El otro día fui a Lavapiés a ver un montaje de teatro que se titulaba El vuelo del ahorcado. La obra estaba bien, era joven y los actores resolvían con naturalidad admirable. Sólo por eso ya fue una velada aprovechada. Pero el texto tenía un problema de base que a mí, personalmente, me impidió darle el sobresaliente. Resulta que "el vuelo del ahorcado" al que aludía era, más o menos, una metáfora sobre la liberación de las ataduras. Si "vuelas" -parecía querer decir-, te "liberas"; si no, te quedas colgado (y muerto). Matrimonios, obligaciones laborales, compromisos varios, todo eso no son más que sogas que nos cortan las alas. ¡Uf! La idea me habría encantado cuando tenía 17 años, pero ahora soy más disciplinado y me muero de gusto cuando me echo una responsabilidad encima. "Volar", en el sentido más cursi de "abandonarme a la improvisación", ya no es un concepto que me haga dar palmas con las orejas. Quizás por eso, cuando el otro día pusimos en casa El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, no me emocioné como en los noventa. La película me trajo buenos recuerdos, claro, me hizo acordarme de todas aquellas veladas literarias de cuando iba a la universidad y sentía que estaba bebiéndome la vida por los poros. Pero confieso que también me sonrojó con su forzada poética. ¿Me he vuelto aburrido o es que ahora tengo una sensibilidad más exigente? Supongo que un poco de las dos cosas. Pero apelando a esa poca y refinada sensibilidad que me queda, aunque sólo sea en nostálgico homenaje a aquellos años más inocentes, ahí va un momento mítico de la peli.
14 junio, 2011
On the air (XVIII). Ajustando cuentas con el lado oscuro de mi pasado.
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04 abril, 2011
Anuncios que dan mal rollo (y III). El doctor Chams.
Cuando era niño lo que más miedo me daba del mundo mundial era que se colase en mi cuarto el zombi de La casa al lado del cementerio. El Doctor Freudstein, que así se llamaba, era un monstruo manco y sin ojos que utilizaba los cuerpos troceados de sus víctimas para regenerar sus propias células sanguíneas y garantizarse una vida eterna. Yo vi la película en casa de mis tíos y me pasé cuatro años sin pegar ojo, hasta que alguien me explicó que en la vida real no existen doctores así y pude volver a dormir. Desde entonces han sido veinte o treinta años de paz y sueños (casi) plácidos. Pero mira tú por dónde, hace algunas semanas me topé con este anuncio en EL PAÍS y he vuelto a tener pesadillas. Por mucho que haya cambiado, sé que este señor es el Doctor Freudstein. A mí no me engaña, aunque se haya cambiado el nombre y se haga llamar Doctor Chams. Es él, lo sé, el monstruo de La casa al lado del cementerio. Sigue buscando la inmortalidad pero ahora se ha sofisticado: ha dejado de ser tuerto, se ha puesto una mano de plástico y ha sustituido el hacha carnicera por la asepsia de la jeringuilla. Pero, como digo, en esencia sigue siendo el mismo doctor obsesionado por conseguir la vida eterna. En foros de internet he leído que el Doctor Chams hablaaaa estirandooo las palabraaaas y que cobra 1500 euros por clavarte la jeringuilla en la frente. Con el descubrimiento ha regresado, intacto, ese terror de mis ocho años que creía haber superado: el miedo a cerrar los ojos por la noche y sentir el escalofrío de las gotas de la jeringuilla cayendo sobre mis párpados. Uf, qué mal rollo...
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17 febrero, 2011
Murcia da miedito (I). La Dama de Shanghai.
