31 mayo, 2011

On the air (X). Gatos, liebres y la publicidad en el museo.

Si hay una cosa que me divierte en el mundillo del arte es el desparpajo de los comisarios a la hora de metértela doblada. Basta con quitar la etiqueta donde ponía "gato" y colocar otra donde ponga "liebre", y todo el mundo a comulgar con ruedas de molino. Ayer mismo, por ejemplo, se inauguró una exposición de PhotoEspaña con retratos a la encáustica de hace dos mil años. Te dicen que son "las primeras fotos de carnet" de la historia y te los colocan en la principal feria de fotografía de España. Qué morro. El fenómeno se repite tan frecuentemente que cuando alguien va con la verdad por delante se agradece. Es lo que pasa con el vídeo que Richard Phillips va a presentar el sábado que viene en la Bienal de Venecia: no pretende ser liebre, no engaña a nadie: es gato, y a mucha honra. O mejor dicho: no es tanto "arte" como "publicidad". Phillips, famoso por pintar retratos de petardos pop, se ha desmarcado ahora con un vídeo de Lindsay Lohan al más puro estilo Herb Ritts. El vídeo ha sido seleccionado para la feria veneciana por POST, "la primera revista creada exclusivamente para el iPad", como parte de un proyecto sobre publicidad y arte llamado Comercial Break. Y a mí, que siempre he sido fan de los anuncios de colonia, me encanta. Me recuerda a una campaña maravillosa que Ritts hizo para Levi's, allá por los primeros noventa, en que se veía a un montón de modelos volando por el aire. Adjunto los dos vídeos para demostrar que esto sí pertenece a la misma familia, no como los retratos del arqueológico y PhotoEspaña. ¡Que tomen nota los comisarios!

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19 mayo, 2011

On the air (IX). Calder, Antonio de Felipe y mi secreto conservadurismo.

Me gusta curiosear en las fotos de las casas de la gente porque las sorpresas que encuentro siempre me dan qué pensar. En la contraportada de EL PAÍS del 8 de mayo, por ejemplo, descubrí que Paolo Vasile tiene un libro de Antonio de Felipe en su despacho. Y cuatro meses antes, en el ¡Hola! del 12 de enero, observé que Elena Benarroch tiene un Calder en su salón. El amigo de Berlusconi y la amiga de Felipe González, cada uno con su gusto artístico a la vista del mundo entero. ¿Cómo resistirse a tomar partido? ¿Quién tiene mejor gusto, el responsable de la telebasura en España o la peletera más progre de la prensa rosa? A bote pronto yo me quedo con Benarroch. O sea, con Calder frente a Antonio de Felipe. Pero si lo piensas un poco, las filosofías estéticas de uno y de otro no están tan lejos como cabría suponer. Los dos operan una suerte de infantilización del arte, el primero evocando los móviles que se ponen encima de las cunas y el segundo con cuadros de Bart Simpson. Y además, los dos son súper decorativos. ¿Por qué, entonces, prefiero a Calder? Confesemos la verdad: porque por mucho que vaya de punki, en realidad soy un conservador. Las esculturas en el aire de Calder, tan quietecitas y silenciosas, me transmiten una impagable sensación de calma. Y, sin embargo, los cuadros de Antonio de Felipe petardean con algo muy, muy serio: las portadas de mis discos favoritos. Y eso, claro, me escandaliza. ¡El bebé de Nevermind con un pez de Disney! ¡Carpanta en el Three Imaginary Boys! ¡Oh, Dios, me he hecho mayor!

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18 mayo, 2011

On the air (VIII). La Trompeta de Jericó.

Lo mejor de Expiación, la polémica novela de Ian McEwan, son los pasajes que explican por qué el ataque de un avión Stuka era lo más jodido que te podía pasar en la Segunda Guerra Mundial. Cuando leí el libro yo no sabía nada de aviación bélica, pero mi suegro es un experto y me explicó el motivo de tan siniestro prestigio aéreo: los Stuka no dejaban caer las bombas desde arriba, sino que bajaban en picado para apuntar mejor. En términos futbolísticos, la distancia que separaba el ataque de un avión normal del ataque de un Stuka es la misma que separa a un portero que intenta meter gol con un saque de puerta y a Maradona atravesando el campo en la final de México 86. Te dejaba el paquetito en el felpudo, vamos. Sin embargo, lo que a mí me impresiona más no es esta demostración de buen hacer alemán, sino un pequeño detalle relacionado con lo psicológico: cuando venía a por ti, el Stuka también hacía sonar una sirena. "La trompeta de Jericó", se llamaba. ¿Y para qué sonaba? Sólo para que te hicieses caquita. Igualito que cuando Freddy Krueger arrastra sus cuchillas por las tuberías de tus pesadillas, solo que aquí no te podías despertar. ¿Hay algo más siniestro que ser capaz de identificar el sonido de tu muerte antes de que te llegue? Como escribe McEwan, debe de ser "el sonido del pánico en sí mismo".

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17 mayo, 2011

On the air (VII). Diego Manrique y el Mossad.

Hace tres días un amigo me contó, preocupado, que el Mossad había estado puteando al nuevo novio de su ex. Lejos de provocarle algún tipo de satisfacción, el hecho de que un montón de rudos agentes hebreos hubiesen profanado al tío que le había levantado a su novia era una noticia terrible para mi colega. Pienso en ello cuando leo el artículo que Diego Manrique, antigua vaca sagrada de Radio 3, publicó ayer en EL PAÍS. Aunque ya ha pasado casi un año desde que le echaron de la radio pública, parece que el pobre Diego todavía está lleno de rencor. Y lo que es peor: este rencor no va dirigido sólo hacia los chapuceros directivos de la radio pública, que probablemente se lo merecen, sino hacia los pobres periodistas que han venido a sustituirle. Cuando leo que describe a esos nuevos "diletantes" de las ondas como gente de "discurso pobre" con un "universo musical limitado", no puedo dejar de pensar que habla desde el resentimiento pueril de un novio suplantado. Sí, yo también echo de menos el Ambigú, señor Manrique, yo también creo que Radio 3 es un tesoro a proteger. Pero eso no impide que pueda disfrutar con los melocotonazos de Hoy empieza todo o con la casquería sonora de Carne Cruda, por poner dos ejemplos de programas nuevos que ahora tenemos en el aire. Como siga usted publicando filípicas de esta calaña, acabaré pensando que no le importaría tener al Mossad haciendo de las suyas con sus ex compañeros. Y ya de paso... ¡deje de mirarme como si fuese una celebrity de Joaquín Reyes!

