que parezca que están interpretando su música. Y los pobres Johnny Cash, Joey Ramone, Kurt Cobain o Morrisey, a joderse. ¿Alguien les pidió permiso? No creo: como digo, en cuestión de gustos musicales es demasiado fácil tomar el nombre de Dios en vano y salir indemne.

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18 noviembre, 2010

No somos nadie (XX). El jesuita que se adelantó a Banksy.

Una vez, el señor de la foto dijo que era Mark Landis. Otra, Steven Gardiner. Otra, Arthur Scott. Pero en realidad no es ninguno de los tres. El señor de la foto no es nadie. O sí: es un falsificador que se dedica a ir de museo en museo disfrazado de jesuita, regalando cuadros falsos en nombre de Dios. Llega con cara de santo, cuenta que se le ha muerto la madre, que quiere desprenderse de algunos recuerdos, y deja una acuarela de Degas sin pedir nada a cambio. Por supuesto, los responsables de los museos babean. Pero hace un par de meses, cuando el padre Arthur Scott colocó la última de sus falsificaciones en Louisiana, alguien se dio cuenta de que aquello era sospechoso. Miraron un par de donaciones anteriores, intercambiaron mails con colegas de otras instituciones y descubrieron lo que, en el fondo, debió de hacerles muy poca gracia: que el jesuita de marras lleva ¡20 años! tomando el pelo a museos de todo Estados Unidos. ¡Y nadie se había enterado! La historia me gusta por tres motivos. Primero, porque un tipo que se disfraza de cura siempre me caerá bien. Segundo, porque demuestra que en el mundo del gamberrismo artístico había vida mucho antes de que llegase Banksy. Y tercero, porque en el museo donde se ha destapado el pastel ya están preparando una exposición con las falsificaciones detectadas. Se titulará "¡Dime que no es falso!" y, por lo que he leído, tienen pensado invitar al misterioso padre Arthur Scott a la inauguración. Ojalá vaya: la ironía de que un jesuita falso participe en un evento que desacraliza la obra de arte original me parece sencillamente genial, digna del mejor Buñuel.

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09 noviembre, 2010

No somos nadie (XVII). Los cojones bien puestos de Santiago Sierra.

El jueves pasado, 4 de noviembre, el Ministerio de Cultura anunció que concedía el Premio Nacional de Artes Plásticas a Santiago Sierra. El viernes, sólo 24 horas más tarde, Santiago Sierra decía tururú. No lo quería. Ni quería el prestigio, ni quería los 30.000 pavos. Pero sobre todo no quería vender su arte a los poderosos. Más bien todo lo contrario: Santiago Sierra es un señor que se levanta todos los días con el sano propósito de tocarle las pelotas a todos esos políticos, banqueros, advenedizos culturales y demás indeseables que van de un lado a otro en coche oficial. En su página web hay un completo registro de los agravios que perpetra contra la autoridad. Pero si hay que escoger yo me quedo con una acción: cuando en 2003, Sierra cerró el pabellón de España de la Bienal de Venecia y dijo que allí sólo entraban los españoles. Ni medios de comunicación, ni políticos italianos, ni Dios: solo españoles con el DNI en regla. Y cuando los periodistas extranjeros protestaron, les dijo que él únicamente les estaba privando de visitar un lugar, no de pensar. Maravilloso. Ahora, aplicando una coherencia absoluta, Santiago Sierra ha pegado una patada en el culo del sistema que intentaba fagocitarlo. En la carta que ha escrito a la ministra González Sinde dice: "El estado no somos todos. El estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio". Al lado de esta demostración de integridad es inevitable pensar que todos los demás somos unos conformistas. O lo que es lo mismo: que no somos nadie. ¡Bravo, Santiago!

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25 octubre, 2010

No somos nadie (XIII). Dave, Nick y Mat.