Orson Welles vino por primera vez a España en 1933 y acabó enterrado en Ronda. Le chiflaban los toros. Pensaba que una corrida era una tragedia en torno a la pérdida de la inocencia del animal, en torno al sacrificio de su "perfecta virginidad". Quizás por eso, cuando en 1947 escribió La Dama de Shanghai, pensó en nosotros. El protagonista Michael O'Hara tenía que arrastrar un turbio pasado; tenía que haber perdido la inocencia y estar atormentado por ello. Welles debió de acordarse de esos toros virginales a los que había visto morir heroicamente en nuestras plazas y decidió hacerles un guiño. Convirtió a Michael O'Hara en un personaje arrepentido por haber matado a otro hombre, y ubicó en España el asesinato. Más concretamente... en Murcia. De este modo, aunque La Dama de Shanghai no tiene nada que ver con nosotros, Murcia pasó a ocupar un inquietante lugar en el imaginario colectivo de los cinéfilos de todo el mundo. Se convirtió en un remoto lugar de envilecimiento: un lugar donde los hombres dejan de ser hombres y se convierten en asesinos. La censura de Franco lo cambió en el doblaje, pero aun así... ¡qué miedito!
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24 enero, 2011
No somos nadie (XXVII). Val del Omar y el empeño de filmar a Dios.
La religión mola, no entiendo por qué no está considerada algo cool. En mi universo plástico personal siempre ha habido lugar para Dios, el clero o el tremendo filón estético que supone el catolicismo. Y siempre he lamentado que las revistas de tendencias no reserven un hueco para el santoral o la moda vaticana. Por fortuna, no todo está perdido. Este 2011 ha comenzado para mí con el hallazgo de un espíritu afín, un hermano, un compañero de inquietudes: José Val del Omar. Un señor que hace cincuenta años tuvo el sentido común de conciliar tecnología y cristianismo. Lo cual, si lo piensas, es como si ahora alguien te dice que la manzana de Apple no está tan lejos de la manzana del Antiguo Testamento. En la gris España del franquismo, José Val del Omar vivía obsesionado con inventar los mecanismos adecuados para filmar a Dios. ¡Sin renunciar a la vanguardia! Desde el punto de vista técnico, sus cinegrafías eran cortometrajes experimentales, rodados con los cachivaches que él mismo diseñaba y concebidos como experiencias sensoriales absolutas. Una especie de 3D avant la lettre. Pero desde el punto de vista antropológico funcionan también como testimonio del lugar que Dios (y el miedo a Dios) ocupa en nuestro ADN cultural. Más o menos, lo que viene a decir es que en este país no somos nadie sin catolicismo. Para suscribirlo me he apropiado de Fuego en Castilla, la segunda parte de su Tríptico Elemental de España, "una tactilvisión del páramo del espanto". ¡Que Dios nos pille confesados!
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18 enero, 2011
No somos nadie (XXVI). Canino, mejor película de 2010.
Mi película favorita de 2010 ha sido Canino, de Giorgos Lanthimos. Una fábula sobre la fragilidad del ser, sobre lo complicado que es mantenerte fiel a ti mismo. A partir de un planteamiento tan simple como el de una familia aislada en una casa donde no entran estímulos del exterior, Lanthimos lanza una pregunta al aire: ¿qué factores influyen en que seamos como somos? O mejor: ¿cómo afectan las cosas del mundo a nuestra personalidad? La película no parece llegar a ninguna conclusión, pero yo sí que llego. Después de ver lo que pasa con estos personajes creo que nuestra permeabilidad al entorno es tan infinita y caprichosa que cualquier ilusión de ser alguien es un disparate. No somos nadie. Somos millones de cosas y en el momento menos pensado dejamos de serlo. Somos un puzzle donde la canción escuchada de refilón cuando íbamos en el metro se mezcla con el libro favorito de tu padre, o con el episodio de El ala oeste que vimos anoche. El momento más espeluznante de Canino es cuando descubres el efecto que una simple película de los ochenta puede tener sobre una persona que la ha visto. ¡Como para tomarse el zapping a broma!
OJO: El vídeo es un tremendo spoiler. Quien avisa...
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24 mayo, 2010
No somos nadie (X). Io sono l'amore, sexo cósmico y el escarabajo pelotero.