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16 mayo, 2011

On the air (VI). Dudas existencialistas en torno a una cagada de Blogger.

El jueves pasado Blogger petó y automáticamente se fueron al garete todos los posts y comentarios de miles de blogs. Casualidades de la vida, precisamente ese día yo había decidido retomar mi intermitente actividad bloguera después de casi un mes de silencio. Escribí un post sobre millonarios que se redimen haciendo fotos a instantes irrepetibles, pinché en "publicar" y volví a mi rutina de desempleado, convencido de que mis palabras ya habían dado el salto a la eternidad, que se quedarían para siempre en la blogosfera. Pero, como he contado, no ocurrió así. Una vez subido a Blogger, mi post apenas se mantuvo legible unas horas. Después desapareció, como si nunca hubiese existido. Si he podido restaurarlo ha sido porque tengo el blog redireccionado al correo de Gmail y todo lo que publico se copia automáticamente allí. Durante cuatro días, mis reflexiones sobre Lartigue y la poética de los momentos irrepetibles se quedaron flotando en un limbo. Existían porque habían sido pensadas, escritas, publicadas y registradas por los mecanismos automáticos de la maquinaria Google, pero al mismo tiempo no existían porque no había rastro de ellas en la red. Ni siquiera esa misma maquinaria era capaz de rastrearlas. Me ha costado mucho decidir si me tomaba la molestia de copiar el texto y volver a publicarlo. Al final, movido por un impulso conservador y ligeramente narcisista, lo he hecho. Pero cada vez tengo más claro que, en realidad, no escribo tanto para ser leído como para disfrutar con el hecho de escribir. Si luego las palabras quedan en el aire o no, eso cada vez me importa menos.

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On the air (V). Henri Lartigue y el milagro de la evanescencia eterna (Redux).

Hace años desconfiaba de la gente rica y ociosa. Para mí, un tipo cuya única ocupación fuera divertirse sólo podía ser un inmoral, un vago, un parásito social. Así de integrista era yo. Menos mal que con el tiempo he aprendido a templar mis prejuicios, y ahora sé que algunos millonarios hacen cosas maravillosas con su tiempo libre. Aunque vivan en una burbuja y no tengan contacto con la Tierra. Jaques Henri Lartigue, por ejemplo, estaba predestinado a una vida intrascendente de vacaciones perpetuas. Habría llegado a este mundo, se habría corrido la gran juerga y se habría muerto sin dejar rastro, concentrado sólo en su propio placer. Pero cuando era un crío su padre le regaló una cámara de fotos y él, obsesionado por documentar el hedonismo a su alrededor, acabó operando un inesperado milagro: lo evanescente se hizo tangible. La risa, la euforia de la emoción límite, ese momento irrepetible de felicidad suprema que no podemos expresar con palabras y que durante mucho tiempo le estuvo vedado al resto de los mortales, todo eso se volvió permanente. Lartigue usó su cámara para que los efímeros instantes de felicidad aristocráticos se convirtiesen en eternidades disfrutables por el pueblo llano. Y ahora sus fotos están en Caixaforum. Curiosamente, la mayoría de estos momentos tienen que ver con estar en el aire: un esquiador saltando, un coche tan rápido que ni siquiera toca el suelo con las ruedas, el vértigo de tirarte desde el trampolín y sentir que estás volando... Más allá de una posible lectura política, lo que yo veo aquí es una lección sobre la vida. Nota mental: "cuanto más separes los pies del suelo, mejor te lo vas a pasar".

PS: Para saber por qué este post es "redux" hay que leer esto.

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18 abril, 2011

On the air (IV). Jeff Koons, el Señor de los Elementos.

Tres balones llenos de aire y perfectamente suspendidos en un tanque de agua pueden ser una metáfora de todo lo que se te ocurra. En la página de la Tate, uno de los museos que pagó por ellos, dan varias interpretaciones posibles: que si representan el estado definitivo del ser (la muerte), que si aluden a la nostalgia o a la ambición, que si son una ironía sobre la diferencia entre chicos blancos y chicos negros porque unos se entretienen con arte y otros con deportes callejeros... Como digo, todo lo que se te ocurra. A los musiqueros, estas pelotas les harán pensar en la portada del Thirteen de Teenage Fanclub, un plagio descarado sobre el que, sorprendentemente, no he encontrado nada en Google. A mí, que soy sensible a lo sobrenatural, me producen el asombro de los fenómenos imposibles. La primera vez que los vi tuve la sensación de estar asistiendo a una subversión de las leyes de la física, como cuando los santos levitan. Más tarde he aprendido que el milagro de la suspensión del balón no es eterno, que cada cierto tiempo hay que cambiar el agua para que siga flotando. Pero sigo pensando que Jeff Koons -el autor- es una especie de Señor de los Elementos, capaz de doblegar al aire según su antojo. De hecho, este mismo año Koons ha ido a los tribunales para reclamar la propiedad intelectual de los globos con forma de perro. ¿Por qué iba a hacer algo así, si no fuera porque sabe que el aire es suyo?

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10 abril, 2011

On the air (III). Nocilla Experience y Albert Einstein.