Ser o no ser alguien, qué gran asunto. A veces la distancia entre un extremo y el otro de la existencia es maravillosamente caprichosa. Dave, Nick y Mat lo saben muy bien. Hace once años, estos tres mindundis estaban de pedo en un bar de Londres y vieron a un tipo que podría ser alguien. De hecho, pensaron que podría ser un futbolista. Un futbolista famoso: Dennis Wilson. Borrachos como cubas, se pasaron un buen rato mirándole y debatiendo entre la posibilidad de que fuese o no fuese. Y finalmente decidieron preguntarle. "Disculpe, ¿es usted Dennis Wilson?". El otro negó con la cabeza: no, no lo era. No era nadie. O más bien sí, era alguien, pero no ese alguien que ellos pensaban que era. "Soy Damien Hirst", les dijo. "¿Damien Hirst?", contestaron ellos, "¿y ese quién es?". "Un artista". Tanto Dave como Nick y Mat eran bastante legos en arte contemporáneo, y por eso se tomaron al desconocido por un paria. Más chulos que un ocho, le retaron a que les hiciese un retrato. Y el tal Damien Hirst les dibujó con caras de idiotas. Un boceto lamentable, sin duda, producto de la borrachera. Pero eso no es importante ahora. Lo fascinante de la historia es que Damien añadió un detalle prodigioso: sus nombres. Dave, Nick y Mat. Con este sencillo gesto les otorgó el don la existencia: once años después, los tres aparecieron en todos los medios porque el garabato en cuestión salía a subasta. Se ha vendido por 300 euros: una nimiedad comparado con el milagro de haber pasado a ser alguien.

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21 mayo, 2010

Curiosidades de una tesis. Entre el confort de Europa y la exuberancia de África.

El eslogan.
El eslogan de este cartel siempre me ha llamado la atención por lo explícito. Está todo ahí, no deja lugar a dudas: entre el confort de Europa y la exuberancia de África, entre occidente y oriente, ahí está España, esperando al turista.
Aunque no todos estemos de acuerdo con esa posición de marginados (o “en los márgenes”, si lo decimos en jerga más moderna) de nuestro país, no se puede negar que se le ha sabido sacar provecho. Pero hete aquí que el tan traído y llevado Spain is different no es ni mucho menos –ya le gustaría– invención de Fraga. Aunque su origen se podría poner en los relatos de los viajeros románticos, fue en el 98 cuando cristalizó como problemática intelectual y literaria, para encontrar finalmente su primer uso en marketing turístico ya en los años 20.
Lo que me deja sin palabras es la falta de pudor. ¿Que nos dicen que Europa empieza en los Pirineos? ¡Y a mucha honra! No nos da vergüenza ninguna declararnos medio africanos; pero, eso sí, disponemos de todas las comodidades que el viajero civilizado naturalmente necesita, pues hombre, faltaría más.

La foto.
No dejan de fascinarme esas imágenes turísticas en las que se ve un monumento histórico a los pies del cual, indefectible, un automóvil aguarda. ¿Simplemente un coche aparcado, el del fotógrafo quizás? En cualquier caso, no se puede pensar que su presencia ahí sea casual. Es demasiado conspicuo, tanto por el contraste que marca con respecto al edificio histórico como por la total ausencia de más seres (vivos) aparte de él.
Para ilustrar esa dualidad de conceptos (africanismo + confort = España) que proclamaba el eslogan, las guías de viaje se van a llenar de dos tipos de imágenes: unas, evocadoras de la larga historia del país, van a consistir en fotos de monumentos y edificios singulares vaciados de vida, para intensificar esa sensación de eternidad. Las otras, ensalzadoras del progreso, van a ser básicamente fotos de coches y carreteras. Y a veces, en una sola foto, como en esta, se mezclan las dos tipologías. Alucinante.

Lo que hizo el franquismo del desarrollo sólo fueron actualizaciones. Del eslogan, con bastante menos brillantez retórica, todo hay que decirlo: “España progresa pero conserva su encanto de los viejos tiempos”. De la idea del confort europeo, con bastante menos nivel tecnológico. Porque el símbolo del progreso, me temo, no pasa a ser otro que el bikini.