Desconfío de las escenas de sexo porque casi todas me parecen tópicas e innecesarias. Hay pocos directores capaces de contar algo nuevo con la secuencia de dos personas haciendo el tiki tiki. Quiero pensar que uno de ellos es Luca Guadagnino, autor de Io sono l'amore, pero no estoy seguro. La película tiene uno de los polvos más perturbadores que recuerdo haber visto. Un polvo cósmico: dos personajes retozando en mitad del monte mientras a su alrededor pululan los insectos. Planos cortos de pedazos de piel, libélulas, ombligos y escarabajos peloteros. El amor como parte de un mecanismo universal que hace avanzar el mundo, lo mismo a las moscas que a los humanos; no somos nadie, sólo un pedazo de instinto que se revoluciona en primavera y se aletarga en invierno. Me gustaría creer que eso es lo que quería contar Luca Guadagnino, obsesionado como ando por encontrar manifestaciones de Lo Sublime. Pero, como siempre me pasa, también sospecho que a lo mejor no es así. A lo mejor Luca Guadagnino es romántico en el mal sentido de la palabra y cree que el amor es un sentimiento redentor que sirve para vender colonia. De hecho, ahora que lo pienso, el polvo de su película tiene mucho de anuncio de perfume, como los que hace Isabel Coixet. Pero, como digo, mi problema es que desconfío de las escenas de sexo.
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15 mayo, 2010
No somos nadie (VII). Fish Tank.
"Life's a bitch and then you die, that's why we get high". Así de cortarrollos termina Fish Tank: con esta frasecita rapeada en el estribillo de una canción de Nas mientran suben los créditos en la pantalla y tú no puedes ni moverte. Acabas de aprender que, en algunas regiones de Inglaterra, una cría de 16 años ya es demasiado vieja. Que a partir de este momento empezará a chuzarse con ginebra barata y a buscar hombres que dejen olor a macho en su sofá mugriento. La película, dirigida por una protegida de Lars Von Trier, Andrea Arnold, me ha impresionado porque encuentra un equilibrio insospechado entre lirismo y crudeza, entre cine documental y delicadísimos trazos de poesía. La parte realista viene dada por detalles como que está protagonizada por una choni de verdad, Katie Jarvis, una chavala a la que encontraron de chiripa en una estación de tren cuando estaba teniendo una bronca con su novio; un pedazo de rabia adolescente en estado puro (y chándal) que ni siquiera era actriz antes de salir en el 97% de los planos de la película. El toque sensible lo da haber rodado con luces rasantes y, sobre todo, no tener miedo a la metáfora. Con una yegua anciana y un California Dreaming ya se puede contar qué siente una chavala cuando comprende que no es nadie. Cuando descubre que si al pez lo sacan del estanque... se muere.
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08 mayo, 2010
No somos nadie (I). El gran éxtasis del escultor Steiner.
Soy un cobarde, me asusto con facilidad, creo en el miedo. Por eso me gusta Werner Herzog. Me gusta que haga películas sobre acochinarse frente al horizonte o echar a correr cuando estalla un trueno. Me identifico con esa sensación tan humana de intuir que eres una mierda, que no pintas un cojón, que si Dios o un oso Grizzly estornudasen te irías al carajo. Frente al super hombre, yo creo en el hombre superado. El hombre derrotado. De Herzog admiro que haya filmado una y otra vez esta idea, que se empeñe en demostrarnos que somos poca cosa. Lo hizo en mi admiradísima Grizzly Man, lo hizo en Encuentros en el fin del mundo y lo hizo en otras mil pelis. Pero yo me quedo con El Gran Éxtasis del Escultor Steiner, la última peli que vi de él. Si hemos de filmar las limitaciones del hombre frente a la naturaleza... ¿qué mejor historia que la de Ícaro? En 1974, Herzog filmó a un esquiador que desafiaba a la gravedad sin alas, sólo con dos esquíes de madera. Para ello utilizó una cámara de alta velocidad que eternizaba los movimientos y sacaba una belleza insospechada del vértigo. De fondo, el hombre como intruso en el bosque; en primer plano, un tipo que se juega el pellejo por diez o quince segundos de vuelo; y en el sofá de casa, espectadores morbosos por si acaba descalabrado. Es, sin duda, lo más sublime que he visto en mucho tiempo.