"1922. Ante un auditorio japonés, Albert Einstein cuenta cómo, a finales de 1907, se le ocurrió la idea: "Estaba sentado en mi mesa, en la oficina de patentes, cuando, de repente, un pensamiento me vino a la cabeza: si alguien cae libremente no siente la fuerza de la gravedad, no siente su propio peso. Me quedé sobrecogido. Esa idea tan simple dejó una profunda huella en mí y fue la que me impulsó hacia una Teoría de la Relatividad General. Fue el pensamiento más afortunado de mi vida". Einstein, a la vez que la creó, borró la gravedad de un plumazo. Crear objetos, procrear, generar masa gravitante, consiste en intentar descubrir, sin éxito, adónde fue a parar toda esa fuerza".

(Capítulo 11 de Nocilla Experience. Santillana Ediciones, 2010)

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08 abril, 2011

On the air (II). Mad Men y la enjundia de una larga caída libre.

"Un tipo sin rostro se despierta y toma el desayuno con su familia perfecta. Se pone el abrigo, los guantes, y se va al trabajo. Monta en un ascensor, sube a su oficina, abre la ventana y se tira". Ésta era la idea original que Matt Weiner, guionista y productor ejecutivo de Los Soprano, tenía en mente cuando encargó los créditos de Mad Men. Un planteamiento con el que cualquier hijo de vecino se podría identificar porque, quien más o quien menos, todos ocultamos un drama detrás de nuestra aparente normalidad. Y encima, con sorpresa final. Matt Weiner se presentó con esos mimbres en la agencia que diseñaba los créditos para las películas de Spielberg y les encargó que creasen la cabecera de su nueva serie. Pero los señores de la agencia, que eran todavía más sabios que él, se saltaron el guión impuesto y cambiaron el desenlace. En lugar de ser un tipo vulgar y corriente que acaba tirándose por una ventana, que fuera al revés: un tipo que se acaba de tirar por una ventana y, al final, resulta ser vulgar y corriente. El vuelo en picado de Don Draper es mucho más enjundioso que su día a día en el curro, por mucho que tenga la profesión más molona del mundo. Al contrario de lo que argumentan en El Odio, lo importante en este caso es la caída. El aterrizaje da igual; por mí, como si tarda cinco temporadas más en llegar.

Imaginary Forces - Mad Men from Imaginary Forces on Vimeo.

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06 abril, 2011

On the air (I). Sánchez Cotán y el misticismo de las lechugas.

Empiezo confesando una verdad incómoda: los bodegones me producen pereza. Pero, al mismo tiempo, reconozco que también me fascinan. Las dos emociones juntas, si es que eso es posible. Me fascinan porque veo en ellos cierta espiritualidad, un sentido trágico de la vida que tiene que ver con la certeza de la podredumbre final. Y me aburren porque, para qué negarlo, suelen ser bastante monótonos. Mi pintor de bodegones favorito es este señor: Sánchez Cotán. Además de ser uno de los primeros que cultivó el género, allá por el siglo XVII, fue uno de los pocos que colgaba las frutas. Lo normal era que se colgasen los conejos muertos, pero no las frutas. ¿Para qué iba a atarse una lechuga del techo? El hecho de que Sánchez Cotán estuviese tan colgado me despierta una simpatía inmediata. Pero es que, además, la lechuga en suspensión queda estupenda. A mí, particularmente, me agudiza la sensación de gravedad. Y de paso, también esa impresión de que al final es inevitable que todo se acabe. Igual que la manzana de Newton se descolgó del árbol, tú te vas a morir, este curro no te durará toda la vida y tu ordenador acabará echando humo. Son certezas jodidas, pero que caen por su propio peso. ¿Y cuál es la lección, entonces? No pienso ponerme profundo: la lección es que no se puede subestimar el misticismo de las lechugas. Sobre todo si están en el aire.

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04 abril, 2011

Anuncios que dan mal rollo (y III). El doctor Chams.

Cuando era niño lo que más miedo me daba del mundo mundial era que se colase en mi cuarto el zombi de La casa al lado del cementerio. El Doctor Freudstein, que así se llamaba, era un monstruo manco y sin ojos que utilizaba los cuerpos troceados de sus víctimas para regenerar sus propias células sanguíneas y garantizarse una vida eterna. Yo vi la película en casa de mis tíos y me pasé cuatro años sin pegar ojo, hasta que alguien me explicó que en la vida real no existen doctores así y pude volver a dormir. Desde entonces han sido veinte o treinta años de paz y sueños (casi) plácidos. Pero mira tú por dónde, hace algunas semanas me topé con este anuncio en EL PAÍS y he vuelto a tener pesadillas. Por mucho que haya cambiado, sé que este señor es el Doctor Freudstein. A mí no me engaña, aunque se haya cambiado el nombre y se haga llamar Doctor Chams. Es él, lo sé, el monstruo de La casa al lado del cementerio. Sigue buscando la inmortalidad pero ahora se ha sofisticado: ha dejado de ser tuerto, se ha puesto una mano de plástico y ha sustituido el hacha carnicera por la asepsia de la jeringuilla. Pero, como digo, en esencia sigue siendo el mismo doctor obsesionado por conseguir la vida eterna. En foros de internet he leído que el Doctor Chams hablaaaa estirandooo las palabraaaas y que cobra 1500 euros por clavarte la jeringuilla en la frente. Con el descubrimiento ha regresado, intacto, ese terror de mis ocho años que creía haber superado: el miedo a cerrar los ojos por la noche y sentir el escalofrío de las gotas de la jeringuilla cayendo sobre mis párpados. Uf, qué mal rollo...

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03 abril, 2011

Anuncios que dan mal rollo (II). Dolce & Gabbana.