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22 marzo, 2010

Curiosidades de una tesis. El culto al sol.


No es extraño que en 1940 (¡1940!) se esté anunciando ya tan claramente el turismo de playa. Sin duda, el famoso “boom” de los sesenta no empezó en los sesenta sino mucho antes. Lo que sí me parece absolutamente sorprendente de este cartel es el color tan oscuro de la piel de esa nórdica (porque aunque la sombrilla la tapa no dudamos que debajo hay una rubia) y sus hijos. El moreno está tan exagerado que hasta parecen negros, y eso, ¡en un cartel editado en plena represión franquista! Si me preguntan, hubiera jurado que la manía de ponerse morenos en verano era algo bastante moderno.

El culto desmedido al sol que se ha generalizado en los últimos tiempos y que vino impuesto por un nuevo modelo de belleza (femenina, se entiende, porque al hombre no se le obliga a estar siempre guapo) empezó tan pronto como los años 20. Al parecer, en la época del cabaret las clases altas (que son siempre las clases guapas) empezaron a no rehuir las caricias de los rayos uva. Un tono convenientemente oscuro de piel le daba a una mujer naturalidad, espontaneidad, juventud. Se ha manejado incluso la hipótesis de que se buscase una proximidad estética a las mujeres negras, por aquello de la sensualidad que supuestamente les es característica –de ahí, el tono exageradamente oscuro de la piel de nuestra sueca.
Ese culto al sol será uno de los factores que influyan en el progresivo desplazamiento del turismo nórdico de las costas que le son propias a las más cálidas del Mediterráneo. Paradójicamente, ese desplazamiento hacia las costas del sur hará que el foco de interés se desplace del mar (el baño revitalizante, la contemplación romántica del horizonte) al sol y su traducción física: la arena. En nuestra imagen, la sueca/negra reposa sobre una arena rabiosamente dorada que lo desborda todo como una gran fuente de luz y calor, reflejo de ese gran sol del que la sombrilla la protege.

Por cierto que la playa también acabará finalmente siendo desplazada por la piscina, la cual dispone de la misma cantidad de sol, y además es mucho más cómoda e higiénica. Y de nuevo, paradoja: cuando la playa, con su situación geográfica específica y su carácter local propio, pase a un segundo plano, entonces los diversos destinos vacacionales empezarán a ser intercambiables. Me da igual si el lugar donde está mi combinación de "sol-hotel con piscina-vistas al mar" se llama Tenerife o Chipre. Ese sol que España promocionó tanto durante el boom será el responsable de que finalmente España sea abandonada en favor de otros destinos igual de soleados, y mucho más baratos.

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26 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XVIII). Ciegos.

El pedante que llevo dentro hace que sienta debilidad por los retratos de gente ciega. Si hacer fotografías ya es un acto de vouyerismo, hacérselas a un ciego es el colmo. Supone mirar sin ser visto, impunemente, y encima de cerca. Para mí, hacer fotos como ésta de Paul Strand es una manera de reflexionar sobre la propia fotografía, una especie de paja mental con la cámara al hombro. Creo que cuando alguien retrata a un invidente, en el fondo se está preguntando por qué carajo le ha dado al botón, qué le mueve a robar el aspecto del mundo, por qué anda coleccionando imágenes cuando hay otros que ni siquiera saben lo que es una imagen. A partir de aquí es inevitable ponerse denso y pedante, espero que se me disculpe. La mirada frente a la negación de la mirada, "ver o no ver", ésa es la cuestión. O mejor dicho: "verse o no verse". ¿Por qué iba un ciego a encargarse un retrato? ¿Tiene sentido el espejo en casa de Borges? Supongo que no soy el único que se hace estas preguntas, porque los retratos de gente ciega o tuerta son bastante frecuentes. El de Paul Strand es el más famoso, pero cualquiera que pinche en "leer más" podrá ver otros que también están entre mis favoritos. Lo de llegar a alguna conclusión ya lo dejo para que cada uno se lleve el dilema a la cama.