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23 marzo, 2010
Un Profeta: el placer (y el horror) de ver crecer un bigote.
Primera lección de cualquier manual del buen guionista: "para que la historia funcione, el personaje tiene que evolucionar desde un punto A a un punto B". O sea, aprender. Descubrir facetas de su personalidad que no sabía que estaban ahí. Mirar a ver qué lleva debajo de los pantalones o dentro de su corazón. La regla se aplica en todas las películas, pero no siempre con la misma solvencia. Es frecuente, por ejemplo, el truco de que el protagonista asista a una revelación final, que vea la luz en la última secuencia y diga ay, cómo he podido estar tan equivocado. La opción clásica: golpe, porrazo y fin. Frente a esto, yo prefiero mil veces asistir a la lenta y dolorosa formación de una conciencia. Como ocurre en El Profeta, la película francesa de la temporada, la que arrasó en los César franceses, la que se llevó el Gran Premio del Jurado de Cannes, la que perdió en los Oscars frente a El secreto de sus ojos. El director Jacques Audiard construye aquí un personaje que envejece, sufre y se vuelve sabio delante de la cámara, con un bigote que crece al mismo ritmo que las cicatrices. Un hombre que ha matado, con lo difícil y traumático que esto es, con lo que cambia el asesinato al asesino. Malik El Djebena, que así se llama el chaval, cruza el límite de la ficción y te salpica con la verosimilitud de su historia. He ahí la clave, entonces: en que al final parece que no estás viendo una película, de tanto como impresiona; en que no se nota el guión.
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13 febrero, 2010
Con un seis y un cuatro (IX). Manhattan, por Woody Allen.
Tres minutos y treinta y seis segundos. Todo ese tiempo dedicó Woody Allen a retratar su ciudad en el arranque de Manhattan (1979). La ciudad sin excusa, a bocajarro. Ni rastro de actores ni de personajes ni de historia, sólo ella, qué chulería, rascacielos a palo seco y porque sí, con nieve o fuegos artificiales, con basura en las calles, con obreros que miran a las tías buenas y tias buenas que casi miran a cámara. Ni siquiera un rótulo: el título de la película en un luminoso de Broadway, no podía ser de otra forma. ¡Manhattan, Manhattan, Manhattan! Y de fondo la voz del propio Woody Allen ensayando descripciones: "Capítulo uno. Adoraba Nueva York, la idelizaba de forma completamente desproporcionada". Recuerdo que la primera persona que me dio una clase de cine proyectó estos tres minutos y treinta y seis segundos en el aula de cultura de CajaMurcia y dijo: "chicos, esto es cine". Y con ello marcó el rumbo de mi evolución sentimental, estética y hasta vital. Han pasado quince años y todavía sigo queriendo imitar esos tres minutos y pico, todavía sueño con rendir homenajes como ése a las ciudades donde vivo o aprendo idiomas, donde envejezco y me hago heridas. Si tuviera que escoger una de las diez secuencias que más me han impresionado en toda la vida, escogería ésta.
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03 febrero, 2010
Quinta de las cinco razones por las que amo MAD MEN.
Porque hay un cura.
Si pones a dos personajes, chico y chica, a que hablen sobre lo que hicieron ayer antes de irse a la cama, tienes una conversación convencional. Pero si el chico, además, es cura, entonces ya tienes material dramático de primer orden. La lección aprendida con el padre Phil Intintola en los Soprano (que calienta, y de qué manera, la moral de la pobre y abandonada Carmela) se aplica de nuevo en Mad Men con el Padre Gill. Un cura guapo, listo y perfumado que lleva a las jovencitas de paseo en el coche y que toca la guitarra para no tocarse a sí mismo. Como devoto admirador de La Regenta que soy, siento debilidad por la combinación de alzacuellos y gomina. Siempre que un cura se encierra con una muchacha pienso que por muchos padrenuestros que se recen y por muchas lecciones morales que se impartan con el dedo tieso, debajo de la sotana hay músculos y pelo. Por eso, cada vez que el padre Gill sale en un episodio de Mad Men para hacer cosquillas a la pobre Peggy en la conciencia, me levanto del sofá y aplaudo (¡bravo!), sintiendo que esta serie está hecha para gente como yo, lo suficientemente católica y lo suficientemente retorcida como para disfrutar con estas cosas.