Hubo un tiempo en que la felicidad vendía. Si abrías una revista y veías un anuncio donde aparecía alguien sonriendo al lado de una hamburguesa, felicidad y hamburguesa se convertían automáticamente en binomio indisoluble; comprendías que lo uno dependía de lo otro y te ibas al burguer a por un menú Whoper porque tú también querías ser feliz. Los anuncios que más calaban eran los que exaltaban el hedonismo de forma casi irresponsable, y el único atisbo de mal rollo que se veía en la tele era algún que otro cura vegetariano. Pero ay, ahora todo ha cambiado y los agoreros son mayoría. El otro día, cuando abrí el periódico, me topé con esta campaña de Dolce & Gabbana. Ni rastro de sonrisas contagiosas, ni de señores que bailan mientras se afeitan, ni de volteretas en la playa. Sólo dos pijas cabreadas que parecen a punto de pegarte en la cara con un bolso de encaje. ¿De dónde sale tanta ira, señores de Dolce y Gabbana? Se me ocurren dos explicaciones: o bien las tendencias publicitarias han cambiado, o bien los pijos han decidido tomar la calle. Yo, personalmente, soy más de la segunda opción. Me da que ustedes los ricos se han hartado de tanto quejica, tanto mileurista y tanto pringado en paro como yo y quieren callarnos la boca a golpe de bolso. "¿Querías pasta?", me dicen, "pues toma hostia pret-a-porter!" Y lo peor es que a 500 pavos que debe de costar el bolso, la hostia me sale a un euro como mínimo. Tal y como está el patio... ¡lo mismo y vuelvo a por más!

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31 marzo, 2011

Anuncios que dan mal rollo (I). Museo Cerralbo.

Esta semana he terminado de leer una novela cortarrollos: Glue, de Irvin Welsh. Sí, el de Trainspotting. Glue es la historia de cuatro escoceses que se hacen colegas cuando van a primaria y se pasan toda la vida viendo cómo los años hacen trizas su amistad. El libro tiene 500 páginas y pico, pero hacían falta muchas menos para ir al grano y decir lo que en el fondo quiere decir: que el paso del tiempo te machaca sin piedad. De hecho, basta con un anuncio como éste del Museo Cerralbo. Ojito con el eslogan, que no podía ser más agorero: "Sabemos cómo terminó la partida. La ganó el tiempo". Qué mal rollo, ¿no? ¿Había necesidad de ser tan crudos, señores cerralbos? Para mí la vejez es hablar de David el Gnomo a gente que nunca vio la serie o comprarme cremas hidratantes de Delyplus; algo con lo que convivo pero que no me hace especialmente desgraciado. Pero ustedes, señores cerralbos, se empeñan en hacer sangre. Son como los camareros que encienden las luces de las discotecas o como los amiguetes que te dicen que tienes un grano: unos aguafiestas. "Los dados están trucados en tu contra", me dicen, "deja de esforzarte porque te van a salir malvas igual". Sinceramente, después de ver este anuncio no sé si merece más la pena visitar el museo de ustedes o dejar que me atropelle un autobús de dos pisos, que por lo menos es una opción pop. ¡Luego no se quejen si en sus salas sólo hay fantasmas!

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28 marzo, 2011

Murcia da miedito (y V). Introducing Spain. Cedric Salter.

En el nuevo disco de Sr. Chinarro hay una canción que dice: "la noche pasada soñé que Murcia va a desaparecer". Me acuerdo de ello justo antes de empezar a escribir este post porque creo que algo parecido debió de soñar Cedric Salter. Soñar, me refiero, en el sentido de "desear", no de estar dormido. Cedric Salter debió de desear que Murcia desapareciese porque sentía auténtico pavor hacia ella. Allá por los años cincuenta, este inglés escribió una guía turística titulada Introducing Spain donde nos ponía a caer de un burro. Alis dio con el libro en la British Library y me mandó el fragmento en cuestión. No tiene desperdicio, así que lo reproduzco íntegro: "Mucha gente decide quedarse en Murcia, a 52 millas de Alicante, pero es frecuente que se arrepientan. Sus procesiones de Semana Santa están entre las mejores que se pueden ver en España; pero para mí es una ciudad sin lo que los españoles llaman simpatía. Quizás el secreto de mi disgusto yace en el carácter de los murcianos. Disfrutan -y a mí, de hecho, me aterrorizan- con la reputación de ser el pueblo más iletrado y sediento de sangre de toda España. De hecho, yo mismo puedo asegurar que la mayoría de quema de iglesias y otras atrocidades de los primeros días de la Guerra Civil fueron llevados a cabo por hombres y mujeres de esta provincia. Si quisieses contratar a un matón para que empujase a algún pariente rico pero demasiado longevo desde un acantilado, deberías escoger a un murciano. En todos los casos de asesinato, robo con violencia o violación que llega a los Tribunales Españoles, es inevitable que la banda responsable contenga una alta proporción de ellos". Las cursivas, se entiende, son palabras castellanas en el original. Murcianos sin simpatía. Glups. ¿Cuántos ingleses nos tendrán miedito después de leer todas esas lindezas?

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10 marzo, 2011

Murcia da miedito (IV). New York Dolls.

En el eterno debate sobre qué grupo inventó el punk, muchos opinan que fueron los New York Dolls. Unos tíos que iban por ahí vestidos de mujer en una época -los primeros setenta- en que ir vestido de mujer daba más miedo que pertenecer a los Ángeles del Infierno. Su disco de debut se publicó en 1973 y está dedicado a Billy Doll, el batería original (segundo por la izquierda). Billy había fundado el grupo y había contribuido a que se convirtiese en un fenómeno, pero se murió cuando todavía no tenían ni discográfica. Ocurrió en un viaje a Londres, a donde habían ido para telonear a Rob Stewart. De un día para otro, los Dolls pasaron de tocar ante las 350 personas que les conocían en Nueva York a tocar delante de las 13.000 que habían ido a ver a Stewart. Se convirtieron en un pelotazo y todo el mundo quería arrimarse a ellos. Una noche, unos culturetas pijos a los que ni siquiera conocía, invitaron a Billy Doll a una fiesta en un piso. Allí se inflaron a Quaaludes, unas pastillas de moda, y Billy se quedó frito. Los pijos culturetas podían haber avisado a una ambulancia, pero en lugar de eso tuvieron la genial idea de meterle en una bañera llena de hielo para que se espabilase. Y como no se espabilaba, se acojonaron y se fueron por patas, dejándole inconsciente en el agua. Billy Doll, que apenas tenía 22 años, se ahogó y se convirtió en el primero de una larga serie de punkis que palmaban por culpa de la droga. Para muchos, su nombre quedaría asociado eternamente a destrucción y muerte. Pero, oh, sorpresa, su nombre real no era Billy Doll. Era Billy Murcia.