De izquierda a derecha:

  1. Borges, por Diane Arbus.
  2. Abel, por Pierre Gonnord.
  3. La Celestina, por Picasso.
  4. El enano Gregorio, por Zuloaga.


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24 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (XVI). George Grosz y Max Hermann Neisse.

Durante años he sentido curiosidad por este retrato. En parte, porque a todo el mundo le llama la atención una chepa. Pero también porque me cuesta imaginar la historia que hay detrás. ¿Qué pasó? ¿Por qué un tipo tan deforme dejó que le pintasen con tanta crudeza, sin asomo de benevolencia? Un cuadro no es lo mismo que una fotografía, se tarda más en pintarlo y el modelo puede echarse atrás. Cuando Diane Arbus fotografiaba a sus frikis, por ejemplo, sólo era cuestión de un segundo, click, la foto se hacía en un plisplás y no había opción al arrepentimiento. Pero este cuadro tardó semanas en estar listo, probablemente meses. Es evidente que el modelo quería ser visto así, quería que nosotros contemplásemos su joroba y su falta de proporciones. ¿Por qué? Porque estaba de moda. En la pintura alemana de los años veinte hubo un movimiento conocido como Neue Sachlichkeit, Nueva Objetividad, que buscaba precisamente eso, la representación de los cuerpos en toda su materialidad, sin tapujos y con pelos, casi siempre con una fidelidad cercana a lo grotesco, a la caricatura. Los pintores y los filósofos estaban hartos, el ser humano y la sociedad alemana sólo les inspiraban escepticismo y burla. En este contexto, la unión de George Grosz (el retratista) y Max Hermann Neisse (el retratado) era inevitable, un all stars del mal rollo. El uno se había especializado en cuadros que ridiculizaban a los alemanes, y el otro era un escritor-poeta-filósofo tan deforme que no necesitaba ser caricaturizado, el chiste venía de fábrica. Pero... ¿hasta qué punto exageró George Grosz cuando le pintó? ¿Hasta qué punto fue realmente "objetivo"? Quien quiera averiguarlo sólo tiene que pinchar en "leer más", porque he colgado una foto donde se ve cómo era Max Hermann al natural.

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10 febrero, 2010

Con un seis y un cuatro (VI). Lucian Freud con el ojo morado.

Si alguno de los improbables lectores de este blog todavía piensa que el arte es arrebato, vísceras y dolor, hoy encontrará motivos para seguir creyéndolo. Esta tarde se subasta en Londres el Autorretrato con ojo morado de Lucian Freud y mi sexto sentido me dice que está a punto de forjarse una leyenda parecida a la de la oreja (amputada) de Van Gogh. La historia, contada por el actual propietario del cuadro, tiene todos los ingredientes. Todo ocurrió el día en que este señor quedó con Freud para que le pintase un retrato. La cita era en el estudio y el pintor tomó un taxi para llegar, pero mira tú por dónde en el camino se interpuso la proverbial impetuosidad de los artistas y nuestro amigo se enzarzó en una pelea con el conductor. ¿Motivo de la disputa? No importa, la leyenda se encargará de inventarlo. El caso es que el genio incontrolado del pintor debió de apabullar al pobre taxista, y como éste era un ser más prosaico no se le ocurrió otra cosa que corresponder con una hostia. Pum, directa al ojo, ay mi Lucian. Siguiendo con la versión del señor que estaba esperando para ser retratado, Freud apareció por el estudio hecho un basilisco, agarró los pinceles y le dijo que se fuera a tomar viento, que esa tarde al único que iba a pintar era a sí mismo, herido. Y con un seis, un cuatro y un poco de morado le salió este autorretrato. Luego, para compensar por el feo, le regaló el cuadro al señor plantado, que si bien lo guardó en secreto durante treinta años, ahora se ha encargado de dar pistoletazo a la leyenda antes de venderlo, a ver si con eso saca más pasta. Supongo que se forrará, pero eso es otro asunto; lo importante es que hoy ha nacido un mito y más de uno babeará al enterarse. Estoy seguro.

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