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02 febrero, 2010
Cuarta de las cinco razones por las que amo MAD MEN.
Porque reinventa los años 60.
En Mad Men no se escuchan canciones de los Beach Boys, pero uno tiene la sensación de que aquí hay más años 60 que en un millón de partidas de ping pong de Forrest Gump. Esta serie ni siquiera pone un empeño significativo en mostrar los grandes acontecimientos de la época, las revueltas raciales, la victoria de Kennedy, la llegada del hombre a la luna o las putadillas entre rusos y americanos. Eso son sólo noticias de telediarios en blanco y negro, comentarios en el ascensor. Los 60 de Mad Men consisten en creer que fumar no produce cáncer, que beber whisky en el curro es más importante que ser puntual, que la basura se tira al campo o que sólo las busconas llevan bikini. El reverso tenebroso del sueño americano, sin nostalgia: es como dar la vuelta a un disco de los Beatles y que empiece a sonar la Velvet. Encima, además de mostrar esa realidad olvidada y ponértela delante de las narices para que te revuelvas en el sofá, Mad Men enseña cómo se forjó la mentira que la edulcoró, cómo nacieron los tópicos y los jingles que nos han hecho mirar atrás con cara de tontos, como la de Forrest Gump. ¡Fue la publicidad, estúpidos, y todos picasteis!
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01 febrero, 2010
Tercera de las cinco razones por las que amo MAD MEN.
Porque es sutil, muy sutil.
Mi amiga Ana dice que le encanta Mad Men porque es una serie donde "nunca pasa nada". Pero yo, desde aquí, matizo: no es que nunca pase nada, es que no se nota que pasa. Las grandes, enormes, universales tragedias de esta epopeya sexual aparecen disfrazadas de menudencias. No vienen masticadas con retórica explicativa ni trucos de guión grandilocuentes, sino que suceden en las esquinas del plano, detrás de las mamparas, con el volumen bajado y la luz tenue; mientras se cierra una puerta se derrumba un matrimonio, se enciende un cigarrillo y se hunde una empresa, detrás de una mirada indiferente hay un volcán, o una tumba, o el pánico. Por eso estoy publicando esta serie con la etiqueta de "cine", porque siempre he pensado que el toque de distinción de una buena película es precisamente ése, la sutileza, la habilidad para deslizar verdades o mentiras sin que el espectador se de cuenta, o sin que luego sea capaz de explicarlo. Cosas que no se pueden escribir en un guión porque no es posible decirlas, porque son silenciosas o secretas, se filman y ahí están, como la vida misma, delante de tus narices. Sin trampa ni cartón pero cerca, tan cerca que tienes que creértelas.
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31 enero, 2010
Segunda de las cinco razones por las que amo MAD MEN.
Porque es una serie sobre mujeres.
Las mujeres de Mad Men lloran desconsoladas cuando muere Marilyn Monroe y cuchichean cuando una vecina se divorcia. Fuman, montan a caballo, cuidan de los niños y no trabajan. O, si trabajan, están ahí sólo "para lubricar las relaciones entre los machos". La sensibilidad femenina (¿feminista?) que ya se intuía en Los Soprano con el personaje de Carmela alcanza en Mad Men cotas perturbadoras. Sí, la auténtica provocación de estos guionistas es haber sabido construir un variado -y velado- repertorio de psicologías femeninas a la sombra del gran falo que es Sterling Cooper. La mujer es víctima, objeto de deseo y espectadora del mundo masculino, pero también protagonista silenciosa de su liberación personal. Yo cuento tres grandes mujeres y a cada una la describo con una letra, por eso de ser breve. A la izquierda está Betty Draper, la esposa F (de Florero, de Frustrada, de Fidelidad). En el centro Joan Holloway, la secretaria C (de Cínica, de Competente, de Caza-maridos). Y a la derecha Peggy Olson, la redactora A (de Ambiciosa, de Atormentada, de Ambigua). Por mucho que Mad Men pase por ser la serie del macho Alfa, creo que no hay en ella tantos y tan complejos registros masculinos. Punto para las chicas.