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05 marzo, 2011

Murcia da miedito (III). Últimas tardes con Teresa.

Uno de los personajes más valorados de la literatura española reciente es el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa. Yo no conozco a mucha gente que haya leído el libro, pero eso no significa que no sea importante. De hecho, hasta hace poco había en el Metro de Madrid una campaña institucional que trataba de convencer a la muchachada de que el Pijoaparte mola, y mucho. En carteles pegados por los vagones, el protagonista de la tercera novela de Juan Marsé aparecía como una suerte de Loquillo en versión delincuente: macarra, chulo, rebelde, aficionado a robar motos y a tirarse a guiris. Pero no se contaba que, además de todo eso, el Pijoaparte es murciano. Y no porque hubiese nacido en Murcia, no, sino porque era un chungo. Al parecer, en la Cataluña de los años sesenta se denominaba "murcianos" a los charnegos. O sea, a los inmigrantes del sur que no tenían donde caerse muertos y habitaban los barrios marginales de la ciudad. "Murciano como denominación gremial, no geográfica: otra rareza de los catalanes", aclara el propio narrador. A pesar de que el Pijoaparte es natural de Ronda (Málaga), a lo largo de las cuatrocientas y pico páginas de Últimas tardes con Teresa se habla continuamente de él como "el murciano". Cuando roba, cuando se cuela en las casas de los ricos, cuando se pasea por el barrio Chino y todo el mundo le teme, el Pijoaparte siempre es "el murciano". Y claro, ya se sabe cómo funciona la mente. A partir de ahí, a ver qué lector no saca la conclusión de que todo el que viene de Murcia es de armas tomar. Menudo miedito, pasarse por Murcia...

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27 febrero, 2011

Murcia da miedito (II). Riña en la Venta Nueba.

Hoy en día es fácil tomar el traje regional por indumentaria de borrachera o por burdo disfraz de promoción turística, pero hubo un tiempo en que también funcionaba como herramienta de reconocimiento. Si te cruzabas por el camino a un tipo con zaragüelles blancos, faja y esparteñas, sabías que venía de Murcia. La ventaja de aquella uniformidad es evidente: una vez que habías visto a un murciano, ya eras capaz de reconocer a todos los demás. El mundo se convertía en un lugar más manejable. Pero claro, también había un problema: a fuerza de simplificar la identidad de cada cual se corría el riesgo de reducirla a sólo uno o dos rasgos. Y si además esos rasgos eran negativos, arreglados íbamos. Pienso, por ejemplo, en la Riña en la Venta Nueba de Goya. Cuando el pintor tuvo la idea de mostrar una pelea de bar en su cuadro, probablemente lo único que deseaba era recrearse con el casticismo y el ambiente popular de los caminos en torno a Madrid. Pero ay, imprudente de él, en lugar de usar a personajes anónimos optó por un señor con zaragüelles blancos, faja y esparteñas. O sea, un murciano. El más macarra del cuadro, el que pega puñetazos porque no sabe perder en las cartas o porque ha sido descubierto en una trampa, ése es un murciano. Una vez más, Murcia como lugar depravado. ¿Qué pensarían de nosotros los que viesen la pintura? No es difícil suponer que nos tomarían por individuos pendencieros y tabernarios. Y tendrían miedito...

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17 febrero, 2011

Murcia da miedito (I). La Dama de Shanghai.

Orson Welles vino por primera vez a España en 1933 y acabó enterrado en Ronda. Le chiflaban los toros. Pensaba que una corrida era una tragedia en torno a la pérdida de la inocencia del animal, en torno al sacrificio de su "perfecta virginidad". Quizás por eso, cuando en 1947 escribió La Dama de Shanghai, pensó en nosotros. El protagonista Michael O'Hara tenía que arrastrar un turbio pasado; tenía que haber perdido la inocencia y estar atormentado por ello. Welles debió de acordarse de esos toros virginales a los que había visto morir heroicamente en nuestras plazas y decidió hacerles un guiño. Convirtió a Michael O'Hara en un personaje arrepentido por haber matado a otro hombre, y ubicó en España el asesinato. Más concretamente... en Murcia. De este modo, aunque La Dama de Shanghai no tiene nada que ver con nosotros, Murcia pasó a ocupar un inquietante lugar en el imaginario colectivo de los cinéfilos de todo el mundo. Se convirtió en un remoto lugar de envilecimiento: un lugar donde los hombres dejan de ser hombres y se convierten en asesinos. La censura de Franco lo cambió en el doblaje, pero aun así... ¡qué miedito!

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14 febrero, 2011

No somos nadie (y XXX). Yo sufro en silencio.

El último año he venido enumerando en mitte maneras de no ser nadie. Y me han salido treinta: desde el camuflaje hasta el anonimato, pasando por el desprestigio, la falta de glamour o la caricatura. Supongo que habrá más, pero ya no me apetece seguir. Después de todo este tiempo dándole vueltas al asunto de la insignificancia he llegado a la conclusión de que no hay nada más insignificante que este empeño mismo. Era inevitable, por tanto, que la serie No somos nadie acabase en plan suicida, negándose a sí misma. Según las estadísticas de Blogger, los únicos posts de mitte que atraen lectores son los que hablan sobre tetas u orgías. A nadie le importan un carajo mis sesudas reflexiones sobre el ser y la nada. Podría quejarme, pero en realidad me parece un oportuno descubrimiento. Creo que esta indiferencia general ilustra de manera rotunda lo que tanto me está costando dejar claro: que no somos nadie. Que nuestras inquietudes o nuestros gustos dan igual, que el mundo podría seguir adelante sin que los subiésemos a la red. Pero, como digo, esto no es una queja. Más bien es una liberación. Reconozco que al asumir este desinterés me siento un poco como el señor de la foto: feo, ridículo y con un tatuaje que pone "yo sufro en silencio" (porque a nadie le importa). Pero también, por qué no, fuerte y con muchas ganas de cachondeo.