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30 enero, 2010
Primera de las cinco razones por las que amo MAD MEN.
Porque es una serie de machos.
Por fin podemos dejar de ver documentales sobre la berrea del ciervo, ha llegado Donald Draper. Este señor de flequillo esculpido y camisas almidonadas es el único personaje de toda la historia catódica que no sólo se comporta como un macho, sino que de hecho huele a macho. Tratándose de un medio tan aséptico como la televisión, no deja de ser un prodigio. Cuando vemos dos, tres, cuatro o cinco episodios seguidos de Mad Men, en el salón de nuestra casa se queda flotando un ligero aroma a cigarrillos y a colonia Brummel, fresco pero tenuemente penetrante, con la dosis exacta de sudor y de alcoholazo. Así huele Don Draper. Así huele cuando sale del ascensor con el sombrero en la mano, cuando atraviesa el campo de batalla de las oficinas de Sterling Cooper, acechado por las hienas y por los demás machos, todos olisqueándose entre sí para ver cómo pueden arañarse un centímetro más de territorio, orinándose en los despachos, delante de un cuadro de Rothko. Así, así huele Donald Draper cuando hace el amor en una buhardilla, cuando se cuela en el tocador de señoras y le mete la mano por debajo de la falda a la millonaria con la que va a firmar un trato, cuando llega a casa, saluda a los niños y le da un beso casto a su mujercita. Olor a macho. Dolor de macho.
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22 enero, 2010
Mi familia es rara (II). La cinta blanca.
La cinta blanca es una de esas pelis que hay que ver cuando uno lleva mucho tiempo sin pasar por el confesionario. Después de contemplar este formidable despliegue de faltas, maldades, castigos y onanismos reprimidos, los pecadillos del espectador adquieren una insignificancia reconfortante que permite afrontar otros cuantos años de sequía confesional. ¡Qué saludable liberación! Además de eso, si nos ponemos serios, La cinta blanca también lanza una inquietante pregunta: ¿qué pasaría si una sola persona acumulase las dos facetas tradicionales del concepto "padre": la biológica y la espiritual? Para contestar, Haneke hace protagonista de su película a un súper padre, padre al cuadrado, cura y papaíto al mismo tiempo, que lo mismo te da de beber la sangre de Cristo en la iglesia que te deja sin cenar en el salón por haberte hecho una pajilla. Y todo eso con el ceño fruncido. El villano definitivo, qué miedo. Precisamente aquí reside el gran mérito de La cinta blanca, en haber logrado dibujar un Gran Mal cuyo poder y alcance son ilimitados: empiezan en el confesionario y ya no se sabe hasta dónde llegan. Según parece sugerir Haneke, esta paternidad hipertrofiada llega incluso a provocar las calamidades de la humanidad. Pero yo, como soy menos pretencioso, me conformo con que me quite las ganas de sentirme culpable. Ya lo dije al principio: pagar esta entrada equivale a años de confesión...
Artículo relacionado: Mi familia es rara (IV). Adalbert Trillhaase y Otto Dix.
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11 enero, 2010
Filmar el sonido (IV). Grizzly Man.