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07 febrero, 2011

No somos nadie (XXIX). Todos somos Mark Zuckerberg.

Hace algunas semanas, los tíos del Saturday Night Live invitaron al programa a Jesse Eisenberg, el actor que ha interpretado a Mark Zuckerberg en La Red Social. Y para sorpresa del mundo entero, cuando estaba haciendo el monólogo inicial le colocaron al lado a otros dos Zuckerbergs: el de verdad y un imitador. Tres diferentes versiones de una misma persona discutiendo sobre cuál es la mejor manera de ser esa persona. Jesse Eisenberg opinaba que para ser Mark Zuckerberg basta con poner el cuello tieso y hablar a trompicones, mientras que el imitador pensaba que con decir "soy Mark Zuckerberg" ya es suficiente. ¿Y qué piensa el Zuckerberg de verdad? Nada, porque a él ni siquiera le preguntaron. El Zuckerberg de verdad ya no es nadie porque lo han eclipsado sus réplicas más mediáticas. Lo han devorado, le han arrebatado el derecho a ser como le dé la gana. Ahora, si el Zuckerberg de verdad quisiera parecerse a sí mismo tendría que estirar el cuello y hablar como un robot, como el Zuckerberg de La Red Social. Si no, alguien podría decirle que es un impostor. Desde mi punto de vista, lo escalofriante de todo este asunto es que nadie se libra de esa misma esclavitud, que todos estamos sometidos a las expectativas de los demás. "Tú eres así", te dicen un día, y ya no te queda opción a ser de otra forma. En mayor o menor medida, todos somos Zuckerberg.

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27 enero, 2011

No somos nadie (XXVIII). Luis Alfonso y el deseo de ser rey.

En la página 94 del número 3470 del ¡Hola! hay un artículo con el siguiente titular: "Luis Alfonso de Borbón. La interesante historia de cómo llegó a su poder la cabeza embalsamada de Enrique IV, el primer Borbón que reinó en Francia". El artículo tiene seis páginas y muchas fotos de Luis Alfonso con el ceño fruncido mientras mira una calavera. Lo leo y me entero de que en 2009, dos periodistas se presentaron en su casa para contarle que habían encontrado la cabeza de su antepasado. La cabeza de Enrique IV, el que toleró la matanza de los hugonotes y pasó a la historia por decir que "París bien vale una misa". El artículo del ¡Hola! explica que los dos periodistas habían localizado la cabeza después de cuatrocientos años. Al parecer, el descendiente de un funcionario decimonónico se la había regalado a la bailarina que se estaba tirando, de ahí pasó a venderse en una subasta, de ahí a quedar olvidada debajo de una cama, y de ahí a que un jubilado se la diese a ellos. Con esos mimbres se presentaron en casa de Luis Alfonso y le pidieron dinero para pagar a un investigador conocido como "el Indiana Jones de la Historia". Y, contra todo pronóstico razonable, el duque de Anjou puso la pasta. ¿Por qué? Porque se considera heredero del (inexistente) trono de Francia. O lo que es lo mismo: porque no soporta no ser nadie. Para que luego digan que los aristócratas son unos insensibles.

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24 enero, 2011

No somos nadie (XXVII). Val del Omar y el empeño de filmar a Dios.

La religión mola, no entiendo por qué no está considerada algo cool. En mi universo plástico personal siempre ha habido lugar para Dios, el clero o el tremendo filón estético que supone el catolicismo. Y siempre he lamentado que las revistas de tendencias no reserven un hueco para el santoral o la moda vaticana. Por fortuna, no todo está perdido. Este 2011 ha comenzado para mí con el hallazgo de un espíritu afín, un hermano, un compañero de inquietudes: José Val del Omar. Un señor que hace cincuenta años tuvo el sentido común de conciliar tecnología y cristianismo. Lo cual, si lo piensas, es como si ahora alguien te dice que la manzana de Apple no está tan lejos de la manzana del Antiguo Testamento. En la gris España del franquismo, José Val del Omar vivía obsesionado con inventar los mecanismos adecuados para filmar a Dios. ¡Sin renunciar a la vanguardia! Desde el punto de vista técnico, sus cinegrafías eran cortometrajes experimentales, rodados con los cachivaches que él mismo diseñaba y concebidos como experiencias sensoriales absolutas. Una especie de 3D avant la lettre. Pero desde el punto de vista antropológico funcionan también como testimonio del lugar que Dios (y el miedo a Dios) ocupa en nuestro ADN cultural. Más o menos, lo que viene a decir es que en este país no somos nadie sin catolicismo. Para suscribirlo me he apropiado de Fuego en Castilla, la segunda parte de su Tríptico Elemental de España, "una tactilvisión del páramo del espanto". ¡Que Dios nos pille confesados!

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18 enero, 2011

No somos nadie (XXVI). Canino, mejor película de 2010.

Mi película favorita de 2010 ha sido Canino, de Giorgos Lanthimos. Una fábula sobre la fragilidad del ser, sobre lo complicado que es mantenerte fiel a ti mismo. A partir de un planteamiento tan simple como el de una familia aislada en una casa donde no entran estímulos del exterior, Lanthimos lanza una pregunta al aire: ¿qué factores influyen en que seamos como somos? O mejor: ¿cómo afectan las cosas del mundo a nuestra personalidad? La película no parece llegar a ninguna conclusión, pero yo sí que llego. Después de ver lo que pasa con estos personajes creo que nuestra permeabilidad al entorno es tan infinita y caprichosa que cualquier ilusión de ser alguien es un disparate. No somos nadie. Somos millones de cosas y en el momento menos pensado dejamos de serlo. Somos un puzzle donde la canción escuchada de refilón cuando íbamos en el metro se mezcla con el libro favorito de tu padre, o con el episodio de El ala oeste que vimos anoche. El momento más espeluznante de Canino es cuando descubres el efecto que una simple película de los ochenta puede tener sobre una persona que la ha visto. ¡Como para tomarse el zapping a broma!
OJO: El vídeo es un tremendo spoiler. Quien avisa...

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11 enero, 2011

No somos nadie (XXV). Ben Wilson y la valentía de consagrarse a lo inútil.

Ben Wilson es un inglés que pinta cuadros en chicles abandonados. De hecho, se dedica a ello desde hace siete años. Al principio trazó un plan: decorar todos los chicles que hubiese entre la puerta de su casa y el corazón de Londres. Pero muy pronto cambió de opinión y decidió quedarse en el barrio, trabajar sin rumbo. Me gusta pensar que el bueno de Ben comprendió que la poesía de su tarea sería mucho más sublime si renunciaba a una estrategia previa. Simplemente pintar el primer chicle que le apeteciera. Para ilustrar la rotunda intrascendencia de este planteamiento, ahí va una anécdota: una vez, los policías detuvieron a Ben por vandalismo, pero tuvieron que soltarle porque una cosa es pintar encima del asfalto y otra bien distinta hacerlo encima de un chicle. Por no ser, el trabajo de Ben ni siquiera es ilegal. A veces me da por comparar este empeño perfectamente inútil con el de otros artistas. ¿Cuál es la diferencia entre decorar un chicle y pintar un gran lienzo? Es más: ¿cuál es la diferencia entre pintar un chicle y construir una catedral, ganar un premio Nobel o tener un hijo? Creo que en la humildad del gesto de Ben Wilson hay una gran sabiduría. Creo que él ha comprendido que no somos nadie, y su obra es una forma de asumir esta insignificancia con la cabeza muy alta. Y creo también que hace falta mucho valor para eso.

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30 diciembre, 2010

No somos nadie (XXIV). Homenaje a Anagrama.

El gruñón Javier Marías dice que nunca leería libros de Anagrama. Y mucho menos los compraría. Decidió volverse así de radical cuando se peleó con Jorge Herralde, fundador y dueño de la editorial, allá por 1995. Yo admiro y leo mucho a Marías, pero no siempre estoy de acuerdo con sus pataletas. Por mucho que vaya por ahí diciendo que "todos los editores son proxenetas dedicados a traficar con putas de postín", sigo comprando los títulos que publica Jorge Herralde. Gracias a Anagrama he pasado ratos estupendísimos con las novelas de Patricia Highsmith, de Julian Barnes o de Houllebecq. La conjura de los necios es uno de los libros que más me ha divertido jamás, y Lolita es una debilidad personal. ¿Cómo voy a renegar de una editorial que ha hecho tanto por mi pedantería? Al contrario: doy gracias por tener algo así en España. Y por eso me da pena que hayan acabado vendiendo Anagrama a una empresa italiana. Aunque esa empresa sea una editorial tan novelesca como Feltrinelli, fundada por un tipo que murió intentando colocar una bomba. Creo que la pérdida de los inconfundibles libros amarillos nos deja un poco huérfanos, impotentes, más cerca de no ser nadie. Como dice un amigo mío, son asuntos como éste los que de verdad deberían preocupar a la ministra de cultura. Pero bueno, qué se le va a hacer. Por mi parte, lo único que se me ocurre es publicar este pequeño homenaje a modo de agradecimiento. Ojalá lo acabe leyendo Marías.

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15 diciembre, 2010

No somos nadie (XXIII). El animal moribundo y los peligros del placer.

Siento debilidad por las novelas sobre gente que lo arriesga todo por ser demasiado sensible. La posibilidad de acabar llegando al carajo cuando se ha salido en busca de algo bello, qué gran tema. En mi trastero he reservado una balda sólo para libros que hablen sobre este asunto... y ya tengo tres. Mi favorito, sin duda, es Lolita. Luego está La Muerte en Venecia. Y acabo de incorporar a la lista El animal moribundo, de Philip Roth. Una historia donde el viejo diálogo entre putrefacción y deseo, Eros y Tánatos, alcanza una frescura inesperada, contemporánea. La novela tiene todo lo que hace falta para ponerme los pelos de punta: pedantería, decadencia, cultura e ironía. Y cinismo, claro, porque hay que ser muy cínico para reconocer alegremente que el éxtasis también está disponible por los caminos que transitan el lado oscuro. De hecho, en El animal moribundo, la cuestión de fondo es de índole casi moral: ¿cuánto podemos entregarnos al placer antes de quemarnos? Si alguien se entusiasma demasiado con la belleza... ¿acabará por no ser nadie? Apolo o Dionisos, mirar o follar, prudencia o concupiscencia. Afortunadamente para todos, Philip Roth tampoco ha podido encontrar la respuesta para el viejo debate. Habrá que seguir investigando.

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07 diciembre, 2010

No somos nadie (XXII). Te prohíbo que te gusten los Smiths.

En los años 50, Mark Rothko recibió el goloso encargo de decorar con sus cuadros el restaurante más molón de todo Nueva York: el Four Seasons del edificio Seagram. Un lugar diseñado por dos de los arquitectos más importantes del mundo, Philip Johnson y Mies van der Rohe, para dar de comer a gente guay. Al principio, Rothko se tomó el encargo en serio e incluso llegó a pintar los murales que le habían pedido. Pero luego se lo pensó y dio marcha atrás: no estaba dispuesto a dejar que un puñado de pijos convirtiesen sus lienzos en vulgares adornos para sus banquetes. "Quienquiera que esté dispuesto a pagar esos precios por ese tipo de comida", dijo, "no verá mis cuadros". Y devolvió el dinero. Pienso en esa anécdota cuando leo el cabreo que Johnny Marr se ha agarrado con David Cameron. Parece ser que el primer ministro británico ha ido diciendo por ahí que le molaban los Smiths, y al guitarrista le ha tocado las pelotas. "Te prohíbo que te guste nuestra música", ha twitteado el antiguo compinche de Morrisey. Qué tierno. Pero a pesar de los titulares, creo que la suya es una batalla perdida: ningún músico puede hacer lo mismo que hizo Mark Rothko, presentarse en el restaurante a parar la música que escuchan los políticos, los pijazos o los oportunistas. Una vez publicada la canción ya está todo el pescado vendido, no somos nadie, no podemos evitar que cualquier idiota la haga suya. Para muestra, un ejemplo escandaloso: el vídeo de Window in the Skies, una canción de U2. En él, Bono y compañía manipulan imágenes de archivo de los grandes iconos del rock para que parezca que están interpretando su música. Y los pobres Johnny Cash, Joey Ramone, Kurt Cobain o Morrisey, a joderse. ¿Alguien les pidió permiso? No creo: como digo, en cuestión de gustos musicales es demasiado fácil tomar el nombre de Dios en vano y salir indemne.