Desde los tiempos de Pitágoras hasta los de Mike Olfield, todo tipo de músicos, filósofos o místicos aficionados al yoga han manejado el concepto de "música de las esferas". Según he leído por ahí, la música de las esferas viene a ser algo tan difícil de precisar como el sonido que emite el Universo, glups, una gran sinfonía cósmica. Yo no uso quimono ni practico la meditación, pero la idea me parece razonablemente poética como para expresar el poder de sugestión que, a veces, tiene sobre nosotros la naturaleza. Y sólo por eso me voy a dar el gustazo de meter en esta serie el fragmento más estremecedor de Grizzly Man, una de mis películas favoritas. En esta cinta, el director alemán Werner Herzog utilizaba la historia de un ecologista al que se comieron los osos para contarnos que, en el fondo, los humanos somos insignificantes. Gracias a mi amigo Mikto Kuai he podido colgar el fragmento que me interesa. Timothy Treadwell, el ecologista, grababa diferentes planos falsos de sí mismo atravesando el bosque y luego los insertaba en sus documentales para que pareciesen más emocionantes. Cuando Herzog revisa el material descubre algo sobrecogedor: lo mejor del plano no es Timothy dando saltitos, sino la tremenda fuerza de la naturaleza en estado puro cuando a él no se le ve. O sea, la música de las esferas. Por desgracia, Herzog cometió el error de subrayar la importancia del momento con la banda sonora, un truco retórico que sobraba. Pero aun así pone los pelos de punta igual.
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10 enero, 2010
Filmar el sonido (III). Lisbon Story.
Hay varias maneras de aproximarse a Lisbon Story. Una es considerar que la película de Win Wenders no pasa de ser un videoclip de dos horas de Madredeus. Y otra es tomar todo el proyecto como un homenaje al sonido en el cine. Ésta es mi interpretación. A partir de la historia de un Quijote que ha sustituido la lanza por una pértiga, creo que Win Wenders filma su particular Cantando bajo la lluvia. Por eso yo quemaría las secuencias en las que Madredeus interpreta su música, filmadas con una repelencia irritante, y dejaría sólo la epopeya del cazador de sonidos. Arriesgar la vida por grabar el ruido de un tranvía, qué bonito. Filmar ese compromiso me parece una conmovedora manera de decir "yo amo el cine", aunque al final el tipo acabe enamorándose de Teresa Salgueiro.
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20 diciembre, 2009
Ich bin ein Berliner. Dama decimonónica.
El otro día vimos El Gatopardo en casa y me gustó tanto que tenía que hacerle algún tipo de homenaje. Por eso cuelgo esta foto. Para cualquiera de los mortales, esta señora va vestida de época. Pero para un observador tan refinado como Luchino Visconti seguro que cabría hacer mil matices y alguna puntualización extra. Su adaptación de la novela de Lampedusa me gustó, sobre todo, porque la sociedad del XIX aparece retratada con fidelidad documental, como si se hubiese llevado las cámaras a 1850 y hubiese filmado los bailes, las misas, los cortejos y los formidables banquetes tal cual estaban teniendo lugar en aquella Sicilia polvorienta. Meticuloso y maniático legendario, Visconti no sólo saca la pompa del pasado, sino también el sudor y el aburrimiento del protocolo. Como ya he contado más de una vez, yo me cortaría una falange del dedo izquierdo si pudiese darme una vuelta por ese mundo de tafetán y miriñaques. Pero como no puedo, me conformo con ver películas como El Gatopardo, leer libros como La Regenta y hacer fotos de simulacros como éste. Para ver el vals de la película sólo hay que pinchar en "leer más".
Artículo relacionado: Somos débiles. El siglo XIX en el Prado.
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18 diciembre, 2008
Il Divo.
En la facultad me inculcaron un prejuicio que no he podido quitarme de encima: que los planos secuencia molan. Sé que es mentira, que el virtuosismo no debería confundirse con la calidad, pero aun así pico y dejo que se me caiga la baba cuando directores como Paolo Sorrentino planifican secuencias complicadísimas en cintas como Il Divo. Montar una cámara en una grúa y conseguir que se mueva como una bailarina por un decorado lleno de actores cuyos diálogos, miradas y movimientos forman parte de una coreografía sutilísima es, cuanto menos, admirable. Y lo mismo pasa cuando consigues que dos actores suelten sendos monólogos, uno detrás del otro, sin que nadie grite corten. Aunque sólo sea por la de veces que tienen que haberlo ensayado. En este sentido, Il Divo ha satisfecho de sobra mi cinefilia tontorrona, esa parte de mí que disfruta quedándose con la boca abierta delante de la pantalla. Para saber cómo ha complacido al intelectual sensible y refinado que también llevo dentro, entonces hay que ir a Sindrogámico.
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