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30 noviembre, 2010

No somos nadie (XXI). Willi Dorner y el elogio del camuflaje.

Nunca he tenido claro si se dice "pasar inadvertido" o "pasar desapercibido". Sea como sea, en los dos casos se trata de una forma de no ser nadie. Una discreta afición que yo mismo practico (soy tímido, demasiado tímido) y que celebro en la obra de Willi Dorner. Este coreógrafo ha convertido el baile en una suerte de camuflaje urbano. Cuando llega a una ciudad, lanza una convocatoria para reunir voluntarios, los selecciona, los viste de colores, les tapa la cara con una capucha y los esconde por ahí. Justo lo contrario que Spencer Tunick, ése fotógrafo tan mediático que llena las plazas de gente en pelotas y sale en los titulares de todos los telediarios. Frente al nudismo facilón de Tunick, Willi Dorner practica una filosofía estética basada en la desaparición del cuerpo y su absorción por el entorno. De lo que se trata es de establecer un diálogo inesperado con los edificios y los sitios, con las papeleras, las paradas de autobús o los árboles de los parques. La vieja idea del cuerpo humano como medida de las cosas, pero aplicada tan a rajatabla que te da dolor de espalda. Para que quede constancia de las proezas imposibles de estos bailarines voluntarios, Willi Dorner cuenta con la ayuda de Lisa Rastl, una fotógrafa. Sus imágenes están en la página de Dorner, pero yo he subido un vídeo donde aparecen bastantes.

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18 noviembre, 2010

No somos nadie (XX). El jesuita que se adelantó a Banksy.

Una vez, el señor de la foto dijo que era Mark Landis. Otra, Steven Gardiner. Otra, Arthur Scott. Pero en realidad no es ninguno de los tres. El señor de la foto no es nadie. O sí: es un falsificador que se dedica a ir de museo en museo disfrazado de jesuita, regalando cuadros falsos en nombre de Dios. Llega con cara de santo, cuenta que se le ha muerto la madre, que quiere desprenderse de algunos recuerdos, y deja una acuarela de Degas sin pedir nada a cambio. Por supuesto, los responsables de los museos babean. Pero hace un par de meses, cuando el padre Arthur Scott colocó la última de sus falsificaciones en Louisiana, alguien se dio cuenta de que aquello era sospechoso. Miraron un par de donaciones anteriores, intercambiaron mails con colegas de otras instituciones y descubrieron lo que, en el fondo, debió de hacerles muy poca gracia: que el jesuita de marras lleva ¡20 años! tomando el pelo a museos de todo Estados Unidos. ¡Y nadie se había enterado! La historia me gusta por tres motivos. Primero, porque un tipo que se disfraza de cura siempre me caerá bien. Segundo, porque demuestra que en el mundo del gamberrismo artístico había vida mucho antes de que llegase Banksy. Y tercero, porque en el museo donde se ha destapado el pastel ya están preparando una exposición con las falsificaciones detectadas. Se titulará "¡Dime que no es falso!" y, por lo que he leído, tienen pensado invitar al misterioso padre Arthur Scott a la inauguración. Ojalá vaya: la ironía de que un jesuita falso participe en un evento que desacraliza la obra de arte original me parece sencillamente genial, digna del mejor Buñuel.

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16 noviembre, 2010

No somos nadie (XIX). Los egipcios y el Primavera Sound.

Los egipcios, esos señores que inspiraban canciones de las Bangles, fueron uno de los primeros pueblos en darse cuenta de que con el tiempo es fácil acabar no siendo nadie. Y para solucionarlo se inventaron la ceremonia del jubileo. Básicamente, la idea del jubileo egipcio era convencer a los súbditos de que los años no habían hecho mella en el carácter providencial y mesiánico del faraón, que seguía siendo el mismo visionario de sus años mozos. Una viagra para el prestigio, vamos. De entre todos los trucos de maquillaje que formaban parte de esta operación, el más simbólico era el enterramiento de la estatua envejecida del faraón, con lo que negaban la decrepitud y disimulaban el ocaso del talento que una vez despertó la admiración del respetable. Forever young, como en la canción de Alphaville. Pienso en todo esto cuando mis amigos musiqueros me mandan el programa del Primavera Sound 2011 y veo que uno de los principales reclamos de la juerga es ver a viejas glorias reinterpretando los discos de hace veinte años. Hoy son Mercury Rev tocando Deserter's Songs, o John Cale tocando Paris 1919, pero el año pasado fueron Low con The great destroyer o los Charlatans con Some friendly. Y la cosa sigue fuera del festival. En los últimos años hemos visto cómo The Cure llevaban al directo el repertorio exacto de su Disintegration de 1989 y cómo Lou Reed hacía lo mismo con su Berlin de 1973. Habrá quien quiera ver en esto una reivindicación del concepto "album" frente a la dictadura del mp3, pero yo no puedo dejar de pensar que todo es un jubileo para que no se noten las arrugas mentales. Porque cuando Lou Reed apareció en Glastonbury este verano para cantar con Gorillaz, la mayoría de los muchachotes que allí estaban pensó que se trataba de Fabio Capello.

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